miércoles, 29 de junio de 2016

Buenos días, 29 de junio de 2016. San Pedro y San Pablo


El amor se manifiesta mejor con hechos que con palabras.
(Santo Cura de Ars, Sermón sobre Jesucristo)
 
 
SANTORAL
 
Pedro y Pablo, Apóstoles;
 
Marcelo, Atanasio, mártires; Siro, Casio, obispos; Benita, Enma de Gurk, vírgenes; Coca, abad; María, madre de S. Marcos.
 

 
 
REFLEXIÓN:
 
Te perdono... Pero no lo olvido; te perdono Pero te lo recuerdo constantemente; te perdono... Pero algún día sentirás lo mismo que yo.
 
No hay duda, no es fácil perdonar, y muchas veces estamos llenos de resentimientos y recuerdos negativos.
 
Resentimiento es volver a sentir, revivir aquella ofensa que alguien voluntaria o involuntariamente nos hizo, y que a pesar del tiempo, poco o mucho sigue afectando nuestra vida.
 
Vivir con resentimiento es como llevar veneno dentro de nosotros, es como cargar un costal a nuestras espaldas. La mayoría de las personas no somos capaces de dar salida a la reacción emocional, y esta ira reprimida puede causar ansiedad, cansancio, angustia, mal humor, enojo y hasta enfermedad.
 
¿Qué hacer para evitar el resentimiento?
 
Es muy importante saber dar la bienvenida al sentimiento, es decir, verbalizar lo que sentiste cuando otra u otras personas te ofendieron: entender qué fue lo que te molestó para poder decirlo, o bien escribirlo. Analiza si la ofensa es realmente objetiva, o es algo subjetivo y que tú has creado. Lo importante es nunca quedarse con este sentimiento negativo para evitar llegar así al resentimiento.
 
El valor que le demos a la ofensa, dependerá mucho más de nuestra respuesta personal, que de la gravedad de ésta. En este sentido hay que utilizar nuestra inteligencia para encontrar los motivos o razones del agresor, más que el dejarnos llevar por nuestras emociones.
 
Se ha hablado del resentimiento, pero entonces ¿Qué es el perdón?
 
Es aprender a vivir el presente con amor, sin rencores ni resentimientos. Es una decisión personal para ver más allá de la ofensa, de comprender y ser compasivo con el otro. Por supuesto es un proceso, no sucede de una vez, toma su tiempo y va surgiendo poco a poco. Pero ante todo, es una actitud personal donde se elige mirar al otro sin juzgarlo, y que se convierte en una forma de vida.
 
Por eso es que encontramos personas felices que viven en paz con los demás, y otras que van por la vida llenas de rencores y resentimientos hacia seres muy cercanos a ellas, o hacia otros muy lejanos.
 
Ahora bien, es importante mencionar que podemos confundir el perdonar con el aceptar determinadas acciones, por ejemplo:
 
Perdonar no es justificar comportamientos ajenos: Es alcohólico porque...; no trabaja porque; me pega porque... Si justificamos podemos cometer el error de aprobar o defender una conducta propia o ajena.
 
Perdonar no es hacer como que todo va bien, cuando se siente que no es así: Prefiero no reclamar o decir que algo anda mal en nuestra relación...
 
Perdonar no es adoptar una actitud de superioridad hacia el otro: ¡Pobrecito!, ¡no entiende lo que hace!
 
Tampoco perdonar significa que debo cambiar mi comportamiento: Mi marido es descuidado con el dinero de la familia. Lo puedo perdonar, pero no implica que no deba exigirle que cambie.
 
Lo interesante de esto es que si queremos perdonar a alguien, no es necesario decirle te perdono. Podemos hacerlo internamente, basta con nosotros mismos. Incluso podemos perdonar a una persona que ya murió. Claro que si somos dos en lugar de uno, se puede dar una reconciliación.
 
No puedo dejar de mencionar la gran relevancia que tiene el que, en primer lugar, sepamos perdonarnos a nosotros mismos, aceptar nuestros errores, nuestros defectos, alejarnos de las culpas, y saber que como seres humanos nos equivocamos mucho más seguido de lo que nos gustaría.
 
Son muchos los beneficios que recibimos al perdonarnos y perdonar a otros:
 
Nos liberamos de lo que nos tiene atados al pasado.
Dejamos de somatizar estos sentimientos negativos. Ansiedad, angustia y cansancio disminuyen.
Se reduce nuestra agresión e intolerancia, y las relaciones con nosotras mismas y con los demás se vuelven más armoniosas.
Mejora nuestro estado de ánimo.
Mejora nuestra salud.
 
En definitiva es un regalo que nos damos a nosotros mismos y que nos permitirá relacionarnos sanamente con los demás, aceptarnos y aceptarlos como son, y sobre todo, amarlos plenamente.
 
Te invito a que hagamos un alto en nuestra vida, y pensemos qué tenemos que perdonarnos y a qué persona o personas, cercanas o lejanas no hemos logrado perdonar. Liberémonos de este costal, de este veneno que nos impide vivir en paz y en armonía. Y recuerda:

No necesitas del otro para perdonar, para perdonar basta contigo mismo.

 
ORACIÓN:

Mi Dios, acudo a Ti como amigo y hermano, para que me llenes de tu alegría y tu gozo, para que renueves esa fuerza esperanzadora que levanta del suelo a todos quienes confiados a Ti buscan ayuda. Quiero sentir tu amor y tu perdón, quiero sentir que me tomas de la mano y me das de palmaditas en la espalda. Puedo escucharte ya diciéndome al oído: "¡Ánimo!, tú puedes, te he capacitado para que lo logres". Gracias Señor porque en Ti me siento protegido y amado. Me ayudas cada día ser mejor ser humano. Te ofrezco este ayuno de hoy por mi propia conversión y espero que con él, pueda fortalecerme en todas mis actitudes. Te amo y en Ti confío. Amén
 
Reflexión del Papa Francisco
 
¿Qué quiere decir Jesús? ¿Cuál es la puerta por la que debemos entrar? ¿Y por qué Jesús habla de una puerta estrecha?
 
La imagen de la puerta vuelve varias veces en el Evangelio y se remonta a la de la casa, a la del hogar doméstico, donde encontramos seguridad, amor y calor. Jesús nos dice que hay una puerta que nos hace entrar en la familia de Dios, en el calor de la casa de Dios, de la comunión con Él. Y esa puerta es el mismo Jesús (Cfr. Jn 10, 9). Él es la puerta. Él es el pasaje para la salvación. Él nos conduce al Padre. Y la puerta que es Jesús jamás está cerrada, esta puerta jamás está cerrada. Está abierta siempre y a todos sin distinción, sin exclusiones, sin privilegios.
 
Porque saben, Jesús no excluye a nadie. Alguno de ustedes quizá podrá decirme, pero Padre, yo estoy excluido, porque soy un gran pecador. He hecho cosas feas. He hecho tantas en la vida. No, no estás excluido. Precisamente por esto eres el preferido. Porque Jesús prefiere al pecador. Siempre, para perdonarlo, para amarlo. Jesús te está esperando para abrazarte, para perdonarte. No tengas miedo. Él te espera. Anímate, ten coraje para entrar por su puerta.
 
Todos somos invitamos a pasar esta puerta, a atravesar la puerta de la fe, a entrar en su vida, y a hacerlo entrar en nuestra vida, para que Él la transforme, la renueve, le de alegría plena y duradera.
 
En la actualidad pasamos ante tantas puertas que invitan a entrar prometiendo una felicidad que después, nos damos cuenta de que duran un instante. Que se agota en sí misma y que no tiene futuro. Pero yo les pregunto: ¿Por cuál puerta queremos entrar? Y ¿a quién queremos hacer entrar por la puerta de nuestra vida?
 
Quisiera decir con fuerza: no tengamos miedo de atravesar la puerta de la fe en Jesús, de dejarlo entrar cada vez más en nuestra vida, de salir de nuestros egoísmos, de nuestras cerrazones, de nuestras indiferencias hacia los demás.
Porque Jesús ilumina nuestra vida con una luz que no se apaga jamás.
 
A la Virgen María, Puerta del Cielo, le pedimos que nos ayude a pasar la puerta de la fe, a dejar que su Hijo transforme nuestra existencia como ha transformado la suya para llevar a todos la alegría del Evangelio (Homilía en Santa Marta, 25 de agosto de 2013)
 
Diálogo con Jesús
 
Jesús mío, gracias por esa paz y consuelo que trae el sentir tu presencia cada día cuando cierro mis ojos al mundo y pienso en todas las bendiciones que me has dado. Seguirte no es tan sencillo como parece, el mundo me abre tantas puertas de fantasías alucinantes que a veces me deslumbran tanto que me desorientan y pierdo tu camino. Debo entender que esas supuestas maravillas terrenales son sólo felicidades pasajeras, que me distraen de mi verdadero objetivo: amarte y buscar tu Reino y tu Justicia. En varias oportunidades, me indicas que debo tratar a los demás como yo quiero ser tratado, es una regla de oro para poder entrar por esa puerta estrecha que me ofreces. No quiero sentir ningún miedo de abrir la puerta de mi corazón a todos cuantos necesiten descubrirte, para que sepan ellos también encontrar la alegría y el ánimo de recorrer tu camino. Aumenta mi deseo de servir y amar a mis hermanos, es así, en esa donación, cómo podré entrar por esa puerta que nos da la vida en abundancia, esa Puerta que es tu Corazón mismo. Comprendo que para seguirte, debo amar y tener esa empatía con los demás como Tú la has tenido conmigo. Haz crecer en mi corazón ese desprendimiento del mundo para poder donarme por completo y proclamar las maravillas del Cielo. Amén
 
Propósito para hoy:
 
Antes de llegar a casa, regalaré un pequeño detalle a una persona o un vecino(a) cercano.
 
Reflexionemos juntos esta frase:
 
"La misericordia es lo único que puede salvar al hombre y al mundo del pecado y del mal". (Papa Francisco)
 
 




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