jueves, 18 de agosto de 2016

Buenos días, 18 de agosto de 2016. Santa Elena


Vivir, es vibrar cada instante, ante la emoción de percibir la maravilla de la creación de Dios que nos rodea.
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SANTORAL

Elena, Reina; Alberto, Fundador del Hogar de Cristo; Agapito, mártir; Fermín, obispo; Juan y Crispo, sacerdotes de Roma; Reinaldo de Concorégio, Beato, Obispo; Floro, Lauro y compañeros, Hermas, Serapión, Poliero, León, Juliana, Mártires; Paula Montaldi, Beata, Abadesa Clarisa; Nicolás Factor, beato, presbítero; Ángel María, Rosario, María Luisa, Micaela, beatos, religiosos y mártires; Paula Montaldi, abadesa, beata.


 

REFLEXIÓN:
El hijo del rey


Cuentan que un rey del oriente tenía un hijo ya mayor que era muy tímido. No quería salir a la calle para que no lo viesen y no le señalasen como sucesor del rey.

Al padre le dolía mucho la timidez de su hijo y un día lo llamó y le dijo:

- Toma esta taza de cristal. Tienes que llevarla llena de agua hasta el borde desde el palacio hasta la catedral sin que se te caiga una gota. Esa es mi orden. Mucho me entristeceré si me desobedeces.

El muchacho salió a las tortuosas calles y andaba con mucho cuidado, completamente ajeno al ruido del pueblo, y sin hacer caso a las miradas de los curiosos y espectadores. E hizo exactamente lo que su padre le había ordenado. Cuando volvió a palacio, el rey le preguntó si había notado la curiosidad de los transeúntes.

- ¿Cómo iba a poder notar tal cosa llevando en la mano la taza colmada de agua?

De la misma forma cada uno de nosotros tenemos en las manos una taza que son los estudios, el trabajo, el saber, la ciencia y la cultura. Si estuvieras atento a no perder ni una gota del contenido de esta taza no te fijarías en tantas cosas que te distraen y te entretienen. ¿Podrías fijarte más en el contenido de tu taza? Todavía te queda mucho camino por recorrer en tu vida. Mantente atento y concéntrate en tu tarea. ¿Con cuanta agua vas a llegar?


ORACIÓN:

Concédenos, Señor, que nos sea siempre anunciada la salvación, para que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos te sirvamos fielmente con santidad y justicia todos nuestros días. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén


Petición

Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío.


Meditación del Santo Padre Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:
La liturgia de este [día] nos propone una parábola que habla de un banquete de bodas al que muchos son invitados.
[La primera lectura, tomada del libro de Isaías, prepara este tema, porque habla del banquete de Dios. La imagen del banquete aparece a menudo en las Escrituras para indicar la alegría en la comunión y en la abundancia de los dones del Señor, y deja intuir algo de la fiesta de Dios con la humanidad, como describe Isaías: «Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos..., de vinos de solera; manjares exquisito, vinos refinados» (Is 25, 6). El profeta añade que la intención de Dios es poner fin a la tristeza y a la vergüenza; quiere que todos los hombres vivan felices en el amor hacia él y en la comunión recíproca; su proyecto entonces es eliminar la muerte para siempre, enjugar las lágrimas de todos los rostros, hacer desaparecer la situación deshonrosa de su pueblo, como hemos escuchado (cf. vv. 7-8). Todo esto suscita profunda gratitud y esperanza: «Aquí está nuestro Dios. Esperábamos en él y nos ha salvado. Este es el Señor, en quien esperamos. Celebremos y gocemos con su salvación» (v. 9).]
Jesús en el Evangelio nos habla de la respuesta que se da a la invitación de Dios —representado por un rey— a participar en su banquete (cf. Mt 22, 1-14). Los invitados son muchos, pero sucede algo inesperado: rehúsan participar en la fiesta, tienen otras cosas que hacer; más aún, algunos muestran despreciar la invitación. Dios es generoso con nosotros, nos ofrece su amistad, sus dones, su alegría, pero a menudo nosotros no acogemos sus palabras, mostramos más interés por otras cosas, ponemos en primer lugar nuestras preocupaciones materiales, nuestros intereses. La invitación del rey encuentra incluso reacciones hostiles, agresivas. Pero eso no frena su generosidad. Él no se desanima, y manda a sus siervos a invitar a muchas otras personas. El rechazo de los primeros invitados tiene como efecto la extensión de la invitación a todos, también a los más pobres, abandonados y desheredados. Los siervos reúnen a todos los que encuentran, y la sala se llena: la bondad del rey no tiene límites, y a todos se les da la posibilidad de responder a su llamada. Pero hay una condición para quedarse en este banquete de bodas: llevar el vestido nupcial. Y al entrar en la sala, el rey advierte que uno no ha querido ponérselo y, por esta razón, es excluido de la fiesta. Quiero detenerme un momento en este punto con una pregunta: ¿cómo es posible que este comensal haya aceptado la invitación del rey y, al entrar en la sala del banquete, se le haya abierto la puerta, pero no se haya puesto el vestido nupcial? ¿Qué es este vestido nupcial? En la misa in Coena Domini de este año hice referencia a un bello comentario de san Gregorio Magno a esta parábola. Explica que ese comensal responde a la invitación de Dios a participar en su banquete; tiene, en cierto modo, la fe que le ha abierto la puerta de la sala, pero le falta algo esencial: el vestido nupcial, que es la caridad, el amor. Y san Gregorio añade: «Cada uno de vosotros, por tanto, que en la Iglesia tiene fe en Dios ya ha tomado parte en el banquete de bodas, pero no puede decir que lleva el vestido nupcial si no custodia la gracia de la caridad» (Homilía 38, 9: pl 76,1287). Y este vestido está tejido simbólicamente con dos elementos, uno arriba y otro abajo: el amor a Dios y el amor al prójimo (cf. ib., 10: pl 76, 1288). Todos estamos invitados a ser comensales del Señor, a entrar con la fe en su banquete, pero debemos llevar y custodiar el vestido nupcial, la caridad, vivir un profundo amor a Dios y al prójimo.

Santo Padre Benedicto XVI

Diálogo con Cristo

Jesús, el vestido de bodas que necesito es el del amor. Cuántas veces doy más importancia a mi propia satisfacción en vez de centrar mi atención y esfuerzo en alcanzar la verdadera comunión contigo. Con la intercesión de María, ayúdame a valorar tu invitación a la santidad, optando siempre por la virtud en vez del pecado, amando desinteresadamente en vez de buscar mi propia conveniencia, siendo humilde en vez de orgulloso.

Propósito


Ser sincero con todos y en todo, fortaleciendo esta actitud en el sacramento de la reconciliación.

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