viernes, 12 de febrero de 2016

Buenos días, 12 de febrero de 2016. I Viernes de Cuaresma. SANTA EULALIA

No hay bien alguno que no nos deleite si no lo compartimos”.
Séneca
 


VIDEO

 
 
 
SANTORAL
 
Eulalia de Barcelona,
virgen y mártir († 304)
 
Modesto, Cándido, Damián, Julián, Ammonio, Rufino, Justo, Macario, mártires; Melecio, Antonio, Benedicto, Gaudencio, Alexis, obispos; Anastasio, monje; Umbelina, santa; Sudán el Peregrino, Julián el Hospitalario, confesores
 


 
 
REFLEXIÓN:
 
El Pavo Real y La Grulla
Un pavo real convidó a una grulla a un festín suculento. Durante el banquete se puso a discutir con los comensales acerca de cuál de los dos poseía mejores dones personales.

Abriendo el pavo real su cola, decía que aquel abanico de finísimas plumas no tenía en el mundo otra cosa que le igualara en perfección y hermosura.

 - Ciertamente – respondió la grulla -, confieso que eres más hermoso que yo, pero si tus plumas son más vistosas que las mías, en cambio no te sirven para volar.

- Yo, con mis alas – prosiguió la grulla -. Puedo elevarme hasta las nubes, contemplando bajo mis pies todas las maravillas de la tierra.
 
Moraleja: Nadie tenga en menos a su vecino, que Dios a cada uno da su cualidad.
 

ORACIÓN:

Padre Santo, ten misericordia de mí. Tú conoces mi miseria y sabes cuánto necesito de tu gracia para poder seguir tu mandato del amor. Concédeme que este momento de oración aumente mi fe, esperanza y caridad.
 
Petición

Señor, dame la gracia de la confianza para crecer en la esperanza.
 
Meditación del Papa Francisco

Y Jesús sanaba: dejaos curar por Jesús. Todos nosotros tenemos heridas, todos: heridas espirituales, pecados, enemistades, celos; tal vez no saludamos a alguien: «¡Ah! Me hizo esto, ya no lo saludo». Pero hay que curar esto. «¿Y cómo hago?». Reza y pide a Jesús que lo sane. Es triste cuando en una familia los hermanos no se hablan por una estupidez, porque el diablo toma una estupidez y hace todo un mundo. Después, las enemistades van adelante, muchas veces durante años, y esa familia se destruye. Los padres sufren porque los hijos no se hablan, o la mujer de un hijo no habla con el otro, y así los celos, las envidas… El diablo siembra esto. Y el único que expulsa los demonios es Jesús. El único que cura estas cosas es Jesús. Por eso, os digo a cada uno de vosotros: dejaos curar por Jesús. Cada uno sabe dónde tiene la herida. Cada uno de nosotros tiene una; no sólo tiene una: dos, tres, cuatro, veinte. Cada uno sabe. Que Jesús cure esas heridas. Pero, para esto, tengo que abrir el corazón, para que Él venga. ¿Y cómo abro el corazón? Rezando. «Pero, Señor, no puedo con esa gente, la odio, me ha hecho esto, esto y esto…». «Cura esta herida, Señor». Si le pedimos a Jesús esta gracia, Él nos la concederá. Déjate curar por Jesús. Deja que Jesús te cure.  (Homilía de S.S. Francisco, 8 de febrero de 2015).
 
Propósito

Confiemos plenamente en Jesús. No importa si para ello necesita de nuestros bienes, pues ¿de qué nos sirve ganar todo el mundo si al final perdemos nuestra alma?
 
Diálogo con Cristo

Gracias, Señor, por buscarme constantemente y mostrarme tu infinita misericordia, a pesar de mi debilidad, de mi infidelidad. Aumenta mi caridad para que viva atento a las múltiples oportunidades que me das para colaborar con tu gracia y crecer en el amor. Que sepa tomar cada encuentro con los otros como una oportunidad para dar testimonio de Jesucristo.
 
 
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ESPECIAL BUENOS DÍAS
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CONFERENCIAS CUARESMALES
S.I. Catedral
Sacramento 11
Madrid
Martes 9 de febrero de 2016

“EL SEÑOR SE PREOCUPA DE SUS CRIATURAS”:
OBRAS DE MISERICORDIA CORPORALES

I.- LA MISERICORDIA Y SUS OBRAS EN LA SAGRADA
ESCRITURA.

La etimología de misericordia procede del latín misere (miseria, necesidad) y cor /cordis (corazón). En un lenguaje corriente se identifica concompasión, perdón. En el A.T. se utilizan dos términos hesed (bondad, gracia, amor) y raham (ternura, paciencia, clemencia). Su traducción griega es eleos, utilizada en ambos Testamentos, de donde surge la invocación litúrgica Kyrie eleyson (Señor ten piedad). En definitiva, el termino bíblico misericordia expresa el sentimiento por un lado, la compasión con la piedad que comporta. Y por otro, la fidelidad con el amor como exigencia. Desde el principio al fin de la Escritura, Dios manifiesta su ternura ante la miseria humana y, a su vez, el hombre debe mostrarse misericordioso con el prójimo, a imitación de “Dios, Señor de la misericordia” (Sap 9,1) y de “Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias” (2Cor 1,3).

Jesucristo para realizar el designio de salvación ha querido ser “semejante a los hombres” (Flp 2,7), asumiendo esa miseria humana congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad que tiene de salvación. Por ello, esa miseria la ha cargado sobre sí Jesucristo y Él ha querido identificarse con los “más pequeños de sus hermanos. Decía san Juan Pablo II en la encíclica Dives in misericordia:”

Cristo confiere un significado definitivo a toda la tradición veterotestamentaria de la misericordia divina. No sólo habla de ella y la explica usando semejanzas y parábolas, sino que además, y ante todo, él mismo la encarna y personifica. El mismo es, en cierto sentido, la misericordia. A quien la ve y la encuentra en él, Dios se hace concretamente « visible » como Padre « rico en misericordia ».

Por la Encarnación Redentora del Hijo de Dios, “Padre de toda misericordia”, los pobres y necesitados se han convertido en “carne de Cristo”. De ahí, la llamada evangélica: “sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36). Se trata de la condición esencial para entrar en el Reino de los cielos: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7). Por eso, el juicio final será sobre la misericordia ejercida, aun inconscientemente en relación con Jesús en las personas más necesitadas (cf. Mt 25, 31-46), dado que el amor de Dios sólo está presente en aquellos que ejercen la misericordia, ya que “si uno tiene bienes del mundo y, viendo su hermano en necesidad, le cierra las entrañas, ¿cómo va a estar en el amor de Dios?” (1 Jn 3,17). En resumen: las obras de misericordia es tener los sentimientos de Cristo Jesús y hacer lo que Él hizo siempre con los pobres y necesitados como nos lo enseñan los Evangelios.

II.- LA IGLESIA TRATA DE PRACTICAR LA MISERICORDIA, EN SU OBRA Y ENSEÑAR.

San Juan Pablo II advertía en Dives in misericordia (2) que la mentalidad contemporánea, quizás en mayor medida que la del hombre del pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende además a orillar de la vida y arrancar del corazón humano la idea misma de la misericordia.

La palabra y el concepto de « misericordia » parecen producir una cierta desazón en el hombre, quien, gracias a los adelantos tan enormes de la ciencia y de la técnica, como nunca fueron conocidos antes en la historia, se ha hecho dueño y ha dominado la tierra mucho más que en el pasado. Tal
dominio sobre la tierra, entendido tal vez unilateral y superficialmente, parece no dejar espacio a la misericordia, haciendo una exaltación como cuando escuchamos expresiones como esta: “quiero justicia y no caridad”. 

Se da una caricatura de la caridad como sinónimo de “limosnerismo”, de manera que las obras de misericordia suplieran o estuviera en contradicción con la justicia. Este tema lo ha abordado recientemente Francisco en una de las catequesis de los miércoles: “La misericordia de Dios es lo que hace que se cumpla la verdadera justicia....La justicia humana solamente limita el mal, no lo vence, no lo hace desaparecer. La justicia divina, en cambio, supera el mal contraponiéndolo al bien” .

La Iglesia siempre ha enseñado de que se debe “satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que se debe a título de justicia” (AA 58) (Cf. CAT 2446). Por eso dice san Gregorio Magno: “cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia. Ahora bien, donde no puede llegar
la justicia, siempre estará el amor que sobrepasa todo límite (1 Cor 13.1-13); (Cf. CAT 2447-2449).
Francisco, Audiencia General, Roma 3.2.2016.3

Sin embargo, esa apariencia del hombre moderno que se siente autosatisfecho de sí mismo, sin referencia a la Providencia divina que da alimentos a sus criaturas (cf. Mt 6,25-34), es en realidad un hombre: “que aparece a la vez poderoso y débil, capaz de lo mejor y lo peor, pues tiene abierto el camino para optar por la libertad y la esclavitud, entre el progreso o el retroceso, entre la fraternidad o el odio. El hombre, sabe muy bien que está en su mano el dirigir correctamente las fuerzas que él ha desencadenado, y que pueden aplastarle o salvarle” (GS 2). En definitiva: es un ser baste
inconsciente de sus limitaciones y el ego de su bienestar le impide ver su propia pobreza y la del prójimo (Cf. Lc 10,25-37).

A ese hombre en concreto, se dirige Francisco cuando en la Bula del Jubileo Misericordiae vultus nos dice que: “En este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea. ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos. En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención. No caigamos en la indiferencia que humilla, en la
habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye. 

Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos
estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo.

Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. La predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos. 

Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al
sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir a los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos” (MV4 15).

A lo largo de la historia de la Iglesia se ha ido consolidando, de una manera u otra, el septenario como expresión de plenitud de las Obras de Misericordia, siete corporales y siete espirituales. Es una manera de recordarnos que tenemos que estar atentos a todas las necesidades concretas del hermano y que tiene su punto de arranque en los diversos comentarios que han ido haciendo los grandes santos y teólogos de la Iglesia. Así tenemos que ya en el Pastor de Hermas (a. 130-200) habla de una veintena de “obras del bien” que explicitan el modo de vivir de aquellos cristianos. Por su lado, san Ireneo de Lyon (a. 130-200), comenta con frecuencia Mateos 25, y argumenta que cuando se da algo al necesitado se da a Dios. Más tarde, Orígenes (a. 185-254), abre novedosamente la vía hacia las obras de misericordia espirituales. San Cipriano de Cartago (+258), escribe un tratado sobre Las buenas obras y la limosna, e indica dos textos bíblicos clásicos:
Tob 1,16-18, donde se cita la limosna y la sepultura a los muertos. El otro texto será Is 58, 6-9, donde se citan: encadenados, oprimidos, hambrientos, vagabundos, desnudos, heridos. Posteriormente tendremos a Lactancio (a. 250-325) que presenta una lista que se aproxima a la que posteriormente será la tradicional. San Juan Crisóstomo (a 347-407), comenta Mt 25 y lo relaciona con la Eucaristía. A su vez, san Agustín (a. 354-430) comentará las seis obras prescritas en Mt 25. En la misma línea, tenemos a san Gregorio Magno (+604) interpretará “espiritualmente” las cuatro acciones  misericordiosas de Job 29,12s. Pero no será hasta Pedro Coméstor (+1179), que al comentar Mat 25, se incorpora, seguramente por primera vez, la referencia a “enterrar a los muertos” sacada de Tob 1,17s; 2,4; 12,2s. Con santo Tomás de Aquino (+ 1274) se consolida la doble lista que surgen como
concreción de la caridad, dado que la “misericordia es la mejor virtud” .

III.- OBRAS DE MISERICORDIA CORPORALES: “LA CARNE DE CRISTO”.

Cada una de las obras de misericordia corporales pone remedio a una carencia en el hermano. El cuerpo puede experimentar falta de recursos vitales como la comida y la bebida. Hay otras penurias en el exterior como son: vestido y vivienda. Las que vienen de la contingencia humana como es:
la enfermedad, privación de libertad y la propia muerte. (Cf. Mt 25,31-46).

Esa carne necesitada y dolorida es la misma que tuvo el Verbo de Dios cuando se encarnó. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador que ha querido cargar sobre sí e identificarse con “los más pequeños de sus hermanos”. De ahí también que los oprimidos de la tierra
sean objeto del amor preferencial por parte de la Iglesia que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos .

1. Dar de comer al hambriento (Mt 25,35).
En el Padrenuestro pedimos “el pan de cada día” (Mt 6,11), que es rogar por los alimentos necesarios para sustento de la vida material. Pero también puede ser considerado la necesidad que el creyente tiene de ser alimentado espiritualmente mediante la Palabra y la Eucaristía (Cf. Dt 8,23; Am 8,11; Prov 9,5). Por otro lado, el hambre es una característica de los pobres a los que Jesús llama bienaventurados (Cf. Mt 5,6). Una de las características de la fe viva que obra en las obras es dar de comer y vestir al hermano, según el apóstol Santiago 2,14-17. Benedicto XVI, dice: “el hambre causa todavía muchas víctimas entre tanto Lázaros a los que no se les consiente sentarse a la mesa del rico epulón” .

2. Dar de beber al sediento (Mt 25,35).
El agua y la alimentación es imprescindible para que se pueda respetar el derecho primario de la vida. Por eso, pertenece a los derechos universales de todos los seres sin distinciones ni discriminaciones. El papa Francisco dice en la Encíclica Laudato si: “Mientras se deteriora constantemente la calidad del agua disponible, en algunos lugares avanza la tendencia a privatizar este recurso escaso, convertido en mercancía que se regula por las leyes del mercado.... Este mundo tiene una grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la
vida radicado en su dignidad inalienable.... no hay conciencia de la gravedad de estas conductas en un contexto de gran inequidad.... Una mayor escasez de agua provocará el aumento del costo de los alimentos y de distintos productos que dependen de su uso. Algunos estudios han alertado sobre la
posibilidad de sufrir una escasez aguda de agua dentro de pocas décadas si no se actúa con urgencia. Los impactos ambientales podrían afectar a miles de millones de personas, pero es previsible que el control del agua por parte de grandes empresas mundiales se convierta en una de las principales fuentes de conflictos de este siglo” (30-31).
Desde un punto de vista espiritual se puede hablar de la “sed de Dios” por parte de la criatura (Sal 42,3). El agua en la Biblia tiene un rico simbolismo. Así, como en el diluvio el “agua” representa el castigo y la muerte (Gn 7,4). En la experiencia del desierto, el agua que brota de la roca es “agua de vida”, porque representa a Yahvé (Sal 42,2s) que se da como don a su pueblo escogido (Cf. Ex 17,1.7; Núm 20,1-13). En el Nuevo Testamento el mismo Cristo experimentó la sed cuando le pide de beber a la Samaritana (Jn 4,7). En la misma cruz experimento la sed (Jn 19,28) y de su costado abierto mano “agua y sangre” (Jn 19,34). La carestía de “alimento y agua” será una de las tribulaciones por las que pasarán los apóstoles en la predicación del Evangelio (Cf. 1 Cor 4,11; 2 Cor 11,27; Ap 7,16) Por eso, dar de beber aunque sea un solo vaso de agua a los discípulos es un gesto
que no olvidará el Señor (Cf. Mt 10,42; Mc 9,41). Por último, el simbolismo del agua encuentra su plena significación en el bautismo cristiano. 

3. Vestir al desnudo (Mt 25,36).
En la Biblia la desnudez es negativa, tanto como fruto del pecado (Cf. Gn 3,7), como la propia del esclavo que es vendido (Cf. Gn 37,23), del encarcelado (Cf. Is 20,4) y del enfermo mental que vive en condición de alienación (Cf. Mc 5,1-20). En efecto, se trata particularmente de la desnudez
humillada del marginado (Cf. Job 24,7.10). En contraste con ello, el vestirlo, es volverlo a su dignidad humana de “hijo de Dios” y “hermano nuestro”. Esto lo entendió muy bien san Martín de Tours cuando compartió parte de su manto con un mendigo que estaba tiritando de frio a la puerta de la ciudad. A la noche siguiente Cristo se le apareció vestido con la media capa, porque lo que hicisteis “con estos mis hermanos pequeños conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40).

4. Acoger al forastero (Mt 25,35).
Israel, como pueblo elegido por Dios, experimento lo que era ser “forastero” y tener necesidad de “hospitalidad”: “el emigrante que reside entre vosotros será para vosotros como el indígena: lo amaras como a ti mismo, porque emigrante fuisteis en Egipto” (Lv 19,34). Este forastero tiene
necesidad de ser acogido y tratado con amor, en nombre de Dios que los ama (Cf. Dt 10,18). Ejemplos tenemos: como el de Abraham que acogió a los personajes misteriosos en Mambré, y es paradigma de toda hospitalidad (Gn 18,2-8). El mismo Cristo resucitado es acogido en casa de los discípulos de Emaús (Cf Lc 24,13-33). Por último, tenemos en la tradición cristiana la Regla de san Benito (s.V) donde se les exhorta a los monjes a saber acoger al huésped como “a otro Cristo” (n 53). Hoy esta obra de misericordia tiene mucha actualidad con los fenómenos de las emigraciones y los refugiados.

5. Asistir a los enfermos (Mt 25,36).
Los hermanos enfermos son el mismo cuerpo de Cristo llagado y herido. “En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud” (CAT 1500). La visita y el cuidado a cualquier tipo de enfermo ha de estar movido por “los sentimientos de Cristo”, que no son otros que la cercanía, el servicio, la compasión y la prudencia, ya que el enfermo tiene una dignidad que en todo momento ha de ser reconocida. Pero esto no se queda ahí, esta obra de misericordia nos obliga también a la oración por los que están pasando la prueba del dolor y de la soledad. También a que sean asistidos espiritualmente, facilitándole el consuelo de la Palabra de Dios, la fuerza de la Eucaristía y los auxilios sobrenaturales del Sacramento de la Unción (cf. Sant 5,14s). No es lo mismo la asistencia social que hoy presta a los enfermos las instituciones estatales y organizaciones humanitarias, que las motivaciones que tenemos los cristianos a la hora de cuidar a nuestros
enfermos, porque como dice san Agustín: “Vino el Salvador al género humano y a nadie halló sano. Por eso vino como excelente Médico. La gracia nos va dando la salud cuando quita los pecados, y los vicios van cediendo al esfuerzo y lucha contra ellos, pero con la ayuda de lo alto, porque el hombre
pudo herirse y enfermar por sí mismo, pero no darse la salud, ni tiene en su mano el remedio de la dolencia (Sermo 278,3). Por lo tanto, es Cristo el que enferma y es el mismo Cristo quien nos sana en el alma y en el cuerpo. 

6. Visitar a los presos (Mt 25,36).
Esta Obra de Misericordia es una invitación en primer lugar a que salgamos nosotros mismos de nuestras “cárceles existenciales”, como dice el Salmo 142,8: “saca mi vida de la cárcel”. Recuperada nuestra condición de hombres libres en todos los sentidos, siempre debemos de acordarnos de
los encarcelados como si se fuese compañero de su prisión (Cf. Heb 13,3). Particularmente merecen nuestra especial atención aquellos hermanos que están encarcelados por motivos de la fe cristiana (Cf. Lc 21,12; Heb 10,34). 
El libro de los Hechos de los Apóstoles nos habla como la comunidad cristiana oraba por Pedro, cuando éste estaba encarcelado (Hch 12,5). El mismo Pablo nos habla de la cercanía y la ayuda de los cristianos de Filipos durante su cautiverio (Cf. Flp 1,13s.17; 2,25; 4.15-18).
No se trata de sacar de la cárcel a quién está cumpliendo condena justa.
Aun cuando se cuestione por los expertos, el valor educativo y de reinserción de las prisiones. Se trata de no abandonar a los presidiarios ni a sus familiares, mediante la oración, la cercanía, en no enjuiciar, el amor, el perdón, y procurar las ayudas sociales y económicas que necesiten ellos o
sus familiares. No importa tanto el delito como la persona.

7. Enterrar a los muertos (Tob 1,17; 12,12s).
Era una obra de piedad y una práctica piadosa en el judaísmo porque ser privado de sepultura era visto como un castigo (Cf Eclo 38,16; Tob 12,12s). Tobías incluye la obra buena de “enterrar a los muertos” después de “dar comer al hambriento” y de “vestir al desnudo”, por eso mismo, vemos8
que se incluye como Obra de misericordia después de las seis que aparecen en Mateos 25.
Detrás de ese rito, se revela toda una concepción de respeto y afecto al difunto aún después de muerto. Es verdad, que la sociedad actual tiene cubierta esa acción, pero tal y como hoy se están celebrando los entierros surgen varios interrogantes: ¿no se ha perdido el sentido del luto como
expresión de afecto al ser querido? ¿Dónde queda el sentido trascendente de la muerte? ¿No están excesivamente mercantilizadas las honras fúnebres? La misma muerte: ¿no aparece como un tabú en esta sociedad secularizada? ¿No hay mucho de acto social puntual, ocultándose el verdadero sentimiento de dolor y empatía creyente? Nosotros mismos los cristianos, ¿no tendríamos que revisar la pastoral de exequias? ¿No hay excesiva simplificación? Pensemos en un momento en el cariño y el dolor con que los discípulos dieron sepultura al cuerpo de Jesús (Mt 27, 57-66). El cristiano, en su
imitación de la vida del Maestro, tiene una preferencia tradicional por la inhumación como fue en el caso de Cristo. Sin embargo desde 1963, una Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe, recogida en el Código de Derecho Canónico (1983), can. 1176, indica que la Iglesia Católica: acepta acompañar religiosamente a aquellos que hayan elegido la incineración mientras no sea hecho con motivaciones expresamente anti-cristianas. Nuestra fe afirma la supervivencia y la subsistencia, después de la muerte, de un elemento espiritual que está dotado de conciencia y de voluntad, de manera que subsiste el mismo “yo” humano, carente mientras tanto del complemento de su cuerpo. Para designar este elemento, la Iglesia emplea la palabra “alma”... se trata de la fe en la inmortalidad de la “persona” que sobrevivirá como tal, trasformada por la acción salvadora de Dios en Jesucristo, cuando “Dios sea todo en todo” (1Cor 15,28), en “un cielo nuevo y una tierra nueva...donde no habrá ni muerte, ni duelo ni llanto, ni dolor” (Ap21, 1.4) 5 .


Juan Del Río Martín
Arzobispado Castrense de España


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