jueves, 12 de mayo de 2016

Buenos días, 12 de Mayo de 2016. Santo Domingo de la Calzada. San Pancracio

Todo lo que soy o espero ser se lo debo a la angelical solicitud de mi madre.
Abraham Lincoln

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"Sueño una Europa joven, capaz de ser todavía madre: una madre que tenga vida, porque respeta la vida y ofrece esperanza de vida.
Sueño una Europa que se hace cargo del niño, que como un hermano socorre al pobre y a los que vienen en busca de acogida, porque ya no tienen nada y piden refugio.
Sueño una Europa que escucha y valora a los enfermos y a los ancianos, para que no sean reducidos a objetos improductivos de descarte.
Sueño una Europa, donde ser emigrante no sea un delito, sino una invitación a un mayor compromiso con la dignidad de todo ser humano.
Sueño una Europa donde los jóvenes respiren el aire limpio de la honestidad, amen la belleza de la cultura y de una vida sencilla, no contaminada por las infinitas necesidades del consumismo; donde casarse y tener hijos sea una responsabilidad y una gran alegría, y no un problema debido a la falta de un trabajo suficientemente estable.
Sueño una Europa de las familias, con políticas realmente eficaces, centradas en los rostros más que en los números, en el nacimiento de hijos más que en el aumento de los bienes.
Sueño una Europa que promueva y proteja los derechos de cada uno, sin olvidar los deberes para con todos.
Sueño una Europa de la cual no se pueda decir que su compromiso por los derechos humanos ha sido su última utopía”.
SANTORAL
Domingo de la Calzada,
confesor (c. a. 1050-1109)
PATRONO DE LA CONSTRUCCIÓN
Pancracio,
PATRONO DE LOS PASTELEROS
Nereo, Aquiles, Dionisio, Casto, Casio, Ciriaco, Baroncio, Tutela, Máximo, Grato, mártires; David Uribe Velasco, sacerdote mártir; Germán, Epifanio, Emilio,  Deseado,Modoaldo, obispos; Felipe, confesor; Gemma, virgen; Macario, abad; Remigio, monje;  Juana de Portugal y Catalina Páez, virgen, beatas.

REFLEXIÓN:

PARA LLEVAR UNA VIDA MÁS FELIZ
Aunque los seres humanos no llegamos a este mundo con un manual de instrucciones que nos enseñe cómo vivir con felicidad, si lo pensamos por un momento, nos daremos cuenta de que no lo necesitamos. Hoy aprenderás que la vida es mucho más simple de lo que parece, y que lo único que necesitarás para alcanzar la felicidad es recordar algunas reglas que te enseñarán a valorar esas pequeñas bendiciones que la vida nos otorga y muchas veces ignoramos.
Antes de decir algo malo, piensa en aquellos que no están presentes para defenderse.
Antes de quejarte sobre el sabor o la calidad de la comida, piensa en todas aquellas personas que están pasando hambre en el mundo.
Antes de gritarle a tu marido o mujer, piensa en la inmensa soledad que envuelve a otras personas.
Antes de quejarte sobre tu situación actual, piensa en aquellos que nunca llegaron a disfrutar el día de hoy.
Antes de enojarte porque la casa está desordenada, recuerda que hay personas que ni siquiera tienen un lugar dónde dormir.
Antes de señalar a alguien con el dedo acusador, recuerda que tú también eres humano y puedes cometer errores.
Y la regla más importante de todas…
Antes de dejar que un pensamiento negativo arruine tu humor, sonríe y da las gracias por estar vivo.
Recuerda mirar en cinco direcciones cada día:
Hacia adelante – Para saber a dónde vas.
Hacia atrás – Para recordar de dónde vienes y evitar cometer errores pasados.
Hacia abajo – Para asegurarte de no pisotear o humillar a nadie en el camino.
Hacia los costados – Para ver quién está a tu lado para apoyarte, y quién te necesita.
Hacia arriba – Para recordar que siempre hay alguien cuidándote.
ORACIÓN:

Jesús, me acerco a ti en este día porque quiero poner en práctica tu mandamiento del amor. Señor, ayúdame a amar a todos mis hermanos, como Tú me lo has mandado. Te ofrezco esta meditación para que todos podamos vivir este mandamiento y dejar a un lado el odio, el rencor y la división. Dios mío, enséñame a amar a las personas hasta dar mi vida por ellas siguiendo tu ejemplo.
Petición

Señor, que experimente más profundamente el amor que me tienes, para que pueda amar mejor a mis hermanos.
Meditación del Papa Francisco

 En el Cenáculo, Jesús resucitado, enviado por el Padre, comunicó su mismo Espíritu a los Apóstoles y con su fuerza los envió a renovar la faz de la tierra. Salir, marchar, no quiere decir olvidar. La Iglesia en salida guarda la memoria de lo que sucedió aquí; el Espíritu Paráclito le recuerda cada palabra, cada gesto, y le revela su sentido.
El Cenáculo nos recuerda el servicio, el lavatorio de los pies, que Jesús realizó, como ejemplo para sus discípulos. Lavarse los pies los unos a los otros significa acogerse, aceptarse, amarse, servirse mutuamente. Quiere decir servir al pobre, al enfermo, al excluido, a aquel que me resulta antipático, al que me molesta.
El Cenáculo nos recuerda, con la Eucaristía, el sacrificio. En cada celebración eucarística, Jesús se ofrece por nosotros al Padre, para que también nosotros podamos unirnos a Él, ofreciendo a Dios nuestra vida, nuestro trabajo, nuestras alegrías y nuestras penas…, ofrecer todo en sacrificio espiritual.
Y el Cenáculo nos recuerda también la amistad. "Ya no les llamo siervos –dijo Jesús a los Doce–… a ustedes les llamo amigos”. El Señor nos hace sus amigos, nos confía la voluntad del Padre y se nos da Él mismo. Ésta es la experiencia más hermosa del cristiano, y especialmente del sacerdote: hacerse amigo del Señor Jesús, y descubrir en su corazón que Él es su amigo.» (Homilía de S.S. Francisco, 26 de mayo de 2014).
Estas palabras, pronunciadas durante la Última Cena, resumen todo el mensaje de Jesús; es más, resumen todo lo que Él ha hecho: Jesús dio la vida por sus amigos. Amigos que no le habían entendido, que en el momento crucial le abandonaron, traicionaron y renegaron. Esto nos dice que Él nos ama, a pesar de no merecer su amor. Así nos ama Jesús.
De esta manera, Jesús nos muestra el camino para seguirle, el camino del amor. Su mandamiento no es un simple precepto, que siempre es algo abstracto o ajeno a la vida. El mandamiento de Cristo es nuevo porque Él fue el primero en realizarlo, le dio carne, y así la ley del amor se escribe una vez y para siempre en el corazón del hombre. (Homilía de S.S. Francisco, 10 de mayo de 2015).
Propósito

Hacer un acto de caridad cristiana con un hermano necesitado.
Diálogo con Cristo

Jesús, inflama mi corazón con tu divino amor para que, lleno con el fuego de tu caridad, pueda amar mejor a mis hermanos. Sé que Tú puedes aumentar mi caridad para que me pueda configurar cada vez más a ti. "Ámense los unos a los otros", ese es tu mandamiento. Ayúdame a vivirlo frente a mis hermanos, para que pueda poner mi granito de arena en la construcción de la civilización del amor.

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ESPECIAL BUENOS DÍAS
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 Un día en la vida de la Virgen María

Hace unos dos mil años Nazaret era una aldea desconocida para casi todos los habitantes de la tierra.

Tabla de contenido

  1. La casa de María 
  2. Oraciones de la mañana 
  3. Preparación de la comida 
  4. Transporte del agua y lavado de la ropa 

En ese momento la Roma imperial brillaba llena de esplendor. Había muchas ciudades prósperas en las orillas del Mediterráneo. El bullicio de mercaderes y marineros inundaba muchas calles y plazas de ciudades portuarias o emporios comerciales. Nazaret, en cambio, era un puñado de pobres casas clavadas en unos promontorios de roca en la Baja Galilea. Ni siquiera en su región tenía una gran importancia. A algo más de dos horas de camino a pie se podía llegar a la ciudad de Séforis, donde se concentraba la mayor parte de la actividad comercial de la zona. Era una ciudad próspera, con ricas construcciones y un cierto nivel cultural. Sus habitantes hablaban griego y tenían buenas relaciones con el mundo intelectual greco-latino. En cambio, en Nazaret vivían unas pocas familias judías, que hablaban en arameo. La mayor parte de sus habitantes se dedicaban a la agricultura y la ganadería, pero no faltaba algún artesano como José, que con su ingenio y esfuerzo prestaba un buen servicio a sus conciudadanos haciendo trabajos de carpintería o herrería.

La casa de María

La casa de María era modesta, como la de sus vecinos. Tenía dos habitaciones. La interior, era una cueva que servía como granero y despensa. Tres paredes de adobe o mampostería adosadas a la roca delante de esa habitación interior sostenían un entramado de ramas, maderas y hojas que servía de techo, y formaban la habitación exterior de la casa. La luz entraba por la puerta. Allí tenían algunos útiles de trabajo y pocos muebles. Gran parte de la vida de familia se hacía fuera, a la puerta de la casa, tal vez a la sombra de una parra que ayudaría a templar el calor del verano.

Casi todos sus vecinos tenían una casa similar. Las excavaciones arqueológicas han sacado a la luz parte del antiguo Nazaret. En las casas se aprovechaban las numerosas cuevas que presenta el terreno para acondicionar en ellas sin realizar muchas modificaciones alguna bodega, silo o cisterna. El suelo se aplanaba un poco delante de la cueva, y ese recinto se cerraba con unas paredes elementales. Posiblemente las familias utilizarían el suelo de esa habitación para dormir.

Oraciones de la mañana

La jornada comenzaba con la salida del sol. Alguna oración sencilla, como el Shemá, y enseguida se iniciaba la dura faena. El Shemá es una oración, tomada de la Biblia, que comienza en hebreo por esa palabra, y dice así: “Shemá Israel (Escucha Israel), el Señor nuestro Dios es uno solo Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma  y con todas tus fuerzas. Guarda en tu corazón estas palabras que hoy te digo. Incúlcaselas a tus hijos y háblales de ellas estando en casa o yendo de viaje, acostado o levantado. Atalas a tu mano como signo, ponlas en tu frente como señal. Escríbelas en las jambas de tu casa y en tus puertas” (Dt 6, 4-9).

Preparación de la comida

Una de las primeras tareas a realizar cada jornada, después de la oración, era la preparación del pan, alimento básico de cada día. Para eso, María, como solían hacer las mujeres, comenzaría por moler el grano de trigo o cebada para hacer la harina. Se han encontrado algunos molinos domésticos, de piedra, de la época de nuestro Señor, que se utilizaban para esta tarea. Después la harina se mezclaba con agua y un poco de sal para formar la masa, a la que se añadía —excepto durante la fiesta de la Pascua— una pizca de levadura. Con la masa fermentada se hacían unas tortas muy delgadas, o unos panecillos, que se cocían en el horno o enterrados en unas brasas, y se comían recién hechos.


La comida de cada día sería bastante parecida a la que conocemos actualmente en las regiones mediterráneas. El pan se partía con la mano, sin utilizar cuchillo, y se tomaba solo o con aceite, y acompañado por vino, leche, fruta, y cuando era posible por algo de carne o pescado. La leche se solía guardar en odres hechos con pieles de cabra cosidas, y se bebía directamente de los mismos. Lo más probable es que casi siempre al tomarla estuviese ácida. De la leche también se obtenían la mantequilla y el queso, que eran alimentos básicos allí donde había ganados, como en Galilea. Otro elemento importante en la alimentación de aquellas gentes era el aceite. Y también se tomaban las aceitunas conservadas en salmuera.

El aceite se llevaba incluso cuando se iba de viaje, en unas botellitas planas de arcilla de forma parecida a una cantimplora. También era frecuente beber vino, que solía ser fuerte, y por eso se tomaba habitualmente rebajado con agua, y a veces mezclado con algunas especias, o endulzado con miel.

Entre los guisos más habituales estaban los de garbanzos o lentejas. Las verduras más conocidas eran las habas, los guisantes, los puerros, las cebollas, los ajos, y los pepinos. La carne que más se solía comer era la de cordero o cabra, y algo la de gallina. Las frutas más habituales eran los higos, los dátiles, las sandías y las granadas. Las naranjas, hoy tan abundantes en aquella zona, todavía no eran conocidas en la Galilea en la que vivió Santa María.

Antes de comer cada día, se solían recitar unas oraciones para dar gracias a Dios por los alimentos recibidos de su bondad. La bendición de la mesa se hacía más o menos en estos términos: “Benditos seas, Señor, Dios nuestro, rey del Universo, que nos has dado hoy para comer el pan, fruto de la tierra”. Y se respondía: “Amén”.

Transporte del agua y lavado de la ropa

Para la preparación de la comida, un trabajo duro que era necesario realizar cada día era el transporte del agua. La fuente de Nazaret estaba a cierta distancia, algo más de quince minutos andando desde las casas de la aldea. Posiblemente María iría allí cada mañana a llenar su cántaro, y regresaría a su hogar cargándolo sobre la cabeza, como es costumbre en la zona, para seguir su trabajo. Y algunos días tal vez tuviera que volver a sus inmediaciones en otros momentos del día, para lavar la ropa.



La ropa que tendría que lavar María sería la que utilizaban ella, José y Jesús. La vestimenta habitual estaba compuesta por un vestido o túnica interior, amplia, que solía ser de lino. Caía hasta las rodillas o pantorrillas. Podía ser sin mangas o con mangas hasta la mitad del brazo. La túnica se ceñía al cuerpo con una especia de faja, hecha con una franja larga y ancha de lino, que se enrollaba varias veces alrededor del cuerpo, pero no siempre ajustada de modo liso, sino que en algunas de esas vueltas se formaban pliegues, que podían utilizarse para llevar el dinero. Sobre la túnica se llevaba el vestido exterior, o manto, de forma cuadrada o redondeada, que habitualmente era de lana.

La mayor parte de los días de María fueron, sin duda, totalmente normales. Gastaba muchas horas en las tareas domésticas: preparación de la comida, limpieza de la casa y de la ropa, e incluso ir tejiendo la lana o el lino y confeccionando la ropa necesaria para su familia. Llegaría agotada al final del día, pero con el gozo de quien sabe que esas tareas aparentemente sencillas tienen una eficacia sobrenatural maravillosa, y que haciendo bien su trabajo estaba realizando una tarea de primera magnitud en la obra de la Redención.



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