lunes, 3 de octubre de 2016

Buenosdías, 3 de octubre de 2016. San Francisco de Borja


“Un gran hombre demuestra su espíritu
con palabras delicadas y acciones firmes.”
(Philip Stanhope de Chesterfield, estadista, ss. XVII-XVIII)


EN NOMBRE DE SU S.S. EL PAPA FRANCISCO
EL ARZOBISPO CASTRENSE DE ESPAÑA
TIENE EL HONOR DE INVITARLE ACOMPAÑADO DE SU FAMILIA
AL
JUBILEO DE LA ARMADA
Año Santo de la Misericordia Dios
El sábado 12 de noviembre
en la
Catedral de las Fuerzas Armadas en Madrid
10:15 h. entrada por la puerta santa de la S.I Catedral de las FFAA
10:30 h. Celebración de la Santa Misa y Confesiones

VIDEO


SANTORAL
Francisco de Borja,
presbítero (1510-1572)
Edmundo, Esiquio, confesores; Cándida, Dionisio, Fausto, Cayo, Heraclio, Diodoro, Ewaldo, Pedro, Pablo, Cándido, mártires; Romana, Menna, vírgenes y mártires; Antonio, Benito, Cipriano, Maximiano, Patusio, Ursicino, Ebón, Leudomiro, obispos; Gerardo, Vidrado, Uto, abades; Juvino, eremita.


REFLEXIÓN:

Ata a tu Camello
Un discípulo llegó a lomos de su camello ante la tienda de su maestro sufí. Desmontó, entró en la tienda, hizo una profunda reverencia y dijo "tengo tan gran confianza en Dios que he dejado suelto a mi camello ahí afuera, porque estoy convencido de que Dios protege los intereses de los que le aman".
"Pues sal fuera y ata tu camello estúpido!" le dijo el maestro. "Dios no puede ocuparse de hacer en tu lugar lo que eres perfectamente capaz de hacer por ti mismo."
Autor: Anthony de Mello

ORACIÓN:
Señor, Tú te manifiestas hasta en los detalles más pequeños del día con formas de amor inimaginables. Te doy gracias haberme regalado el don de tu presencia. Te agradezco el ánimo que me das y las fuerzas que pones en mi corazón para que pueda salir adelante.
No permitas que mis miedos y flaquezas me hagan incapaz de continuar la lucha por ser cada día mejor. Te entrego mis preocupaciones y cargas de hoy y te suplico que sigas bendiciéndome para estar siempre fortalecido y dispuesto a continuar los retos que se me presentan. Gracias por todas tus bondades. Amén
Reflexión del Papa Francisco
La muerte es una experiencia que concierne a todas las familias, sin ninguna excepción. Es parte de la vida; sin embargo, cuando toca a los afectos familiares, la muerte no nos parece jamás natural.
Para los padres, sobrevivir a los propios hijos es algo particularmente desgarrador, que contradice la naturaleza elemental de las relaciones que dan sentido a la familia misma.
La pérdida de un hijo o de una hija es como si detuviera el tiempo: se abre un abismo que traga el pasado y también el futuro. La muerte, que se lleva el hijo pequeño o joven, es una bofetada a las promesas, a los dones y sacrificios de amor alegremente entregados a la vida que hemos hecho nacer.
Tantas veces vienen a misa en Santa Marta padres con la foto de un hijo, una hija, niño, muchacho, muchacha y me dicen: "se fue". La mirada es tan dolorida. La muerte toca y cuando es un hijo toca profundamente.
[...] En el pueblo de Dios, con la gracia de su compasión donada en Jesús, tantas familias demuestran, con los hechos, que la muerte no tiene la última palabra y esto es un verdadero acto de fe. Todas las veces que la familia en el luto – incluso terrible – encuentra la fuerza para custodiar la fe y el amor que nos unen a aquellos que amamos, impide a la muerte, ya ahora, que se tome todo.
[...] Nuestros seres queridos no desaparecieron en la oscuridad de la nada: la esperanza nos asegura que ellos están en las manos buenas y fuertes de Dios. El amor es más fuerte que la muerte.
[...] Yo quisiera subrayar la última frase del Evangelio que hoy hemos escuchado. Después que Jesús trae de nuevo a la vida a este joven, hijo de la mamá que era viuda, dice el Evangelio: "Jesús lo restituyó a su madre". ¡Y ésta es nuestra esperanza! ¡Todos nuestros seres queridos que se han ido, todos el Señor los restituirá a nosotros y con ellos nos encontraremos juntos y esta esperanza no decepciona! Recordemos bien este gesto de Jesús; “Y Jesús lo restituyó a su madre”. ¡Así hará el Señor con todos nuestros seres queridos de la familia!... (Catequesis, audiencia general, 17 de junio de 2015)
Propósito para hoy:
Invocaré a mi Santa Madre, nuestra Señora de los Dolores, para que me alcance la gracia de la fortaleza en tiempos difíciles
Reflexionemos juntos esta frase:
"La santidad exige cada día la entrega con sacrificio; por eso el matrimonio es un camino para ser santos". (Papa Francisco)
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ESPECIAL BUENOS DÍAS
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Papa Francisco Los cristianos en el
 mundo deben ser… como los árboles
Oración Ecuménica en la Basílica Menor de San Francisco de Asís por la paz en 27 naciones azotadas por la guerra, la violencia y la pobreza
Nosotros, discípulos del Crucificado, estamos llamados a ser “árboles de vida”, que absorben la contaminación de la indiferencia y restituyen al mundo el oxígeno del amor”, dijo el papa Francisco durante la meditación en ocasión de la oración ecuménica de los cristianos, católicos y no, reunidos en la Basílica Menor de San Francisco en Asís donde reposa el cuerpo del ‘santo de la paz y de la ecología’.

Texto completo de la meditación del Papa Francisco 

Ante Jesús crucificado, resuenan también para nosotros sus palabras: «Tengo sed» (Jn 19,28). La sed es, aún más que el hambre, la necesidad extrema del ser humano, pero además representa la miseria extrema. Contemplemos de este modo el misterio del Dios Altísimo, que se hizo, por misericordia, pobre entre los hombres.

¿De qué tiene sed el Señor? Ciertamente de agua, elemento esencial para la vida. Pero sobre todo de amor, elemento no menos esencial para vivir. Tiene sed de darnos el agua viva de su amor, pero también de recibir nuestro amor. El profeta Jeremías habló de la complacencia de Dios por nuestro amor: «Recuerdo tu cariño juvenil, el amor que me tenías de novia» (Jer 2,2).
Pero dio también voz al sufrimiento divino, cuando el hombre, ingrato, abandonó el amor, cuando ―parece que nos quiere decir también hoy el Señor― “me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se cavaron aljibes, aljibes agrietados que no retienen agua” (v. 13). Es el drama del “corazón árido”, del amor no correspondido, un drama que se renueva en el Evangelio, cuando a la sed de Jesús el hombre responde con el vinagre, que es un vino malogrado. Así, proféticamente, se lamentaba el salmista: “Para mi sed me dieron vinagre” (Sal 69,22).

El amor no es amado”; según algunos relatos esta era la realidad que turbaba a san Francisco de Asís. Él, por amor del Señor que sufre, no se avergonzaba de llorar y de lamentarse en alta voz (cf. Fuentes Franciscanas, n. 1413). Debemos tomar en serio esta misma realidad cuando contemplamos a Dios crucificado, sediento de amor.

La Madre Teresa de Calcuta quiso que, en todas las capillas de sus comunidades, cerca del crucifijo, estuviese escrita la frase “tengo sed”. Su respuesta fue la de saciar la sed de amor de Jesús en la cruz mediante el servicio a los más pobres entre los pobres.

En efecto, la sed del Señor se calma con nuestro amor compasivo, es consolado cuando, en su nombre, nos inclinamos sobre las miserias de los demás. En el juicio llamará “benditos” a cuantos hayan dado de beber al que tenía sed, a cuantos hayan ofrecido amor concreto a quien estaba en la necesidad: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40).

Las palabras de Jesús nos interpelan, piden que encuentren lugar en el corazón y sean respondidas con la vida. En su “tengo sed”, podemos escuchar la voz de los que sufren, el grito escondido de los pequeños inocentes a quienes se les ha negado la luz de este mundo, la súplica angustiada de los pobres y de los más necesitados de paz.

Imploran la paz las víctimas de las guerras, las cuales contaminan los pueblos con el odio y la Tierra con las armas; imploran la paz nuestros hermanos y hermanas que viven bajo la amenaza de los bombardeos o son obligados a dejar su casa y a emigrar hacia lo desconocido, despojados de todo. Todos estos son hermanos y hermanas del Crucificado, los pequeños de su Reino, miembros heridos y resecos de su carne. Tienen sed.

Pero a ellos se les da a menudo, como a Jesús, el amargo vinagre del rechazo. ¿Quién los escucha? ¿Quién se preocupa de responderles? Ellos encuentran demasiadas veces el silencio ensordecedor de la indiferencia, el egoísmo de quien está harto, la frialdad de quien apaga su grito de ayuda con la misma facilidad con la que se cambia de canal en televisión.

Ante Cristo crucificado, “fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Co 1,24), nosotros los cristianos estamos llamados a contemplar el misterio del Amor no amado, y a derramar misericordia sobre el mundo. En la Cruz, árbol de vida, el mal ha sido trasformado en bien; también nosotros, discípulos del Crucificado, estamos llamados a ser “árboles de vida”, que absorben la contaminación de la indiferencia y restituyen al mundo el oxígeno del amor. Del costado de Cristo en la cruz brotó agua, símbolo del Espíritu que da la vida (cf Jn 19,34); que del mismo modo, de nosotros sus fieles, brote también compasión para todos los sedientos de hoy.

Que el Señor nos conceda, como a María junto a la cruz, estar unidos a él y cerca del que sufre. Acercándonos a cuantos hoy viven como crucificados y recibiendo la fuerza para amar del Señor Crucificado y resucitado, crecerá aún más la armonía y la comunión entre nosotros. “Él es nuestra paz” (Ef 2,14), él que ha venido a anunciar la paz a los de cerca y a los de lejos (Cf. v. 17). Que nos guarde a todos en el amor y nos reúna en la unidad, para que lleguemos a ser lo que él desea: “Que todos sean uno” (Jn 17,21).





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