martes, 15 de noviembre de 2016

Buenos días, 15 de noviembre de 2016. San Alberto Magno.

Mi fórmula para vivir es bastante simple.
Me levanto por la mañana, me voy a la cama en la noche y en medio, doy lo mejor de mi mismo.-
Gary Grant.

RETO DEL DÍA

Cuando te tomes un café, una cerveza…, mira un momento el vaso y fíjate en cómo lo ves, si está medio lleno o medio vacío. Después de mirar el vaso, coge el móvil y apuesta por que tu vaso esté medio lleno: manda un mensaje de vida a alguien que sabes que te cuesta, porque no le puedes perdonar o porque no le puedes amar. No te quedes en que no puedes, pide a Jesús que sea fuerte en ti y apuesta por esa persona, mándale ese mensaje de vida.

VIDEO
SANTORAL

Alberto Magno,
obispo y doctor de la Iglesia (1206-1280)
Patrono de industrias químicas, droguerías, plásticos, etc.
Eugenio, obispo y mártir; Félix, Evodio, Escutario, Armentario, Aurelio, Flaviano, Macuto, Leotadio, Malo (o Macrovio), Lupero, obispos; Leopoldo, confesor; Abibo, diácono y mártir; Segundo, Fidenciano, Varico, Ugrio, Samonas, mártires.

REFLEXIÓN:


Relata en Facebook cómo traicionó a su esposa y emociona al mundo. Su post se comparte 230.000 veces
Con un vistazo rápido al perfil del humorista Jason Hewitt uno se da cuenta de cuánto ama a su esposa y a su familia. Pero fue su propio relato de traición que él mismo subió a la red social Facebook la que le hizo quedar en evidencia.
Jason cuenta que estaba en un supermercado esperando su turno para pagar en la cola. En ese momento vio una mujer que estaba por delante en la fila. Se quedó admirado de su belleza, y justo después se dio cuenta de que se trataba de su esposa.
Su post ha sido compartido más de 230.000 veces, ha recibido más de 46.000 comentarios y le han dado cerca de 410.000 “me gusta”. Ha sido todo un fenómeno en EE.UU., haciendo que muchas mujeres suspiren con su sensibilidad y muchos hombres envidien sus palabras.
A continuación el post de cómo traicionó a su esposa:

Confieso que estoy un poco avergonzado de admitirlo, pero en cierta forma yo traicioné hoy a mi mujer. Lo voy a explicar. Estaba en el supermercado adquiriendo algunos artículos –pinza de cejas, cortaúñas, navaja de afeitar, cera depilatoria para bigote, algunos snacks y un cepillo de ducha–, y cuando estaba en la fila de la caja vi a una mujer que me llamó la atención. Pensé para mí: “¡Guau! ¿Quién será el afortunado que está con ella?”. ¡Y en cuestión de segundos me di cuenta de que era mi esposa!
Sabes, fue algo fuera de lo normal ver a mi mujer en la misma tienda, en la misma fila de la caja, viviendo su vida sin saber que era posible que yo y ella estuviéramos en el mismo lugar, en la misma hora, pero en diferentes autos. Había una persona entre nosotros en la fila, así que sólo estuve observando a mi amor, incluso le mandé dos mensajes de texto tipo “¿Estás ahí, gatita?” Y “¿Qué estás comprando, cariño?”. Pero que no llamaron su atención mientras buscaba en el bolso un cupón de descuento que había guardado especialmente para aquella compra.
Acabé desistiendo de llamar su atención, y como pueden imaginar, podría haberme colocado a su lado, dejándola al mismo tiempo sorprendida y feliz de verme, pero en lugar de eso me quedé en mi sitio, sólo observando y pensando sobre lo que sentía por esa mujer.
En primer lugar, me quedé una vez más sorprendido de su belleza. Creo que siempre me doy cuenta, pero hoy, sin saber que ella estaría en la misma tienda, la vi con otros ojos y no pude creer que era su marido. Y eso me hizo enrojecer, pero nadie lo notó por causa de mi barba enorme. En segundo lugar, me quedé espantado por el hecho de que ella no se diera cuenta de que yo estaba allí. Esto tiene su lado bueno y su lado malo. Es bueno porque muestra que ella no tiene esa mirada curiosa y porque no vio al loco de barba grande espiándola por encima del hombro. Pero malo, porque ese podría no ser yo. Tengo que comprarle un spray de pimienta…

Además de eso, también fue malo porque entendí cuán cerca estuve de no haber tenido el amor de ella y todo el esfuerzo que tuve que poner hace años sólo para atraer su atención y tener una oportunidad de llamarla para salir. Por un minuto sentí ese dolor familiar de la desgracia cuando la vi por primera vez y me dije que era imposible. Pero de alguna manera la conquisté a pesar de mis inseguridades, imperfecciones e incapacidades.
Por fin, era tan feliz de ver lo confiada, independiente, capaz, humilde, graciosa, dulce y maravillosa persona que es ella. Y entonces cogió la compra y salió por la puerta. Yo nunca dije nada, no la llamé, sólo me quedé mirándola mientras se alejaba, admirado, sabiendo que ella era mi esposa y que amo todo de ella.
Ella raramente entra en Facebook, por lo que no verá este post, y no podrá darse cuenta que en cierto modo ha sido traicionada hoy, pero pensé en compartir con todos ustedes ya que soy sólo una cara desconocida de paso por esta vida y, al mismo tiempo, con la certeza de que otras personas ya tuvieron experiencias parecidas con las personas que aman, de una manera u otra, y que saben que esos son momentos perfectos.
Moraleja: es bueno mirar a aquellos que amamos como si fuera la primera vez siempre que sea posible, para recordar lo afortunados que somos en tener a esas personas en nuestras vidas”.
ORACIÓN:

Oración preparatoria 
(para ponerme en presencia de Dios)

Señor, estás a la puerta y llamas… Cuántas veces has tocado a la puerta de mi corazón y yo continuamente te ignoro.
Hoy al menos quiero regalarte este momento; si bien no me siento capaz de abrirte pues me da miedo que me puedas pedir algo, te dejo la puerta de mi corazón sin seguro para que pases y seas Tú el que vea la necesidades que hay en él.

Reflexión del Papa:
Ésta es una de las frases evangélicas más conocidas por la sociedad, pero paradójicamente es también la que muchos parecen intentar vivir de manera contraria. La gran mayoría de los católicos tenemos muy en claro que amamos a Dios sobre todas las cosas, y que si bien no todos tenemos un compromiso activo con la iglesia, si tratamos de vivir de acuerdo a las leyes de Dios. Pero la verdadera interrogante llega cuando el amar a Dios sobre todas las cosas pasa de la teoría a la vida real.
¿Cuántas veces hemos estado dispuestos a hacer lo que sea con tal de ganar más dinero? Si se nos presenta la oportunidad de mentir, modificar e incluso hacer alguna trampilla para ahorrarnos o ganarnos unos centavos, ¿preferimos optar por vivir en la verdad y pagar el precio de ello?
Creo que no, una prueba clara de ello está en nuestro comportamiento diario, ya sea en la evasión de impuestos, en la mordida que le damos al oficial de tránsito para evitar una multa mayor, o en las simples mentiras diarias que nos permiten conservar nuestro puesto de trabajo o incluso granjearnos un ascenso.
¿Esto es amar a Dios sobre todas las cosas? ¿En verdad podemos pretender llevar una doble vida de amor a Dios y amor al dinero?
Nuestra vida se desarrolla en una continua búsqueda de la felicidad, y eso está perfecto, cuando tenemos bien claro que nuestra felicidad sólo está en Cristo. Pero cuando buscamos la felicidad en otros sitios, no sólo no la encontramos sino que terminamos más infelices y vacíos de como empezamos.
El dinero no es malo, es malo darle un lugar privilegiado en nuestra jerarquía de valores, o peor aún, suplantar el lugar que le debemos a Dios poniendo al dios dinero. Recordemos siempre que nos veamos agobiados y preocupados por algo que no sea Dios, que «no podemos servir a dos amos pues terminaremos amando a uno y odiando al otro.»
«La Palabra de Dios nos conduce a una elección final: “ningún criado puede servir a dos señores porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro”. El estafador ama la estafa y odia la honestidad. El estafador ama los sobornos los acuerdos oscuros, esos acuerdos que se hacen en la oscuridad. Y la cosa peor es que él cree ser honesto. El estafador ama el dinero, ama las riquezas: las riquezas son un ídolo. A él no le importa —como dice el profeta— pisotear a los pobres. Son los que tienen las grandes “industrias del trabajo esclavo”. Y hoy en el mundo, el trabajo esclavo es un estilo de gestión.»

(Homilía de S.S. Francisco, 18 de septiembre de 2016).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a hablar con mucho amor con Aquel que te ama.
Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
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ESPECIAL BUENOS DÍAS
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Mi marido me ha sido infiel, ¿cómo hago para perdonar?


La infidelidad provoca un dolor tan profundo y grave que no se puede seguir "como si no hubiera pasado nada"

Tabla de contenido

  1. Decidí entonces enfrentar la verdad y asumir una definitiva decisión: seguir o terminar. 
  2. Y decidí seguir hacia adelante dándole “crédito” a mi marido, en espera de que pagara la deuda. 
Que me había faltado al fallar al compromiso de un amor debido en justicia en una unión plena, total e indisoluble. 
Que había traicionado mi amor y el profundo vinculo personal y sacramental de nuestra relación. 
Que su intimidad, que me pertenecía, la había compartido con otra persona, había demostrado una gran inmadurez afectiva, no había sido capaz de presidir personalmente su sexualidad. 
Que había expuesto la vida, seguridad material y afectiva de sus hijos. 
Que a través de la simulación y la mentira “había engañado a otra persona y traído al mudo a un hijo que carecería de verdadera paternidad”, exponiéndolo a todos los males que eso puede acarrear. 
Que conceder mi perdón no era ceder mi derecho a que jamás volviera a suceder. 
Que había en todo, una profunda falta de responsabilidad a la que estaba exponiendo la sensibilidad de su consciencia. 
Que en todo ello, había contraído una deuda moral por la que tenía que compensar, y que no era solo cuestión de borrón y cuenta nueva. 
  1. Me escucho y hubo de ver su infidelidad en toda su bajeza y malicia, para que desde esta tremenda realidad pedir realmente mi perdón y valorarlo. 
  2. Para perdonar se requiere fortaleza, tanto para tomar la decisión de liberar al otro de la deuda moral contraída por la ofensa, como para que esta sea firme y se pueda mantener la decisión con el transcurso del tiempo. 
La decisión de perdonar no produce automáticamente la cauterización de la herida, ni la desaparición de ella en la memoria; con lo que si no se reitera esa decisión, cada vez que la herida se sienta o la ofensa se recuerde, se corre el peligro de volver a consentir el resentimiento y retirar el perdón. 
El ofensor queda obligado a ser mejor persona, esposo o esposa; padre o madre, ahogando el mal en abundancia de bien como parte del proceso de pago de la deuda moral contraída, de no ser así, corre el riesgo de exponer el perdón obtenido por no haber sabido valorarlo. 


Mi esposo era un hombre admirado por mí y yo había abierto todos los espacios posibles a sus afanes, lo que aprovechó para hacer más cosas por las que descuidó ser mejor persona.

Los recuerdos de esa admiración se convirtieron en fuente de desilusión y amargura; en ellos fui además de ilusionada esposa y madre, su esmerada colaboradora para que terminara su maestría, para que lograra destacar como profesional y para que se le reconociera socialmente. Yo a mi vez esperaba el momento para reanudar una carrera trunca con el anhelo de realizarme en mi vocación, aunque solo fuera por tiempos para no afectar la atención a la familia. Olvidándome de todo, había hecho de mi vida un tapete para que pisara cómodo ante sus retos, dificultades y penas. Con todo yo era feliz sin dudarlo, lo amaba y era todo para mí.
El golpe me sacudió en lo más profundo de mí ser al descubrir su infidelidad que duraba ya dos años y un hijo de aquella relación. Me desanime profundamente por la vida de matrimonio en la que el “para que” de todas mis ilusiones se había desvanecido.

Sabía que mi esposo me seguía amando, que no lo perdería si yo no quería y que de alguna manera reaccionaría a su error, pero yo no estaba segura de volverlo a aceptar ni de querer seguir nuestro matrimonio, me encontraba en un profundo duelo. Cuando llego el momento en que lo enfrentó conmigo, me pidió perdón y una segunda oportunidad, a lo que solo le contesté que lo intentaría; pero en realidad me negué interiormente, pues fue tanto la realidad de la ofensa que pretendí ignorarla u olvidarla para no tener que perdonar, pero no lo logre. Cuando el dolor se intensifico, me di cuenta que así era porque el efecto del agravio había quedado dentro de mí a consecuencia de algo no resuelto, y el veneno del resentimiento corría en mi interior consumiéndome.

Decidí entonces enfrentar la verdad y asumir una definitiva decisión: seguir o terminar.


Para mí fue necesario someter la ofensa a un análisis riguroso, ver de frente la injusticia de que había sido objeto, en toda su crudeza para hacer consciencia de lo que enfrentaría con exactitud. Necesite valor de ver y tocar una herida que ya supuraba y olía mal; al hacerlo, no podía distorsionar, disculpar, ignorar, porque era necesario ver el mal de frente llamándolo por su nombre, y solo con ese realismo tomar la decisión.

Y decidí seguir hacia adelante dándole “crédito” a mi marido, en espera de que pagara la deuda.

Una vez tomada la decisión, hable claramente con mi esposo con determinación y la mayor serenidad posible describiéndole exactamente lo mucho que me había herido y lo que me costaba el perdón. Debía conocer los sentimientos de mi dolor, lo mismo en el alma que en el cuerpo; tanto que en este tiempo llegue a tener fiebre, en mis movimientos sin fuerzas llegue a casi arrastrarme  para atender a mis hijos, y a partir de entonces, luchar a diario por sobreponerme e intentar volver a levantar el edificio de la vida familiar juntando ladrillo por ladrillo mientras él, aun con buenas intenciones, solo esperaba que pasara la tormenta.

Luego, le deje claro que debía reconocer o al menos adquirir consciencia a través de mis juicios acerca del daño que además de a mí, se había hecho a sí mismo como persona, esposo y padre.

Que me había faltado al fallar al compromiso de un amor debido en justicia en una unión plena, total e indisoluble.

Que había traicionado mi amor y el profundo vinculo personal y sacramental de nuestra relación.

Que su intimidad, que me pertenecía, la había compartido con otra persona, había demostrado una gran inmadurez afectiva, no había sido capaz de presidir personalmente su sexualidad.

Que había expuesto la vida, seguridad material y afectiva de sus hijos.

Que a través de la simulación y la mentira “había engañado a otra persona y traído al mudo a un hijo que carecería de verdadera paternidad”, exponiéndolo a todos los males que eso puede acarrear.

Que conceder mi perdón no era ceder mi derecho a que jamás volviera a suceder.

Que había en todo, una profunda falta de responsabilidad a la que estaba exponiendo la sensibilidad de su consciencia.

Que en todo ello, había contraído una deuda moral por la que tenía que compensar, y que no era solo cuestión de borrón y cuenta nueva.

Fue una conversación que se extendió a una larga tarde en la que juntos miramos sin rodeos el pecado, la parte inexcusable, cuando se han descartado todas las circunstancias atenuantes que en estos casos puedan existir.

Me escucho y hubo de ver su infidelidad en toda su bajeza y malicia, para que desde esta tremenda realidad pedir realmente mi perdón y valorarlo.

Concluimos que eso y nada más que eso es el perdón, que la capacidad de perdonar y el perdón en nosotros siempre podremos recibirlos de Dios, si lo pedimos.
La mujer suele tener mayor capacidad de perdonar, precisamente porque personaliza más sus sentimientos. Por lo mismo, la mujer ama más y sufre más, siendo por naturaleza más esposa que el esposo, esposo; y más madre que el padre, padre.

Para perdonar se requiere fortaleza, tanto para tomar la decisión de liberar al otro de la deuda moral contraída por la ofensa, como para que esta sea firme y se pueda mantener la decisión con el transcurso del tiempo.

La decisión de perdonar no produce automáticamente la cauterización de la herida, ni la desaparición de ella en la memoria; con lo que si no se reitera esa decisión, cada vez que la herida se sienta o la ofensa se recuerde, se corre el peligro de volver a consentir el resentimiento y retirar el perdón.

El ofensor queda obligado a ser mejor persona, esposo o esposa; padre o madre, ahogando el mal en abundancia de bien como parte del proceso de pago de la deuda moral contraída, de no ser así, corre el riesgo de exponer el perdón obtenido por no haber sabido valorarlo.

A pesar de las disposiciones anteriores, hay ocasiones en que perdonar supera la capacidad personal. Es entonces el momento de recordar que el perdón, en su esencia más profunda es divino, por lo que se hace necesario acudir a Dios para poderlo otorgar.

Los hombres no lo sabríamos si no nos lo enseñara Jesucristo.

Por Orfa Astorga de Lira, Orientadora familiar. Máster en matrimonio y familia por la Universidad de Navarra

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