miércoles, 20 de enero de 2016

BUENOS DÍAS ESPECIAL ANIVERSARIO. FELIZ CUMPLEAÑOS A ESTE BLOG

¡Cumplimos 4 años!

Buenos días:

En tal día como hoy, 20 de enero de 2012, hace 4 años celebrando también a San Fructuoso, comenzó la andadura de este blog, LOS BUENOS DÍAS DE RECAREY. 
Un especial agradecimiento al PATER Don Carlos Avelino Recarey por su tesón y regularidad en la preparación de estos Buenos días. Y ¡cómo no! un agradecimiento a todos los seguidores y personas que entran al blog desde España y todas las partes del mundo.
Creemos que lo más importante es que cada día pueda ayudar a alguien a tener un pequeño momento de recogimiento y encuentro personal con Dios y que sea un apoyo para rezar y orar.
Damos gracias a la Virgen María por su acompañamiento en este tiempo y pedimos que nos siga ayudando y protegiendo.
Muchas gracias y en este año Jubilar de la Misericordia que el Señor os colme de bendiciones.
 ¡Seguimos adelante!

Y ahora recordamos aquel primer Buenos días:

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Nunca desvalorices a nadie
Guarda cada persona en tu corazón
Porque un día tu te puedes acordar
Y percibir que perdiste un diamante
Cuando tú estabas muy ocupado coleccionando piedras.



VIDEO

"La economía debe tener una ética"

El Papa: la dimensión ética no es algo exterior a los problemas económicos, sino una dimensión interior y fundamental.



SANTORAL


Fructuoso de Tarragona, obispo y mártir y sus diáconos Eulogio y Augurio, mártires; Fabián y Sebastián, Neófito, Eusebio, Eutiquio y Basílides, mártires; Mauro, Desiderio, obispos; Eutimio, Fequino, abades; Eusebio, ermitaño; Pedro el Telonario, confesor.



REFLEXION:

LA SOSPECHA


Un hombre perdió su hacha; y sospechó del hijo de su vecino. Observó la manera de caminar del muchacho –exactamente como un ladrón. Observó la expresión del joven –idéntica a la de un ladrón. Observó su forma de hablar –igual a la de un ladrón. En fin, todos sus gestos y acciones lo denunciaban culpable de hurto.


Pero más tarde, encontró su hacha en un valle. Y después, cuando volvió a ver al hijo de su vecino, todos los gestos y acciones del muchacho le parecían muy diferentes de los de un ladrón.
Lie Zi



ORACIÓN:


Fe y Esperanza en Dios


Cuando ya no puedas más, cuando veas que todo sale mal y sólo veas nubes oscuras..., cuando sientas que estás solo en este mundo, incluso cuando estés tentado a creer que Dios se ha olvidado de ti..., Él a tu lado está, siempre ha caminando junto a ti, sus huellas siempre están junto a las tuyas.

Y si no lo sientes ahí, es porque te has alejado, porque no le das oportunidad de hablarle, porque siempre estás muy ocupado.


Tal vez porque te has cansado, o simplemente porque eres humano y te has equivocado.

Pero hoy es el día para levantarte, el día para volver, la oportunidad de mejorar.


Busca en tu corazón y encontrarás un vacío con forma de Dios, tan inmenso como Él mismo, y es por eso que no lo has podido llenar.


¿Deseas ser completo? Permite a Dios entrar en tu corazón, y hasta entonces, sólo hasta entonces, verás que siempre te ha acompañado y a tu lado ha caminado.


Quítate tus cadenas, tus rencores, odios y resentimientos, para que puedas caminar libre al lado de tu Creador.


Mereces ser feliz..., para eso fuiste creado.

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ESPECIAL BUENOS DÍAS
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POR QUÉ LA IGLESIA CONDENÓ A GALILEO?



Desde el siglo XVII hasta hoy, el episodio de Galileo ha alimentado una serie de mitos, en los que  el  astrónomo  italiano  aparece  como  símbolo  del  progreso  de  la  ciencia frente al obscurantismo de la Iglesia y la religión. ¿Pero esa visión de los hechos es correcta?  

¿Cómo pudo la Iglesia condenar a un científico como Galileo Galilei por haber afirmado que la Tierra gira alrededor del sol? 

El  episodio  de  la  condena  de  Galileo  tiene  como  fondo  el  choque  entre  dos visiones distintas del mundo. La primera era el sistema aristotélico‐ptolomaico griego, adoptado por la Iglesia desde la Edad Media. Este sistema es geocéntrico, o sea, coloca a la Tierra en el centro del Universo, y el sol dando vueltas a su alrededor, junto con otros  planetas  y  estrellas.  La  segunda  era  el  sistema  copernicano,  defendido  por Nicolás  Copérnico  en  el  tratado  De  Revolutionibus  orbium  coelestium,  de  1543.  Este sistema es heliocéntrico, con el sol en el centro y la Tierra como uno de los planetas que gira alrededor. 

Especialmente después de los descubrimientos realizados con la utilización del telescopio, en investigaciones iniciadas en 1609, Galileo se convirtió en un defensor del sistema copernicano. En sus observaciones minuciosas de la Luna, demostraba que el astro tenía montañas similares a las de la Tierra – o sea, que el mundo celeste era de la misma naturaleza que el terrestre, en contra de la visión de Aristóteles –. En enero de 1610, descubrió los satélites de Júpiter, hecho que demostraba que los movimientos de 
los  cuerpos  celestes  podrían  tener  otros  centros,  distintos  de  la  Tierra.  Sus 
experimentos le daban pruebas científicas para defender la nueva visión del Universo 
promovida a partir del tratado de Copérnico. 

Pero  en  el  tiempo  de  Galileo,  el  sistema  aristotélico‐ptolomaico  era  tenido como verdadero en las universidades y en los distintos centros de saber, mientras que el copernicano había sido aceptado por un número muy reducido de astrónomos. En 
este  sentido,  desde  un  punto  de  vista  científico,  Galileo  Galileo  (1564‐1642)  es 
heredero  del  canónigo  Nicolás  Copérnico  (1473‐1543),  astrónomo  católico  polaco,  y 
contemporáneo  de  Johannes  Kepler  (1571‐1630),  científico  alemán,  y  también  figura 
clave de la revolución científica del siglo XVII. 

Nacido  en  Pisa,  Galileo  creció  en  Florencia.  En  1589,  después  de  sólidos estudios, llegó a ser profesor de matemáticas. En 1592, fue nombrado profesor de la universidad de Padua, sede en la época de una gran actividad intelectual. Después, la municipalidad  de  Venecia  pidió  sus  servicios.  El  21  de  agosto  de  1609,  invitó  a  los responsables  venecianos  a  reunirse  en  el  pequeño  observatorio  que  se  había  hecho construir,  con  el  fin  de  mostrarles  el  fruto  de  sus  observaciones  a  través  de  un telescopio.  La  memoria  popular  sigue  recordando  una  frase  célebre  atribuida  al investigador, aunque no existe prueba alguna de ella: “¡Y sin embargo, se mueve!” [la tierra,  alrededor  del  sol,  y  no  a  la  inversa],  hipótesis  ya  expresada  por  Copérnico  en 1543. 

A principios del siglo XVII, Galileo  es testigo del “heliocentrismo” del  universo, teoría  según  la  cual  la  tierra  gira  alrededor  del  astro  solar  con  un  ritmo regular, contrariamente a lo que los antiguos creían. Galileo fue testigo vivo del paso científico del “universo cerrado” de los antiguos a los “espacios infinitos” (Alexandre Koyré). Su hipótesis desacreditaba el antiguo sistema griego de Aristóteles y de Ptolomeo, basado 
en la inmovilidad de la Tierra. Su argumentación causó un efecto sorpresa inesperado. 
El astrónomo Kepler le animó a seguir este camino. 

En 1610, Galileo es nombrado filósofo y matemático del gran duque de Toscana. El año 
siguiente,  es  recibido  en  Roma  por  los  jesuitas,  administradores  de  un  observatorio. 
Sus  intercambios  fueron  corteses.  Pero  la  respuesta  de  los  religiosos  es  matizada.  El contexto político es amplio y la Iglesia está entonces en plena Contrarreforma, iniciada 
tras el Concilio de Trento (1545‐1563). Hasta ese momento, la Iglesia no reprocha nada 
al sabio, pues sus conclusiones son externas a la teología. El cardenal jesuita Roberto 
Bellarmino  (1542‐1621)  se  limita  a  abrir  un  “informe”  recogiendo  las  posiciones  del 
investigador,  que  era  a  veces  obstinado  y  cínico,  sarcástico  y  testarudo,  y  que 
consideraba a los hombres de Iglesia como incultos. 

Nada acusaba a Galileo en materia de fe. Su propósito era distinto. Él no se interesaba 
en absoluto en la interpretación de la Biblia. Él sabía que la Iglesia de su tiempo no le 
habría permitido poner en duda la visión católica del mundo. Este no era su proyecto. 
La creencia en la inmovilidad de la tierra pertenecía a la cultura popular durante siglos. 
Pero  esta  hipótesis  tenía  un  defecto  mayor:  unía  de  forma  indisociable  fe  y  razón, 
religión  y  ciencia,  explicación  astronómica  e  interpretación  teológica  del  mundo.  La 
tierra  estaba  en  el  centro  del  universo  (conocido)  pues  había  sido  creada  por  Dios  y dispuesta en el centro del universo, considerado inmóvil. 

Galileo no cuestionó la grandeza de la Creación, pero puso en duda los conocimientos 
científicos  de  la  naturaleza.  Valoraba  al  mismo  tiempo  la  investigación  empírica,  en 
detrimento de la especulación abstracta. 

Las cosas podrían haber quedado allí. Pero los intercambios entre el sabio y el clero no 
tardaron  mucho  en  ser  llevados  al  terreno  teológico  y  bíblico.  En  1613  y  el  año 
siguiente, dos predicadores dominicos acusaron públicamente a Galileo de contradecir 
la Biblia. 

El astrónomo explica que las leyes de la naturaleza tienen un carácter “obligatorio” y, 
en caso de dificultad, la interpretación de la Biblia debe someterse a las evidencias de 
la  razón.  El  21  de  diciembre  de  1613,  escribió  una  Carta  a  Cristina  de  Lorena,  gran duquesa  de  Toscana,  en  la  que  recapitula  sus  ideas.  Este  texto  es  la  carta  que  ha dirigido durante tres siglos las relaciones entre fe y ciencia. 

Para Galileo, la Biblia no es ni un tratado científico ni un sistema filosófico; su finalidad 
es  religiosa.  Por  ello  es  necesario  no  mezclar  los  géneros:  si  la  Iglesia  ha  recibido  la misión  de  interpretar  el  texto  sagrado  (el  "por  qué"  metafísico),  no  ejerce  autoridad alguna en la ciencia (el "cómo" de la naturaleza). 

Cristina  de  Lorena  pide  a  uno  de  los  alumnos  de  Galileo,  Benedetto  Castelli,  que 
probase la sólida fundamentación de los trabajos de Copérnico. El rumor crece. Galileo 
es denunciado ante el tribunal de la Inquisición. El 16 de febrero de 1616, sus jueces 
censuran  dos  de  sus  proposiciones:  la  inmovilidad  del  sol  y  la  rotación  de  la  tierra 
alrededor de él. El cardenal Bellarmino, por medio de un mandato personal, advierte al 
astrónomo  que  abandone  esas  proposiciones.  Estalló  una  pelea  con  los  jesuitas  del 
observatorio  romano.  Esta  decisión  jurídica,  ratificada  por  Pablo  V  el  26  de  febrero 
siguiente,  le  pide  que  presente  en  el  futuro  la  teoría  heliocéntrica  como  una  simple 
hipótesis. 

Galileo  decide  defender  su  posición  cueste  lo  que  cueste.  Esta  decisión  revela  en 
realidad que él no corría ningún peligro grave en esta época, y que el diálogo con las 
autoridades  eclesiásticas,  aunque  reducido  a  intercambios  mínimos,  aún  existe.  Pero 
sus seguidos intentos de conciliar el copernicanismo con las Sagradas Escrituras, a los 
cuales  se  unieron  incluso  algunos  teólogos,  acabaron  presentándose  como  un  riesgo para  la  unidad  de  la  fe  católica  y,  por  otro  lado,  como  un  desafío  a  la  autoridad doctrinal de la Iglesia. 

En  estas  fechas,  Urbano  VIII  (Maffeo  Barberini,  1568‐1644),  papa  reformador,  se 
muestra ampliamente favorable al sabio. El 28 de agosto de 1620, aún cardenal, había 
compuesto  un  poema  en  su  honor,  Adulatio  Perniciosa.  Además,  Galileo,  cubierto  de honores  entre  1620  y  1622,  fue  autorizado  el  3  de  febrero  de  1623  a  publicar  su Saggiotore, que dedica a Urbano VIII. 

Después de un proceso llevado a cabo por el Santo Oficio y de años de polémicas, el 
astrónomo,  ya  con  68  años,  prende  la  mecha  haciendo  publicar  el  21  de  febrero  de 1632  una  obra  en  forma  de  diálogo  (conocida  como  Dialogo  o  como  Dialogo  sopra  i due massimi sistemi del mondo), en la que se burla ferozmente de los  partidarios de Ptolomeo, en aquel momento, la Compañía de Jesús y muchos altos dignatarios de la 
Iglesia. 

Urbano  VIII,  su  antiguo  amigo,  se  distancia  de  él.  Un  acuerdo  previo  con  el  papa 
indicaba que Galileo debería presentar sus ideas de forma imparcial en el nuevo libro. 
Pero  el  científico  defiende  clara  y  ampliamente  la  superioridad  del  modelo 
copernicano.  Urbano  VIII  prohíbe  la  difusión  del  libro  y  exige  a  su  autor  que 
comparezca ante el tribunal del Santo Oficio, no por herejía sino por “desobediencia”. 
El cargo es el siguiente: Galileo rehúsa obedecer al mandato de la Iglesia y a la decisión 
judicial de 1616 – aquella que censuraba sus proposiciones de la inmovilidad del sol y 
la rotación de la tierra alrededor de él –. 

Galileo es convocado de nuevo por el Santo Oficio el 1 de octubre de 1632. En 1633 
sale  la  sentencia:  “vehemente  sospecha  de  herejía”,  por  sostener  doctrina  falsa  y 
contraria a las Sagradas Escrituras. Es condenado a abjurar y a cadena perpetua, una 
pena  que  el  papa  transforma  en  “arresto  domiciliario  de  por  vida”.  Galileo  firma  el 
documento  de  abjuración.  Fue  detenido  por  primera  vez  en  la  Villa  Médicis,  en 
condiciones de vida favorables. A continuación, se le permite regresar a su casa cerca 
de Florencia, donde permanece bajo libertad vigilada. Entrega su alma a Dios el 8 de 
enero de 1642, a los 78 años. 

En el siglo XVII, en el contexto de la Contrarreforma, Roma ejercía autoridad doctrinal 
fuerte. Los jueces de Galileo calibraron el peligro que representaban sus tesis para el 
conjunto de los fieles. Sobre todo, le reprochaban que considerara sus investigaciones 
no  como  una  “hipótesis”  científica  sino  como  una  verdad  categórica.  Pero  el 
astrónomo  no  fue  adversario  de  toda  la  Iglesia.  Urbano  VIII  llegó  en  un  primer 
momento  a  defenderle  personalmente;  el  cardenal  Bellarmino  actuó  con  sinceridad, 
convicción y apoyándose en lo que en esa época se pensaba que era la Tradición. 

Tras el trabajo de una comisión de historiadores y de expertos dirigida por el cardenal 
Paul  Poupard,  entonces  presidente  del  Consejo  Pontificio  de  la  Cultura,  Galileo  fue 
rehabilitado por el papa Juan Pablo II el 31 de octubre de 1992, quien declaró a los 
miembros  de  la  sesión  plenaria  de  la  Academia  Pontificia  para  las  Ciencias:  “Así,  la nueva  ciencia,  con  sus  métodos  y  la  libertad  de  investigación  que  éstos  suponen, obligaba  a  los  teólogos  a  interrogarse  sobre  sus  criterios  de  interpretación  de  la Escritura.  La  mayor  parte  no  supo  hacerlo”.  El  papa  añadía:  “Paradójicamente, Galileo, sincero creyente, se mostró en este punto más perspicaz que sus adversarios teólogos”. El 15 de febrero de 2009, el presidente del Consejo Pontificio de la Cultura celebró  una  Misa  en  honor  de  Galileo  en  la  basílica  romana  de  Santa  María  de  los Ángeles y de los Mártires. 

La motivación de Galileo a la hora de defender la visión copernicana nunca fue la de 
afirmar  un  matiz  progresista  de  la  ciencia  contra  un  carácter  obscurantista  de  la 
religión.  

Él  jamás  trató  de  escoger  entre  la  Iglesia  o  el  copernicanismo,  como  opciones 
contrarias.  

Su  deseo  era  que  la  visión  copernicana  no  fuera  precipitadamente  condenada  por  la Iglesia.  Galileo  se  vio  obligado  a  firmar  el  documento  de  abjuración  y  lo  hizo.  Pero incluso después de hacerlo, mantuvo inmutable su actitud. Él, un hombre de fe sincera, llegó incluso a mirar con más paciencia que antes a la Iglesia. Tenía la certeza de que, más adelante, por fin ella haría un juicio correcto. 



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