viernes, 12 de mayo de 2017

Buenos días, 12 de mayo de 2016



Da siempre lo mejor de ti mismo.
Lo que plantas ahora, se cosechará más tarde.
Og Mandino..


 
VIDEO

 
 
 
SANTORAL
 
Domingo de la Calzada,
patrono de la construcción;
 
Pancracio,
patrono de los pasteleros;
 
Nereo, Aquiles, Dionisio, Casto, Casio, Ciriaco, Baroncio, Tutela, Máximo, Grato, mártires; David Uribe Velasco, sacerdote mártir; Germán, Epifanio, Emilio, Deseado, Modoaldo, obispos; Felipe, confesor; Gemma, virgen; Macario, abad; Remigio, monje; Juana de Portugal y Catalina Páez, virgen, beatas.
 
 

 
 
REFLEXIÓN:

Estaba en Lourdes. Joven, veintitantos años, enfermo en una silla de ruedas. Rezaba ante la gruta cuando una persona se le acercó y le dijo al oído:

 ─Voy a pedirle a Dios que le cure.

 ─No, gracias, respondió el enfermo. Yo siempre le digo al Señor: «No te pido que me quites la cruz, pero dame espaldas anchas para llevarla, porque sé que lo que Tú quieres es lo mejor para mí».

Cuando me lo contaron me acordé de la canción:

 Si Dios cuida de mí, ¿qué me puede faltar? si ni un solo instante, no, me deja de mirar.

Mi vida suya es, cual diestro tejedor, la va tejiendo Él con infinito amor.

Lo más doloroso para el Señor y lo más desastroso para nosotros es, precisamente, no fiarnos de Dios, desconfiar de Él.

 Unos confían en los carros, otros en los caballos; nosotros nos gloriamos en el nombre de Yahvé, nuestro Dios (Salmo,20).

 El filósofo, físico y matemático francés, Blaise PASCAL, rezaba así: Padre del cielo, no te pido ni salud ni enfermedad, ni vida ni muerte, sino que tú dispongas sobre mi salud y mi enfermedad, sobre mi vida y mi muerte, para tu gloria y para mi salvación. Sólo tú sabes lo que me conviene. Amén.

 Hay que elevar la mirada y confiar: ¡Dios es Padre y nos ama! Pero sus criterios, a veces, están muy por encima de los nuestros. Él piensa en la Vida Nueva y en la Salvación; nosotros estamos preocupados por intereses pequeños... Es necesario elevar el corazón y mirar con los ojos del joven de Lourdes: Sé, que lo que Tú quieres, es lo mejor para mí.
 
Señor, dame lo que quieres,
 
como tú quieras,
y dámelo cuando quieras.
-Tomás de Kempis-


ORACIÓN:
 
Mi buen Jesús, te doy gracias por el ejemplo de María, la Virgen, nuestra modelo de discípulo. En ella encuentro una invitación a guardar en mi corazón todas las Palabras que me comunicas.
 
Te pido, Señor mío, que hoy me des la posibilidad de ser agradecido siempre, que no olvide fácilmente todas las bendiciones que me han dado.
 
Gracias por la bendición de tener una familia en la que Tú me manifiestas que me amas.
 
Gracias por cada uno de sus miembros y todo lo que me hacen sentir. Te suplico que en este momento la bendigas y le hagas sentir tu presencia maravillosa. Amén

 
Reflexión del Papa Francisco:
 
Quien celebra la Eucaristía no lo hace porque sea mejor que los demás, sino porque se reconoce necesitado de la misericordia de Dios. La Eucaristía no es un mero recuerdo de algunos dichos y hechos de Jesús. Es obra y don de Cristo que sale a nuestro encuentro y nos alimenta con su Palabra y su vida
 
Es necesario tener siempre presente que la Eucaristía no es algo que hacemos nosotros; no es una conmemoración nuestra de aquello que Jesús ha dicho e hecho. No. ¡Es precisamente una acción de Cristo! Es Cristo que actúa ahí, que está sobre el altar. Y Cristo es el Señor.
 
Es un don de Cristo, el cual se hace presente y nos reúne en torno a sí, para nutrirnos de su Palabra y de su vida. Esto significa que la misión y la identidad misma de la Iglesia surgen de allí, de la Eucaristía, y allí toman siempre forma.
 
Una celebración puede resultar también impecable desde el punto de vista exterior. ¡Bellísima! Pero si no nos conduce al encuentro con Jesucristo, corre el riesgo de no traer ningún alimento a nuestro corazón y a nuestra vida.
 
A través de la Eucaristía, en cambio, Cristo quiere entrar en nuestra existencia y permearla de su gracia, para que en cada comunidad cristiana haya coherencia entre liturgia y vita.
 
El corazón se llena de confianza y de esperanza pensando en las palabras de Jesús recogidas en el evangelio: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día" (Jn 6,54)
 

Vivamos la Eucaristía con espíritu de fe, de oración, de perdón, de penitencia, de alegría comunitaria, de preocupación por los necesitados, y por las necesidades de tantos hermanos y hermanas, en la certeza de que el Señor realizará aquello que nos ha prometido: la vida eterna. ¡Así sea! (Audiencia general, Plaza de San Pedro, 12 de febrero de 2014)


ESPECIAL BUENOS DÍAS


Fue un trabAjador

El tra­ba­jo cons­ti­tu­ye una di­men­sión fun­da­men­tal de la exis­ten­cia hu­ma­na so­bre la tie­rra. Dios Crea­dor es el pri­mer “tra­ba­ja­dor” que edi­fi­có el cie­lo y la tie­rra, mo­de­lan­do al hom­bre a “su ima­gen y se­me­jan­za” (cf. Gn 2, 1-3. 7; 3,7). Des­de el prin­ci­pio el tra­ba­jo es un don de Dios, un bien de la per­so­na y lle­va con­si­go el signo de la de­bi­li­dad. Una vida sin tra­ba­jo se co­rrom­pe y en el tra­ba­jo el hom­bre se “hace mas hom­bre”.

El mis­mo Je­sús es co­no­ci­do en­tre sus com­pa­trio­tas como “el ar­te­sano” (Mc 6,3). Vi­vió y tra­ba­jó en Na­za­ret, allí co­no­ció los ofi­cios pro­pios de su épo­ca. En su pre­di­ca­ción uti­li­za­rá fre­cuen­te­men­te imá­ge­nes, pa­rá­bo­las y com­pa­ra­cio­nes sa­ca­das de las pro­fe­sio­nes que se daba en su en­torno cul­tu­ral. La pre­di­ca­ción de la pri­mi­ti­va Igle­sia, in­tro­du­ce en el mun­do an­ti­guo una con­cep­ción mo­ral del tra­ba­jo. Fren­te a fal­sos es­pi­ri­tua­lis­mos, san Pa­blo ex­hor­ta re­pe­ti­das ve­ces a ga­nar­se el pan de cada día “tra­ba­jan­do dis­ci­pli­na­da­men­te” (2Tes 3,10-12). Así su­ce­de en toda la tra­di­ción cris­tia­na, don­de se de­nun­cia la ocio­si­dad, la pe­re­za, la ne­gli­gen­cia la­bo­ral como fal­tas o pe­ca­dos que se de­ben co­rre­gir.

Un tra­ba­jo digno debe ser el me­dio or­di­na­rio para la sus­ten­ta­ción per­so­nal y fa­mi­liar. Es el es­pa­cio ha­bi­tual de la san­ti­fi­ca­ción de los se­gui­do­res del “Car­pin­te­ro”, y don­de se pone en prac­ti­ca las vir­tu­des hu­ma­nas y cris­tia­nas. Sin em­bar­go, es una ten­ta­ción con­ti­nua el ex­ce­si­vo celo por el tra­ba­jo, que fre­cuen­te­men­te su­plan­ta los de­be­res con el ho­gar y con los de­más: “no solo de pan vive el hom­bre” (Mt 4,4).

La mo­der­na or­ga­ni­za­ción del tra­ba­jo está muy le­jos de es­tos prin­ci­pios de la pri­ma­cía de la per­so­na so­bre el ca­pi­tal. Des­gra­cia­da­men­te el sis­te­ma la­bo­ral está en ma­nos de gran­des or­ga­ni­za­cio­nes que “di­vi­ni­zan el mer­ca­do”. Como con­se­cuen­cia te­ne­mos la la­cra del des­em­pleo, los ba­jos sa­la­rios, la in­com­pa­ti­bi­li­dad la­bo­ral con la vida fa­mi­liar, la es­cla­vi­tud del tra­ba­jo in­fan­til, etc. Es­ta­mos en un mo­men­to di­fí­cil de la his­to­ria don­de se ne­ce­si­ta crea­ti­vi­dad, pru­den­cia y un rear­me mo­ral. Por­que como ya dijo san Juan Pa­blo II: “hay algo que no fun­cio­na y con­cre­ta­men­te en los pun­tos más crí­ti­cos y de ma­yor re­lie­ve so­cial” (La­bo­rem exer­cens 18).

+ Juan del Río
Ar­zo­bis­po Cas­tren­se

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