martes, 23 de mayo de 2017

Buenos días, 23 de mayo de 2017

Aceptarse a sí mismo
no impide intentar ser mejor.


VIDEO

UN VÍDEO PROVOCADOR


SANTORAL

Juan Bautista de Rossi,
presbítero (1698-1764)
Epitacio, Basileo, Miguel, Eufebio, Mercurial, obispos; Lucio, Quinciliano o Quinciano, Julián, Almerinda, Eufrosina, mártires; Juan Bautista de Rossi, Crispín de Viterbo, confesores; Eutiquio, Severino, Siagrio, Poncio, Florencio, monjes; Juana Artida Thouret, fundadora.

  
REFLEXIÓN:

Una breve lección sobre el don de la palabra y lo que hacemos con ella

¡Cuentan los anales de la orden de Santo Domingo que, hallándose Santo Tomás de Aquino en su celda, en el convento de San Jaime, encorvado sobre oscuros manuscritos medievales, entró de repente un fraile juguetón gritando escandalosamente:
–  ¡Hermano Tomás, acabo de ver a un buey volador!

Tranquilamente el gran doctor de la iglesia se levantó del banco, dejo la celda, y dirigiéndose hacia el atrio del monasterio se puso a mirar el cielo con la mano puesta sobre los ojos fatigados por el estudio. Al verlo así el fraile jovial se puso a reír ruidosamente.

–  Hermano Tomás ¿entonces eres tan crédulo que creíste que un buey podría volar?

–  ¿Por qué no, amigo mío? – respondió el santo.

Y con la misma sencillez, flor de sabiduría, dijo:
–  Preferiría admitir que un buey volara a creer que un religioso pudiera mentir.

ORACIÓN:

Señor mío, sabes que sin Ti no puedo ser feliz, ya que me hace falta el impulso que me lleva a actuar y hacer las cosas bien. Por eso, en este momento quiero que quites de mí, toda experiencia de tristeza y de miedo, y me ayudes a vivir con pasión todas las actividades de este nuevo día.

Ayúdame además a controlar mis emociones y a no dejar que ninguna circunstancia negativa me haga perder el control y decir o hacer lo que no es correcto.

Gracias por todas las bendiciones que derramas sobre aquellos que amo y que hoy pongo en tus manos para que les ayudes. En tu nombre y con la seguridad de tu bendición comienzo esta nueva jornada. Amén


Oración de Sanación

Padre amado, no termino de entender ese amor tan extremo que tienes por cada uno de nosotros. Somos tu mayor debilidad. Pareciese como si te mostraras como un Dios frágil, mendigando nuestro amor. Pero no es así.

Tu Amor es un amor que va más allá de nuestro entendimiento. Tu más grande anhelo es que cada uno termine de buena forma este recorrido en la tierra para así encontrarnos contigo en un abrazo de amor eterno.

Enviaste a tu único Hijo predilecto a sacrificarse en la cruz por amor a nosotros, sólo para que tengamos vida eterna y que la tengamos en abundancia. ¡Gracias, Señor, gracias!

En el mundo de hoy, son muchos los que rechazan el poder de tu Cruz, tu Palabra; y a los que te seguimos nos calumnian, nos desprecian, nos persiguen y hasta desean nuestra aniquilación.
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Muchos son los que nos consideran un estorbo para sus inmundicias y buscan que nuestra luz, que es tu luz, se apague y no les haga descubrir el mal camino que llevan, sólo porque allí se sienten cómodos y seguros.

Sólo Tú, mi Dios y mi Señor, me provees de lo que necesito para resistir amando y no perderme; y aunque tropiece, sé que Tú seguirás a mi lado como el amigo fiel que siempre rescata.

Te entrego mi vida y mis sueños, dame una Fe firme y fuerte para que nada ni nadie pueda hacerla tambalear y salir victorioso en la batalla.


En Ti confío, en tus promesas, en tu amor, en la Salvación, en el poder y la Gloria de tu Cruz que hizo nueva todas las cosas. Amén.


ESPECIAL BUENOS DÍAS
    
¡Mi puesto está con ellos!
un capellán salvó a 5 Soldados en Vietnam y cayó bajo fuego cruzado

El capitán Michael Quaely murió en 1966 en Tay Ninh
Esta imagen se tomó en agosto, tres meses antes de la muerte del sacerdote, el capitán Michael Quaely.

Fue un trayecto corto desde Soui Da hasta el área de combate, pero la lucha era tan intensa el 8 de noviembre que el helicóptero de evacuación tuvo que dar vueltas durante más de una hora sobre el lugar", dice el parte. "Cuando finalmente lo conseguimos", recuerda el piloto, "nos disparaban desde tres sitios. No sé cómo conseguimos salir de allí. El páter saltó y ayudó a cargar al primer herido. Nunca más volví a verle".


El páter al que hace referencia el informe reservado 96345 Rel nº 1484-11-66 de 16 de noviembre de 1966 de la Primera División de Infantería, desplegada en Vietnam, era el capitán Michael Quaely y murió ese día. Tenía 37 años.




Una vocación misionera... vivida de otra forma



No era su primera acción de guerra. Había participado en la Operación El Paso, en la Operación Shenandoah y en la Operación Attleboro. En todas ellas su arrojo había dejado un recuerdo imborrable, y no sólo en su unidad: "Es el  hombre más valiente que he visto nunca", reconoció Jack Whitted, jefe del primer batallón de la 28ª de Infantería.

Ese valor no le venía sólo en cuanto militar. También en cuanto sacerdote. Nacido 


Fila de confesiones para el padre Mike antes del combate
en Nueva York en 1929, su sueño desde niño fue ser misionero en Asia. Se graduó en la Seton Hall University (institución académica católica de la archidiócesis de Newark) y en el seminario de Maryknoll, especializado en la formación  misionera. Y ejerció durante un tiempo en la archidiócesis


¿Por qué ese cambio? En el fondo, era la misma voluntad de salvar almas: "Quería servir al soldado que no tenía tiempo de buscar los sacramentos". Sabía que sin un sacerdote que celebrase misa, diese la comunión, escuchase confesiones y administrase la extremaunción, el soldado acudiría a la batalla, y quizás a la eternidad, espiritualmente desarmado. Y el padre Quealy no quería que eso sucediese

Sin miedo a las balas


Misa de campaña en el frente
Una vez en tierra, se lanzaba al lugar de la refriega a buscar los heridos y, según las circunstancias, ayudarles a llegar hasta el lugar de evacuación o administrarles la extremaunción, o escuchar alguna última confesión, recomendar un alma o simplemente consolar a quien, no queriendo nada de eso -pues el padre Quealy también atendía a los no católicos-, sí agradecía una mano amiga que le acompañase en los últimos instantes.

Fue cuanto sucedió aquel 8 de noviembre. En cuanto se enteró de que las cosas se habían complicado en
Tay Ninh, al noroeste de Saigón, se montó en el primer helicóptero de evacuación disponible. Intentaron disuadirle, porque la situación era demasiado peligrosa. "¡Mi puesto está con ellos!", gritó por encima del hombro, mientras


Y con ellos estuvo hasta el final, según recuerda un teniente: "Habló con los heridos que estaban en las camillas en torno al puesto de mando. Las balas silbaban desde todas partes, pero él iba de un hombre a otro haciendo su trabajo"



Cinco vidas salvadas el día que murió


Luego, evoca un sargento, "preguntó dónde estaba la acción más virulenta": "Le vi correr hasta allí y empezar a cargar con los heridos para extraerlos. Sé de al menos cinco de aquellos chicos que le deben la vida".



Yendo a por uno más fue como entregó su vida, según cuenta un soldado que estaba cerca de él en ese momento: "Nos disparaban en aquel lugar desde tres nidos de ametralladoras. Una de ellas alcanzó al padre Mike y cayó, justo en el límite del lugar donde se combatía". Intentaba rescatar a un infante más. Recibió la Estrella de Plata y el Corazón Purpura por esa acción.



Un acto de contrición


"Mi batallón estaba cerca del del padre Quealy el día en que lo mataron en Tay Ninh, el 8 de noviembre de 1966", recuerda el soldado Eugene Tuttle: "La terrible noticia me llegó al día siguiente. Me había confesado con él un mes antes en Lai Khe. Ya era bastante duro ver morir a chicos jóvenes, pero parecía como un sacrilegio que mataran a un sacerdote mientras consolaba a los heridos y agonizantes. Le había conocido meses atrás, en mi bautismo de fuego. Antes de subir a los tanques y carros para salir como cebo hasta que los refuerzos pudieran rescatarnos, el capellán Quaely congregó a quienes éramos católicos. Nos dijo que las patrullas de reconocimiento habían confirmado que los vietcong habían cavado trincheras y nos esperaban entre los arbustos. Entonces se colocó la estola sobre los hombros y nos recordó que un Acto de Contrición podía sustituir a la confesión cuando se está en peligro inminente de muerte. Fue un momento dramáticamente inolvidable, y el capellán era un hombre inolvidablemente amable.
 ¡Que Dios bendiga su alma!



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