martes, 10 de enero de 2017

Buenos días, 10 de enero de 2017


Nuestra mejor arma es la paz”


El propósito del día
Hacer que alguien se sienta mirado personalmente.
Hoy muestra a esa persona que tienes al lado que conoces bien lo que siente su corazón. Ten un gesto de cariño que le desborde, y sienta que es amado personalmente. 


VIDEO
SANTORAL
Gonzalo de Amarante,
confesor († a. 1260)
Gregorio X, papa; Nicanor, mártir; Agatón, Marciano, presbíteros; Aldo, Gonzalo, confesores; Guillermo (=Willian, Billy), Juan el Bueno, Patrocinio y Domiciano, Petronio, Maurilo, obispos; Pedro Urseolo, Gonzalo, monje; Aringa, virgen; Leonia Francisca de Sales Aviat, beata.

REFLEXIÓN:

La parábola del samurái
En Japón, en un pequeño poblado no muy lejos de la capital vivía un viejo samurái. Un día, cuando él instruía a sus aprendices, se le acercó un joven guerrero conocido por su rudeza y crueldad. Su forma de ataque favorita era la provocación: él sacaba de sus casillas a su oponente, y cuando aquél ya estaba cegado por la ira y cometía errores en la pelea, el otro, tranquilo, comenzaba a pelear, ganándole con facilidad. 
El joven guerrero empezó a insultar al viejo, le lanzaba piedras, lo escupía y le decía las peores palabras que conocía. Pero el viejo se quedó ahí, quieto como si no ocurriese nada y continuó con su enseñanza. Al final del día, el joven guerrero, cansado y enfurecido, se fue a casa. 
Los aprendices, sorprendidos de que el viejo samurái hubiese soportado tantos insultos, le preguntaron:
- ¿Por qué no peleaste con él? ¿Tenías miedo de la derrota?
El viejo samurái respondió
- Si alguien se acerca con un regalo, pero tú no lo aceptas, ¿a quién pertenece el regalo?
- A quién lo traía - respondió uno de sus discípulos
- Lo mismo ocurre con el odio, la envidia y las malas palabras. Hasta que no las aceptas, le pertenecen a aquél que las traía
ORACIÓN:

Mi Señor, tu mano amiga es necesaria para que yo pueda cumplir con la misión de brindar felicidad a todos quienes caminen a mi lado.
Quiero que hoy me liberes de toda atadura, de todo sentimiento negativo y de inseguridad que hay en mi corazón.
Acudo a tu compasión para que con tu paz serenes mis pensamientos. Acaba con todo ese dolor que no me deja avanzar. Sé que me amas y por eso confío en tu poder que me va sanando a medida que profundizo mi relación contigo.
Ven y sopla sobre mí la fuerza del Espíritu Santo para que me ayude a creer y a vencer todos los retos que hoy se me presenten. Amén
Reflexión del Papa Francisco
[...] La Iglesia constituye un pueblo, un pueblo al cual Dios ha preparado con paciencia y amor y al cual estamos todos llamados a pertenecer.
Hoy quisiera subrayar la novedad que caracteriza a este pueblo. Hay una novedad que le caracteriza. Se trata realmente de un pueblo nuevo, que se funda sobre la alianza, establecida por el Señor Jesús con el don de su vida.
Esta novedad no niega el camino precedente ni se opone a el, sino que lo lleva adelante, a su cumplimiento.
Hay una figura muy significativa, que actúa como una unión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: la de Juan Bautista.
Para los Evangelios sinópticos Juan el Bautista es el “precursor”, el que prepara la venida del Señor, preparando al pueblo a la conversión del corazón y a la acogida de la consolación de Dios ya cercana.
Para el Evangelio de Juan es el “testigo”, ya que nos hace reconocer en Jesús al que viene de lo alto, para perdonar nuestros pecados, y hacer de su pueblo su esposa, primicia de la nueva humanidad.
Como “precursor” y “testigo”, Juan Bautista juega un papel central en toda la Escritura, ya que hace de puente entre la promesa del Antiguo Testamento y su cumplimiento, entre las profecías y su cumplimiento en Jesucristo.
Con su testimonio, Juan nos muestra a Jesús, nos invita a seguirlo, y nos dice en términos inequívocos que esto requiere humildad, arrepentimiento y conversión.
Juan el Bautista hace una invitación a la humildad, al arrepentimiento y a la conversión (Catequesis, Audiencia General, 06 de agosto de 2014)
Oración de Sanación
Señor mío, Dueño de la vida y del amor, todo lo que soy te lo debo a Ti, a ese hermoso regalo la vida que en tu bondad me has otorgado.
Quiero entregarte hoy mi corazón para que lo muevas según tu voluntad y le des esa pasión que invita a tomar acciones que llenen de bendiciones a todas las personas que la vida me pondrá en mi camino.
Continúa manifestando tu amor y tu bondad en este servidor para que pueda construir vínculos sanos y duraderos para Ti. Dame el privilegio de ser testigo de tus milagros, testigo de tu palabra sanadora que es como un río de agua viva.
Quiero ser fiel de ella, proclamarla con mi boca, con mi corazón y con mis acciones, que me ayuden a actuar con humildad y servicio.
Cómo no querer anunciar tu palabra a toda creatura si por ella me has dado vida nueva y todos mis sentidos han recobrado su poder de percibirte en toda la creación.
Quiero confiar en Ti, confiar en que cada día me capacitas para salir adelante y no perder de vista el amor que me espera cuando proclamo tu Palabra y la llevo a todos los rincones del mundo.
Ayúdame a ser testigo de tu misericordia, a ser testimonio vivo de tu amor y que viva para anunciarte y hacer que otros sientan la alegría de vivir en tu eterno gozo. Amén

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ESPECIAL BUENOS DÍAS
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10 actitudes con las que no ayudas a tu hijo a ser obediente

Ir de "coleguita" y otros errores
Antes que nada, diferenciemos entre hijos obedientes e hijos que obedecen.

Me explico: si gritas y amenazas para que una orden se cumpla es probable que el niño haga lo que le ordenas… ese día (y seguramente también el siguiente si elevas un poco más el tono). ¿Pero a la larga?

Es verdad que la repetición de actos logra hábitos - ¿si tus hijos obedecen, se convertirán en obedientes?-, y que hay circunstancias en las que la necesidad de que una orden se cumpla sí o sí requiere métodos coercitivos, pero si no consigues despertar sus fuerzas propias, llega un momento en que la presión exterior ya no resulta suficiente.

Estas son las actitudes que no ayudan:

  1. Dar órdenes que no te las crees ni tú. “Venga, obedece, si no te gusta la verdura haz un esfuerzo, y luego dejas todo recogido, haces los deberes y vigilas que tu hermana pequeña juegue tranquila hasta que yo acabe de trabajar, ¿vale?”. Hay padres con más moral que el Alcoyano… Lo que le pides al niño debe ser realista: estar adaptado a su edad (infórmate antes sobre lo que, a rasgos generales, puedes esperar según los años que tengan), circunstancias y personalidad. A veces les mando a mis hijos realizar ideales imposibles que me gustaría que se hicieran realidad, y hasta en el tono les transmito que sería casi un milagro que me obedecieran. Conoce y respeta también tus propios límites. Y tampoco te vayas al otro extremo de bajar demasiado el nivel de exigencia, porque lo sabrán aprovechar.

  1. Ir de “coleguita”. Asume que eres el malo o el aburrido, al menos algunas veces. De verdad que ser “superamigo” de los niños que tienes a tu cargo no te ayudará a lograr la constancia y la disciplina que necesitan para sentirse seguros y queridos. Aplicar las normas es ingrato, prepárate para rabietas y reproches.


  1. Ceder sin marcar límites. Aclarar tu autoridad en cosas pequeñas ayuda a los niños a respetarla en otras más importantes. Y viceversa. Claro que hay espacio para un estira y afloja -a mí me encanta dejarles libertad con respuestas ambiguas a peticiones que las admitan- pero hay momentos en que sí debe ser sí y no debe ser no. “Mamá, ¿puedo subirme ahí?”. Si “ahí” está a dos metros de altura, le diré “mejor que no”, pero si está a 6 metros será rotundamente no.

  1. Improvisar. Cuando no tenemos tiempo de planificar bien lo que vamos a hacer con los niños, lo que queremos lograr y cómo llegar hasta ello, es bastante probable que las cosas salgan mal y que los niños aprovechen el caos para instaurar la anarquía. Y como es difícil tener tiempo, ganas y creatividad para planificar todos los momentos que compartimos con nuestros hijos, resulta muy útil la rutina. Si todos sabemos que después de cenar es la hora de lavarse los dientes y rezar, tenemos gran parte del terreno ganada. Las costumbres son grandes aliadas.


  1. Darles la batuta a los niños. Si alguien no tiene claro que tú vas por delante, que tú diriges, la has fastidiado pero bien. Es sorprendente hasta dónde puede llegar el instinto de poder, de dominar, de los pequeños. Aunque te vean en los límites de tus fuerzas, no tienen piedad. ¡Son niños! Vale que ellos decidan la merienda que tomarán el día de su cumpleaños o el parque al que les vas a acompañar a jugar una tarde, pero que elijan siempre el menú y el plan del fin de semana, se acuesten a la hora que les parezca y determinen las horas que van a pasar frente a la pantalla, por ejemplo, no les ayuda ni a ellos ni a ti. La autoridad está pasando así de las manos de una persona adulta responsable que ama a sus hijos a las de un pequeño por educar. La responsabilidad y el error son nuestros.

  1. Exigir un día una cosa y al día siguiente dejarla pasar. La constancia resulta muy exigente y costosa, pero las órdenes y normas deben ser coherentes y lógicas para ser eficaces. Por respeto al niño y a su libertad, hay que intentar por todos los medios sobreponerse a los propios estados de ánimo y circunstancias para cumplir los compromisos y mantener en el tiempo, y entre el padre y la madre, lo que le pides al niño que obedezca.


  1. Quedarte igual cuando desobedecen o incumplen una norma: Seguramente si el niño no se pone la camisa que le dejaste preparada la noche anterior y escoge otra del armario no se acabe el mundo. Pero si habéis quedado en que se vestirá con lo que encuentre sobre su cama por la mañana, reforzará tu autoridad asociar al cumplimiento de ese acuerdo consecuencias (lógicas) que se apliquen cuando cumple o transgrede. Vaya, los tradicionales premios y castigos, proporcionales, razonables y oportunos. Y cuanto más originales y personalizados, mejor

  1. Perder los estribos. En el otro extremo, si explotas inesperadamente porque el niño no obedece, a la larga resulta contraproducente. Los niños pueden asustarse, perder la confianza en ti, acostumbrarse a tu ira, sentir que te han vencido,… Aunque, ¿quién no explota en determinadas circunstancias? Si alguien puede aportar ideas para guardar la calma cuando has repetido diez veces “lávate los dientes”, le agradeceré enormemente (y mi familia a lo mejor todavía más) que las comparta.


  1. Enrollarse. Los largos discursos y razonamientos, por bien argumentados que estén, no suelen servir demasiado para que te obedezcan, y menos en momentos de tensión. Son más eficaces los actos y tu implicación personal: tu lucha personal por conquistar aquello que le estás pidiendo al niño. Por ejemplo, más eficaz que un sermón sobre la importancia del orden es luchar por intentar ser ordenado tú, lo cual te hará más comprensivo en tus exigencias y le ofrecerá a tu hijo un ejemplo a seguir, que tiene más poder que cualquier palabra.
  1. Querer ir al grano y rápido. Si estás demasiado ocupado y pasas muy poco tiempo con los niños, difícilmente lograrás despertar su obediencia sana. Es necesario estar presente. El hijo tiene que percibir que eres importante para él, que le conoces y le quieres, y eso requiere tiempo, una atención positiva, aliento, compartir juegos y actividades, y mucha paciencia.

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