lunes, 25 de enero de 2016

Buenos días, 25 de enero de 2015


Hay muchas personas que sufren el síndrome de la felicidad aplazada.
Fantasean con la idea de que serán felices cuando algo ahí fuera cambie.
 

 
BD VIDEO
 
 

SANTORAL
 
Conversión de san Pablo (s. I)
 
Ananías, Marino, Sabino, Proyecto, Juventino, Maximino, Donato y Ágape, Amarino y Elpidio, Saturo, Tito y Floro, mártires; Popón, Adelfo, Publio, abades; Bretanión, obispo; Elvira, virgen; Aca, eremita


 
 
REFLEXIÓN:
 
Un día una mujer, esposa y madre, sorprendió a su familia sacando la mejor vajilla, decorando la mesa como nunca lo había hecho pero con un puñado de harina en cada plato y nada más.
 
-          ¿Esto qué es? Replicaron su marido e hijos al ver que tenían harina sola para comer.
-          No es esa la comida (contestó la madre y esposa) pero dejadme que os diga una cosa. Llevo años cocinando, tratando de variar, haciendo la comida sin ayuda y con todo mi cariño; pero a vosotros nunca se os ha ocurrido decir ¡Que rico está! O ¡Gracias mamá! ¡Has estado estupenda!
Haced el favor de decirme algo; no soy de piedra.

 
 
ORACIÓN:



Reflexión del Papa Francisco
 
Verdaderamente cada uno tiene su encuentro con Jesús. Pensemos en los primeros discípulos que seguían a Jesús y permanecieron con Él toda la tarde - Juan y Andrés, el primer encuentro - y fueron felices por esto.
 
Andrés fue al encuentro de su hermano Pedro - se llamaba Simón en ese tiempo - y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías". Es otro encuentro entusiasta, feliz, y condujo a Pedro hacia Jesús. Siguió, luego, el encuentro de Pedro con Jesús que fijó su mirada en él. Y Jesús le dijo: "Tú eres Simón, hijo de Juan. Te llamarás Cefas", es decir piedra.
 
Los encuentros son verdaderamente muchos. Está, por ejemplo, el de Natanael, el escéptico. Inmediatamente Jesús con dos palabras lo tira por los suelos. De tal modo que el intelectual admite: «¡Tú eres el Mesías!». Está también el encuentro de la Samaritana que, a un cierto punto, se siente en medio de un problema e intenta ser teóloga: "Pero este monte, el otro…». Y Jesús le responde: «Pero tu marido, tu verdad». La mujer en el propio pecado encuentra a Jesús y va a anunciarlo a los de la ciudad: "Me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será tal vez el Mesías?"
 
Recordemos también el encuentro del leproso, uno de los diez curados, que regresa para agradecer. Y, además, el encuentro de la mujer enferma desde hacía dieciocho años, que pensaba: “Si al menos lograra tocar el manto estaría curada” y encuentra a Jesús. Y también el encuentro con el endemoniado del que Jesús expulsa tantos demonios que se dirigen hacia los cerdos y después quiere seguirlo y Jesús le dice: "No, vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo".
 
Así podemos hallar muchos encuentros en la Biblia, porque el Señor nos busca para tener un encuentro con nosotros y cada uno de nosotros tiene su propio encuentro con Jesús.
 
Quizá lo olvidamos, perdemos la memoria hasta el punto de preguntarnos: "Pero ¿cuándo yo me encontré con Jesús o cuándo Jesús me encontró?". Seguramente Jesús te encontró el día de tu Bautismo: eso es verdad, eras niño. Y con el Bautismo te ha justificado y te ha hecho parte de su pueblo.
 
Todos nosotros hemos tenido en nuestra vida algún encuentro con Él, un encuentro verdadero en el que sentí que Jesús me miraba. No es una experiencia sólo para santos. Y si no recordamos, será bonito hacer un poco de memoria y pedir al Señor que nos dé la memoria, porque Él se acuerda, Él recuerda el encuentro....
 
Una buena tarea para hacer en casa sería precisamente volver a pensar cuando sentí verdaderamente al Señor cerca de mí, cuando sentí que tenía que cambiar de vida y ser mejor o perdonar a una persona, cuando sentí al Señor que me pedía algo y, por ello, cuando me encontré al Señor (Homilía en Santa Marta,24 de abril de 2015)
 
Diálogo con Jesús
 
Señor Jesús, creo con fidelidad en tu sabiduría que me orienta y me guía por el mejor de los caminos.
 
Pongo en tus manos todos mis proyectos y mis acciones porque sé que en Ti no quedará defraudado. Dame la fuerza para continuar luchando por mis sueños, sobre todo para luchar por mi salvación y la de los míos.
 
Dame fortaleza de espíritu para saber alejarme de la vanidad que corroe el alma y le crea apegos a cosas terrenales que nada de nada me sirven para cosechar frutos para tu Reino.
 
Yo no puedo salvarme sin tu ayuda, Dios mío, por eso te pido que limpies mi corazón, que sea siempre sincero y honrado en dispuesto a la caridad y empático con las necesidades de mis hermanos. Ayúdame a construir un corazón desprendido por las cosas de aquí abajo. Cuento contigo para salir victorioso de todos esos obstáculos y seguirte en libertad. Confió y espero en Ti pues mi esperanza está puesta en tus promesas y en tus palabras de amor y consuelo. Amén
 
Propósito para hoy
 
Limitar hoy el tiempo que dedico a mi esparcimiento en la televisión, o en el internet, para dedicar más tiempo a mi oración personal.
 
Reflexionemos juntos esta frase:
 

"Hoy, muchas de las pobrezas morales y materiales vienen del rechazo de Dios y de poner en su lugar a tantos ídolos" 
(Papa Francisco)

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ESPECIAL BUENOS DÍAS
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Catequesis del Papa Francisco 
sobre la misericordia de Dios en la 
Biblia

VATICANO, 13 Enero de 2016

Tabla de contenido

En las Sagradas Escrituras, el Señor es presentado como “Dios misericordioso” 
Este es su nombre,  a través del cual nos revela, por así decir, su rostro y su corazón. 
El Señor es “misericordioso”: esta palabra evoca una actitud de ternura como la de una madre con su hijo. 
Dios que se conmueve y se enternece por nosotros como una madre cuando toma en brazos a su niño, deseosa sólo de amar, proteger, ayudar, lista a donar todo, incluso a sí misma. Esa es la imagen que sugiere este término. 
El Señor es bondadoso: se inclina sobre quien es débil y pobre, siempre listo para acoger, comprender, perdonar. 
Dios misericordioso es “lento para enojarse”, 
Dios “grande en el amor y en la fidelidad”. 
Dios es fiel: una fidelidad sin limites 


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy iniciamos las catequesis sobre la misericordia según la perspectiva bíblica, para aprender sobre la misericordia al escuchar aquello que Dios mismo nos enseña con su Palabra. Iniciamos por el Antiguo Testamento, que nos prepara y nos conduce a la revelación plena de Jesucristo, en el cual se realiza la revelación de la misericordia del Padre.

En las Sagradas Escrituras, el Señor es presentado como “Dios misericordioso”

Este es su nombre,  a través del cual nos revela, por así decir, su rostro y su corazón.

En las Sagradas Escrituras, el Señor es presentado como “Dios misericordioso”. Este es su nombre,  a través del cual nos revela, por así decir, su rostro y su corazón. Él mismo, como narra el Libro del Éxodo, revelándose a Moisés  se autodefinió como: «El Señor, Dios misericordioso y bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad» (34,6). También en otros textos encontramos esta fórmula, con alguna variación, pero siempre la insistencia está puesta en la misericordia y en el amor de Dios que no se cansa nunca de perdonar (cfr Gn 4,2; Gl 2,13; Sal 86,15; 103,8; 145,8; Ne 9,17). Veamos juntos, una por una, estas palabras de la Sagrada Escritura que nos hablan de Dios.

El Señor es “misericordioso”: esta palabra evoca una actitud de ternura como la de una madre con su hijo.


El Señor es “misericordioso”: esta palabra evoca una actitud de ternura como la de una madre con su hijo. De hecho, el término hebreo usado en la Biblia hace pensar a las vísceras o también en el vientre materno.

Dios que se conmueve y se enternece por nosotros como una madre cuando toma en brazos a su niño, deseosa sólo de amar, proteger, ayudar, lista a donar todo, incluso a sí misma. Esa es la imagen que sugiere este término.


Por eso, la imagen que sugiere es aquella de un Dios que se conmueve y se enternece por nosotros como una madre cuando toma en brazos a su niño, deseosa sólo de amar, proteger, ayudar, lista a donar todo, incluso a sí misma. Esa es la imagen que sugiere este término. Un amor, por lo tanto, que se puede definir en sentido bueno “visceral”.

El Señor es bondadoso: se inclina sobre quien es débil y pobre, siempre listo para acoger, comprender, perdonar. 

Después está escrito que el Señor es “bondadoso”, en el sentido que hace gracia, tiene compasión y, en su grandeza, se inclina sobre quien es débil y pobre, siempre listo para acoger, comprender, perdonar. Es como el padre de la parábola del Evangelio de Luca (cfr Lc 15,11-32): un padre que no se cierra en el resentimiento por el abandono del hijo menor, sino al contrario continúa a esperarlo, lo ha generado, y después corre a su encuentro y lo abraza, no lo deja ni siquiera terminar su confesión, como si le cubriera la boca, qué grande es el amor y la alegría por haberlo reencontrado; y después va también a llamar al hijo mayor, que está indignado y no quiere hacer fiesta, el hijo que ha permanecido siempre en la casa, pero viviendo como un siervo más que como un hijo, y también sobre él el padre se inclina, lo invita a entrar, busca abrir su corazón al amor, para que ninguno quede excluso de la fiesta de la misericordia. La misericordia es una fiesta.

Dios misericordioso es “lento para enojarse”,

De este Dios misericordioso se dice también que es “lento para enojarse”, literalmente, “largo de respiro”, es decir, con el respiro amplio de la pacienciay de la capacidad de soportar. Dios sabe esperar, sus tiempos no son aquellos impacientes de los hombres; Es como un sabio agricultor que sabe esperar, da tiempo a la buena semilla para que crezca, a pesar de la cizaña (cfr Mt 13,24-30).

Dios “grande en el amor y en la fidelidad”.

Y por último, el Señor se proclama “grande en el amor y en la fidelidad”. ¡Qué hermosa es esta definición de Dios! Aquí está todo. Porque Dios es grande y poderoso, pero esta grandeza y poder se despliegan en el amarnos, nosotros así pequeños, así incapaces. La palabra “amor”, aquí utilizada, indica el afecto, la gracia, la bondad. No es un amor de telenovela. Es el amor que da el primer paso, que no depende de los méritos humanos sino de una inmensa gratuidad. Es la solicitud divina que nada la puede detener, ni siquiera el pecado, porque sabe ir más allá del pecado, vencer el mal y perdonarlo.

Dios es fiel: una fidelidad sin limites

Una “fidelidad” sin límites: he aquí la última palabra de la revelación de Dios a Moisés. La fidelidad de Dios nunca falla, porque el Señor es el Custodio que, como dice el Salmo, no se adormenta sino que vigila continuamente sobre nosotros para llevarnos a la vida:

«El no dejará que resbale tu pie:
¡tu guardián no duerme!
No, no duerme ni dormita
el guardián de Israel.
[...]
El Señor te protegerá de todo mal
y cuidará tu vida.
El te protegerá en la partida y el regreso,
ahora y para siempre» (121,3-4.7-8).
Y este Dios misericordioso es fiel en su misericordia. Y Pablo dice algo bello: si tú, delante a Él, no eres fiel, Él permanecerá fiel porque no puede renegarse a sí mismo, la fidelidad en la misericordia es el ser de Dios. Y por esto Dios es totalmente y siempre confiable. Una presencia sólida y estable. Es esta la certeza de nuestra fe. Y luego, en este Jubileo de la Misericordia, confiemos totalmente en Él, y experimentemos la alegría de ser amados por este “Dios misericordioso y bondadoso, lento para enojarse y grande en el amor y en la fidelidad”.


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