miércoles, 17 de mayo de 2017

Buenos días, 17 de mayo de 2017. San Pascual Bailón


"A veces estamos tristes a causa de nuestros pecados.
No nos desanimemos:
Cristo ha venido a liberarnos.
Él es nuestra paz".
Papa Francisco.


Propósito para hoy

Encomendaré hoy a Dios a todas aquellas personas que trabajan en el cuidado de los enfermos en hospitales, centros asistenciales y en las misiones.


VIDEO
SANTORAL

Pascual Bailón,
confesor (1540-1592)
Pascual Bailón, Teodomaro, confesores; Heraclio (Eradio), Pablo, Aquilina, Basilisa, Víctor, Adrión, Basila, Solocón, Panfermero, Panfilón, Minerco, Artemio, Galcoro, mártires; Celestino, Bruno, obispos; Restituta, virgen y mártir; Montano, eremita; Framequilda, viuda; Andrónico y Junias, discípulos del Señor; Pedro Liu, catequista laico mártir de China.


REFLEXIÓN:

El relojero (Mamerto Menapace, OSB)

De esto hace mucho tiempo. Época en la que todavía todo oficio era un arte y una herencia. El hijo aprendía de su padre, lo que éste había sabido por su abuelo. El trabajo heredado terminaba por dar un apellido a la familia. Existían así los Herrero, los Barrero, la familia de Tejedor, etcétera.

Bueno, en aquella época y en un pueblito perdido en la montaña, pasaba más o menos lo mismo que sucedía en todas las otras poblaciones. Las necesidades de la gente eran satisfechas por las diferentes familias que con sus oficios heredados se preocupaban de solucionar todos los problemas. Cada día, el aguador con su familia traía desde el río cercano toda el agua que el pueblito necesitaba. El cantero hacía lo mismo con respecto a las piedras   necesarias para la construcción o reparación de las viviendas. El panadero se ocupaba con los suyos de amasar la harina y hornear el pan que se consumiría. Y así pasaba con el carnicero, el zapatero, el relojero. Cada uno se sentía útil y necesario al aportar lo suyo a las necesidades comunes. Nadie se sentía más que los otros, porque todos eran necesarios.

Pero un día algo vino a turbar la tranquila vida de los pobladores de aquella aldea perdida en la montaña. En un amanecer se sintió a lo lejos el clarín del heraldo que hacía de postillón o correo. El retumbo de los cascos de caballo se fue acercando y finalmente se lo vio doblar la calle que daba entrada al pueblito: un caballo sudoroso que fue frenado justo delante de la puerta de la casa del relojero. El heraldo le entregó un grueso sobre que traía noticias de la capital. Toda la gente se mantuvo a la expectativa a la puerta de sus casas a fin de conocer la importante noticia que seguramente se sabría de un momento al otro.
Y así fue efectivamente. Pronto corrió por todo el pueblo la voz de que desde la capital lo llamaban al relojero para que se hiciera cargo de una enorme herencia que un pariente le había legado. Toda la población quedó consternada. El pueblito se quedaría sin relojero. Todos se sintieron turbados frente a la idea de que, desde aquel día, algo faltaría al irse quien se ocupaba de atender los relojes con los que podían conocer la hora exacta.

Al día siguiente una pesada carreta cargada con todas las pertenencias de la familia, cruzaba lentamente el poblado, alejándose quizás para siempre rumbo a la ciudad capital. En ella se marchaba el relojero con toda su gente: el viejo abuelo y los hijos pequeños. Nadie quedaba en el lugar que pudiera entender de relojes.

La gente se sintió huérfana, y comenzó a mirar ansiosamente y a cada rato el reloj de la torre de la Iglesia. Otro tanto hacía cada uno con su propio reloj de bolsillo. Con el pasar de los días el sentimiento comenzó a cambiar. El relojero se había ido y nada había cambiado. Todo seguía en plena normalidad. El aparato de la torre y los de cada uno seguía rítmicamente funcionando y dando la hora sin contratiempo alguno.

-¡Caramba!- se decía la gente. Nos hemos asustado de gusto. Después de todo, el relojero no era una persona indispensable entre nosotros. Se ha marchado y todo sigue en orden y bien como cuando él estaba aquí. Otra cosa muy distinta hubiera sido sin el panadero. No había porqué preocuparse. Bien se podía vivir sin el ausente.

Y los días fueron pasando, haciéndose meses. De pronto a alguien se le cayó el reloj, y aunque al sacudirlo comenzó a funcionar, desde ese día su manera de señalar la hora ya no era de fiar. Adelantaba o atrasaba sin motivo aparente. Fue inútil sacudirlo o darle cuerda. La cosa no parecía tener solución. De manera que el propietario del aparato decidió guardarlo en su mesita de luz, y bien pronto lo olvidó al ir amontonando sobre él otras cosas que también iban a para al mismo lugar de descanso.

Y lo que le pasó a esta persona, le fue sucediendo más o menos al resto de los pobladores. En pocos años todos los relojes, por una causa o por otra, dejaron de funcionar normalmente, y con ello ya no fueron de fiar. Recién entonces se comenzó a notar la ausencia del relojero. Pero era inútil lamentarlo. Ya no estaba, y esto sucedía desde hacía varios años. Por ello cada uno guardó su reloj en el cajón de la mesa de luz, y poco a poco lo fue olvidando y arrinconando.

Digo mal al decir que todos hacían esto. Porque hubo alguien que obró de una manera extraña. Su reloj también se descompuso. Dejó de marcar la hora correcta, y ya fue poco menos que inútil. Pero esta persona tenía cariño por aquel objeto que recibiera de sus antepasados, y que lo acompañara cada día con sus exigencias de darle cuerda por la noche, y de marcarle el ritmo de las horas durante la jornada. Por ello no lo abandonó al olvido de las cosas inútiles. Cierto: no le servía de gran cosa. Pero lo mismo, cada noche, antes de acostarse cumplía con el rito de sacar el reloj del cajón, para darle fielmente cuerda a fin de que se mantuviera funcionando. Le corregía la hora más o menos intuitivamente recordando las últimas campanadas del reloj de la iglesia. Luego lo volvía a guardar hasta la noche siguiente en que repetía religiosamente el gesto.

Un buen día, la población fue nuevamente sacudida por una noticia. ¡Retornaba el relojero! Se armó un enorme revuelo. Cada uno comenzó a buscar ansiosamente entre sus cosas olvidadas el reloj abandonado por inútil a fin de hacerlo llegar lo antes posible al que podría arreglárselo. En esta búsqueda aparecieron cartas no contestadas, facturas no pagadas, junto al reloj ya medio oxidado.

Fue inútil. Los viejos engranajes tanto tiempo olvidados, estaban trabados por el óxido y el aceite endurecido. Apenas puestos en funcionamiento, comenzaron a descomponerse nuevamente: a uno se le quebraba la cuerda, a otro se le rompía un eje, al de más allá se le partía un engranaje. No había compostura posible para objetos tanto tiempo detenidos. Se habían definitiva e irremediablemente deteriorado.

Solamente uno de los relojes pudo ser reparado con relativa facilidad. El que se había mantenido en funcionamiento aunque no marcara correctamente la hora. La fidelidad de su dueño que cada noche le diera cuerda, había mantenido su maquinaria lubricada y en buen estado. Bastó con enderezarle el eje torcido y colocar sus piezas en la posición debida, y todo volvió a andar como en sus mejores tiempos.

La fidelidad a un cariño había hecho superar la utilidad, y había mantenido la realidad en espera de tiempos mejores. Ello había posibilitado la recuperación.
La oración pertenece a este tipo de realidades. Tiene mucho de herencia, poco de utilidad a corta distancia, necesidad de fidelidad constante, y capacidad de recuperación plena cuando regrese el relojero.


ORACIÓN:

Mi Dios, mi Padre amado, ayúdame en este día a tener presente que mi única salvación es seguirte con mi mente y corazón.

Quiero que mi vida esté orientada a Ti, escuchar tu voz en mi corazón y comprender qué es lo que quieres para mí.

Dame la posibilidad de ser agradecido siempre, que no olvide fácilmente todas las bendiciones que me has dado.

Gracias por la bendición de tener una familia en la que Tú me manifiestas que me amas.

Gracias por cada uno de sus miembros y todo lo que me hacen sentir. Te suplico que en este momento la bendigas y le hagas sentir tu presencia maravillosa. Amén


Oración

Pastor de eterno amor, la mayor de todas las posesiones que puedo tener, es sentir que vives en mi corazón. Gracias por tu presencia sanadora en mi vida y por ese amor que me ha ayudado a recuperar mi paz y bienestar.

Ven y aleja de mi camino toda angustia, calumnia y ensañamientos de los que no quieren que sea feliz a tu lado, de los que buscan hacerme daño o separarme de tu gracia de alguna manera.

Quiero seguir únicamente tu voz, esa voz que consuela, anima e inspira al esfuerzo y al bien, no esa voz confusa del mundo que me invita a perderme en placeres pasajeros que terminan en desgracias y lamentos.

Te reconozco como mi Pastor y Salvador. Tú no me dejas solo en ningún momento, al contrario, me das la fuerza necesaria en mis flaquezas para seguir adelante, renovándome en la esperanza y la fe.

Tu amor me da consuelo, me guía y me protege, me infunde ánimo y valor. Como Buen Pastor me cuidas y atiendes mis necesidades y ruegos, alejando de mí todo sentimiento de miedo e inseguridad.

Ven Señor, no tardes y dame la fortaleza para realizar con éxito todo lo que me propongo, acompáñame en mis decisiones y no permitiendo que me desanime cuando las cosas no van tan bien como las había planeado.

Sé que tu amor me sostiene y dispone mi corazón para recibir tu bendición y comenzar con optimismo todas las situaciones que hoy me toca vivir.

Mi vida está en tus manos, todo te lo entrego. Tú lo eres todo para mí. Eres mi guía, mi fortaleza, el mar de felicidad en el que nunca me pierdo. Amén.

ESPECIAL BUENOS DÍAS


 



10 razones para 

marcar la 

X

Hoy más que nunca es preciso disponer de argumentos para marcar la casilla de la Iglesia católica. Aquí mostramos los 10 más importantes.

Contenido


1 Es una forma sencilla de colaborar con la Iglesia. 
2 Es absolutamente gratis. 
3 Marcar la casilla demuestra mi compromiso y adhesión a la Iglesia y a la actividad que realiza. 
4 Es una de las pocas cosas que puedo decidir sobre mis impuestos. 
5 Con mi gesto y el tuyo demostramos a la sociedad que somos muchos los que valoramos la labor que realiza. 
6 Es mi obligación como católico 
7 Marcar la casilla de la Iglesia supone decir claramente “sí” a la libertad religiosa, 
8 Es mi decisión libre y democrática. 
9 Es el dinero mejor invertido. 
10 Por eso, para los no católicos o no practicantes marcar la casilla supone también reconocer el papel que la Iglesia tiene en la sociedad española, 

1 Es una forma sencilla de colaborar con la Iglesia.

No implica trámites engorrosos. A la hora de hacer la Declaración de la Renta, basta con marcar una X en la casilla de la Iglesia. Y si he recibido el borrador en mi casa, debo comprobar que la casilla aparece marcada. En caso contrario, modificarlo es muy sencillo.


2 Es absolutamente gratis.

No me van a cobrar más por mi declaración al marcarla ni me van a devolver menos por hacerlo. En definitiva, no me cuesta nada.


3 Marcar la casilla demuestra mi compromiso y adhesión a la Iglesia y a la actividad que realiza.

Con ello, me siento un poco más Iglesia.


4 Es una de las pocas cosas que puedo decidir sobre mis impuestos.

Pero si no lo hago, es decir, si la dejo en blanco, dado que voy a pagar lo mismo, será el Estado el que decida por mí sobre esa pequeña cantidad.


5 Con mi gesto y el tuyo demostramos a la sociedad que somos muchos los que valoramos la labor que realiza.

Cada año 9 millones de personas asignan a favor de la Iglesia, lo que supone, al día de hoy probablemente, el mayor gesto de adhesión a una institución que se da en nuestro país de manera anual.


6 Es mi obligación como católico

. Marcando la casilla ayudo a sostener la Iglesia en el desarrollo de todas sus actividades: mantener al clero, el anuncio del Evangelio, la vivencia de la fe y la inmensa labor asistencial que desarrolla en España y en todo el mundo.


7 Marcar la casilla de la Iglesia supone decir claramente “sí” a la libertad religiosa,

consagrada en la Constitución española y a su ejercicio pleno y efectivo en una sociedad plural y democrática. Una sociedad aconfesional, pero que valora el hecho religioso como una de las dimensiones fundamentales de la persona, tal y como lo proclama el artículo 16 de nuestra Constitución.


8 Es mi decisión libre y democrática.

Una decisión que no perjudica a nadie y que es plenamente compatible con otras opciones. En la actualidad, se pueden marcar simultáneamente las casillas de la Iglesia católica y de otros fines de interés social. Excepto en País Vasco y Navarra. Más información en www.portantos.es


9 Es el dinero mejor invertido.

Puedo conocer cada año, a través de la Memoria Anual de Actividades de la Iglesia, en qué emplea sus recursos. Las cifras sobre la actividad celebrativa, evangelizadora, educativa, en defensa del patrimonio cultural e histórico artístico o la inmensa actividad asistencial, demuestran año a año el enorme servicio que prestan las instituciones de la Iglesia en nuestro país.


10 Por eso, para los no católicos o no practicantes marcar la casilla supone también reconocer el papel que la Iglesia tiene en la sociedad española,

especialmente con los más necesitados. En los últimos años, las instituciones de la Iglesia han jugado un papel fundamental para paliar los efectos de la grave crisis económica sufrida.

FERNANDO GIMÉNEZ BARRIOCANAL

Vicesecretario para Asuntos Económicos de la Conferencia Episcopal Española.

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