viernes, 2 de octubre de 2015

Buenos días, 2 de octubre de 2015. SAntos Ángeles Custodios




Tras la conducta de cada uno depende el destino de todos”.
Alejandro Magno.


VIDEO


SANTORAL
Los Santos Ángeles Custodios
(Fiesta patronal de los cuerpos de la Policía).
Alderaldo, Odrán, Tomás de Cantalupo, confesores; Dagamundo, abad; Eleuterio, Primo, Cirilo Secundario, Wareim, mártires; Guillermo, Leodegario, obispos; Saturio, Sereno, eremitas.



REFLEXIÓN:

Cuentan que en cierta ocasión, en un banquete, el entonces nuncio Roncalli, futuro papa Juan XXIII, se sentó junto a un famoso político de ideas muy contrarias a las de la Iglesia. Y tras charlar sobre tantas cosas, alguien oyó que el nuncio comentaba sonriendo.:

-          "Total, a usted y a mí, lo único que nos separa son las ideas".

No es que Roncalli no les diera importancia a las ideas. Es que no les daba ese puesto único y central que solemos darles nosotros.

Sabía que, incluso dos personas de ideas opuestas, pueden tener mil caminos de acercamientos en sus vidas. Sabía que, cuando dos se quieren, empiezan a acercarse hasta en las ideas o comienzan a descubrir que sus ideas no estaban tan opuestas como imaginaban.

Sucede en cambio que dos corazones fríos e indiferentes acabarían riñendo incluso cuando tienen las mismas ideas. Por suerte o por gracia de Dios, el ser humano es más ancho que sus ideas.
Lo malo de los hombres que creen solamente en su razón, los "dogmáticos", es que comienzan con defender sus ideas, pasan a defender sus maneras personales de formularlas, confunden finalmente sus ideas como si fueran verdades infalibles y necesarias. Y así ideologizan su pensamiento. El fanatismo, con todas las violencias que comporta, es el punto final de esta actitud racionalista.


ORACIÓN:

Señor Jesús, te quiero y te doy gracias por todo lo que haces por mí. A pesar de tus innumerables muestras de amor, no es extraño que convierta mi oración en un pliego de peticiones que nada tienen que ver con mi vida de gracia y de fe. Hoy tengo una actitud diferente: sin ataduras ni condiciones, me pongo a tu disposición confiando plenamente en tu voluntad.

Petición

Señor, dame la gracia de saber orar y que tu gracia purifique mi corazón para que desaparezca todo lo que me aparta de Ti.

Meditación del Papa Francisco

El diablo existe incluso en el siglo XXI. Hay que aprender cómo luchar contra él en el Evangelio, contra sus tentaciones. La vida de Jesús ha sido una lucha. Vino para vencer el mal, para vencer al príncipe de este mundo, para vencer al demonio.
Una lucha que debe afrontar todo cristiano. El demonio tentó a Jesús tantas veces, y Jesús sintió en su vida las tentaciones, así como también las persecuciones. Nosotros, los cristianos, que queremos seguir Jesús, debemos conocer bien esta verdad: También nosotros somos tentados, también nosotros somos objeto del ataque del demonio, porque el espíritu del mal no quiere nuestra santidad, no quiere el testimonio cristiano, no quiere que seamos discípulos de Jesús. ¿Y cómo hace el espíritu del mal para alejarnos del camino de Jesús con su tentación? La tentación del demonio tiene tres características y nosotros debemos conocerlas para no caer en las trampas. ¿Cómo hace el demonio para alejarnos del camino de Jesús? La tentación comienza levemente, pero crece: siempre crece. Segundo, crece y contagia a otro, se transmite a otro, trata de ser comunitaria. Y, al final, para tranquilizar el alma, se justifica. Crece, contagia y se justifica. (Homilia Santa Martha 11 abril 2014)

Propósito
Seguir el ejemplo de Cristo procurando que mi ayuda a los demás, trate de abarcar a la totalidad de la persona.

Diálogo con Cristo
Señor, me conoces y sabes todo acerca de mí. No permitas que me ciegue la arrogancia de mis propias opiniones. Ayúdame a tenerte siempre como la meta de mi vida, quiero que tu gracia triunfe por encima de mi soberbia y de mi egoísmo. Quiero que tu voluntad impere sobre la mía, que tu vida divina resplandezca en mi conciencia.

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ESPECIAL BUENOS DÍAS
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Ya no son dos sino una sola 
carne.
 
XXVII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B

Tabla de contenido

I. LA PALABRA DE DIOS

LECTURA DEL LIBRO DEL GÉNESIS 2,18-24

El Señor Dios se dijo:
-- No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude.
Entonces el Señor Dios modeló de arcilla todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo, y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Así el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no se encontraba ninguno como él que le ayudase. Entonces el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un letargo, y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y le cerró el sitio con carne. Y el Señor Dios trabajó la costilla que le había sacado al hombre haciendo una mujer, y se la presentó al hombre. El hombre dijo:
-- ¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer, porque ha salido del hombre. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.


SALMO 127


¡Dichoso el que teme al Señor,
y sigue sus caminos!

Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. R.-

Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa. R.-

Esta es la bendición del hombre
que teme al Señor.

Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R.-

Que veas a los hijos de tus hijos.
¡Paz a Israel! R.-


LECTURA DE LA CARTA A LOS HEBREOS 2,9-11
Hermanos:
Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos. Dios, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación. El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos.

Palabra de Dios

ALELUYA 1 Jn 4, 12


Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado a nosotros en su plenitud

EVANGELIO SAN MARCOS 10,2-16

En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús para ponerlo a prueba:
-- ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?
Él les replicó:
-- ¿Qué os ha mandado Moisés?
Contestaron:
-- Moisés permitió divorciarse dándole a la mujer un acta de repudio.
Jesús les dijo:
-- Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo:
-- Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.
Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo:
-- Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no estará en él. Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.


II.- APUNTES PARA LA VIDA

Un grupo de fariseos se acerca al Señor «para ponerlo a prueba» (otra traducción dice: «querían tentarle») con una pregunta: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?»

En realidad, la pregunta no debe ser entendida en el sentido si el Señor consideraba lícito o no el divorcio, sino sobre las causas por las que el hombre podía divorciarse de su mujer. En efecto, la licitud del divorcio estaba fuera de toda cuestión en Israel, pues así estaba escrito en la Ley de Moisés: «Si un hombre toma una mujer y se casa con ella, y resulta que esta mujer no halla gracia a sus ojos, porque descubre en ella algo que le desagrada, le redactará un libelo de repudio, se lo pondrá en su mano y la despedirá de su casa» (Dt 24, 1-2)

Marcos, por alguna razón, omite la pregunta completa, que se encuentra en cambio en el evangelio de Mateo: «¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?» (Mt 19, 3). Ahora podemos entender mejor la pregunta que los fariseos dirigen al Señor Jesús en un contexto específico: la discusión que se había entablado entre dos escuelas farisaicas sobre el alcance de aquella norma dada por Moisés. ¿Cómo debía interpretarse aquel “si no halla gracia a sus ojos”, o si “descubre en ella algo que le desagrada”? La escuela farisaica de Hillel interpretaba que cualquier motivo era válido para redactarle a la mujer el libelo de repudio y despedirla de su casa. Bastaba, por ejemplo, que no supiese prepararle la comida a su gusto. ¿Y si encontraba una mujer más hermosa que su esposa? Algunos maestros sostenían que también en esos casos era lícito despedir a su mujer. En fuerte oposición a esta interpretación estaba la escuela de Shammai, que sólo admitía el adulterio como causa válida para el divorcio.
Así pues, la pregunta dirigida al Señor parece querer incluirlo en esta fuerte discusión de escuelas, acaso llevarle a tomar posición a favor de una de las escuelas. ¿Estaba el Señor a favor del “repudio”, o sea, del divorcio por un motivo cualquiera, tal como lo sostenía la escuela de Hillel? ¿O estaba el Señor a favor de la interpretación de la escuela de Shammai? Con esta pregunta aquellos estudiosos de la Ley quieren sin duda someter a examen su doctrina, someter a prueba su sabiduría, escuchar su postura en un asunto tan discutido.

A la pregunta de los fariseos el Señor repregunta: «¿Qué les mandó Moisés?» Ellos responden: «Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla». Entonces el Señor declara algo absolutamente inesperado, que romperá completamente con los esquemas de aquellos fariseos que pensaban que la licitud del divorcio estaba fuera de toda cuestión: aquel precepto dictado por Moisés en realidad era una concesión, necesaria en aquel momento dada la terquedad o dureza de corazón de los judíos. Mas ahora, declara el Señor, ha llegado el momento de volver al proyecto original de Dios, que contemplaba la unión indisoluble entre el varón y la mujer.

El Señor recurre a dos pasajes tomados también del libro de la Ley: «Creó Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, varón y mujer los creó» (Gén 1, 27) y «dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Gén 2, 24). En estos textos inspirados, según la exégesis del mismo Señor, se descubre la intención primera de Dios, la indisolubilidad de la unión entre el hombre y la mujer que se unen para formar «una sola carne». Con Cristo la concesión del divorcio ha llegado a su fin.

Las palabras finales del Señor, «lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre», son una declaración de que no hay poder alguno sobre la tierra que pueda separar lo que ha sido válidamente unido en matrimonio. Por tanto, en adelante, cualquiera que se separe de su cónyuge sin importar el motivo, y se une con otro(a), comete adulterio. El vínculo permanecerá a pesar de que los hombres declaren el divorcio.

¿Pide el Señor un imposible? No. En adelante será posible volver al designio original de Dios, el hombre y la mujer podrán asumir este vínculo indisoluble sin temor, porque el Señor Jesús ha venido a renovar los corazones endurecidos. Él, gustando «la muerte para bien de todos» (2ª. lectura), por el Misterio de su Cruz y Resurrección y por el don de su Espíritu, ha reconciliado y santificado al ser humano, ha arrancado los corazones endurecidos por el pecado para sustituirlos por un corazón de carne (ver Ez 36, 26ss) capaz de amar con su mismo amor (ver Jn 15, 12). El amor que Él ha venido a derramar en los corazones por medio de su Espíritu (ver Rom 5, 5) hace capaces a los esposos de vivir tal unión como Dios la había pensado desde el origen.

III. PADRES DE LA IGLESIA

Pseudo-Crisóstomo:

«“En vista de la dureza de vuestros corazones”, porque, si estuviera purificado el corazón de deseos y de la ira, es posible que tolerase a la peor mujer del mundo, en tanto que multiplicadas en el corazón estas pasiones causan muchos males en un matrimonio odioso. De este modo, salva a Moisés de aquella acusación, y hace caer sobre ellos toda la culpa. Pero porque semejante acusación era grave, vuelve en seguida a la ley antigua y dice: “Pero, al principio, cuando los creó Dios, formó un solo hombre y una sola mujer”».

San Juan Crisóstomo:

«Si el Señor hubiese querido el repudio, hubiese creado muchas mujeres en vez de una. Dios no solamente unió la mujer al hombre, sino que dispuso que éste abandonase por ella a sus padres, según estas palabras que puso en boca de Adán: “Por cuya razón dejará el hombre a su padre y a su madre, y juntarse ha con su mujer”: demostrando lo indisoluble del matrimonio con la expresión “y juntarse ha”».

San Beda:

«Por tanto, lo que Dios ha juntado, haciendo del hombre y la mujer una carne, sólo Dios puede separarlo, y no el hombre».

San Juan Crisóstomo:

«Y si no se ha de separar a los dos a quienes Dios ha unido, mucho menos se debe separar a Cristo de la Iglesia, a la cual unió Dios con Cristo».


IV. CATECISMO DE LA IGLESIA

Enseñanza del Señor Jesús sobre el matrimonio

1614: En su predicación, Jesús enseñó sin ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y la mujer, tal como el Creador la quiso al comienzo: la autorización, dada por Moisés, de repudiar a la propia mujer era una concesión a la dureza del corazón; la unión matrimonial del hombre y la mujer es indisoluble: Dios mismo la estableció: «Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre» (Mt 19, 6).

1615: Esta insistencia, inequívoca, en la indisolubilidad del vínculo matrimonial pudo causar perplejidad y aparecer como una exigencia irrealizable. Sin embargo, Jesús no impuso a los esposos una carga imposible de llevar y demasiado pesada, más pesada que la Ley de Moisés. Viniendo para restablecer el orden inicial de la creación perturbado por el pecado, da la fuerza y la gracia para vivir el matrimonio en la dimensión nueva del Reino de Dios. Siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos, tomando sobre sí sus cruces, los esposos podrán «comprender» el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo. Esta gracia del Matrimonio cristiano es un fruto de la Cruz de Cristo, fuente de toda la vida cristiana.


Unidad e indisolubilidad del matrimonio

1644: El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la comunidad de personas que abarca la vida entera de los esposos: «De manera que ya no son dos sino una sola carne» (Mt 19, 6). «Están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total». Esta comunión humana es confirmada, purificada y perfeccionada por la comunión en Jesucristo dada mediante el sacramento del Matrimonio. Se profundiza por la vida de la fe común y por la Eucaristía recibida en común.


La fidelidad del amor conyugal

1646: El amor conyugal exige de los esposos, por su misma naturaleza, una fidelidad inviolable. Esto es consecuencia del don de sí mismos que se hacen mutuamente los esposos. El auténtico amor tiende por sí mismo a ser algo definitivo, no algo pasajero. «Esta íntima unión, en cuanto donación mutua de dos personas, como el bien de los hijos exigen la fidelidad de los cónyuges y urgen su indisoluble unidad».

1648: Puede parecer difícil, incluso imposible, atarse para toda la vida a un ser humano. Por ello es tanto más importante anunciar la buena nueva de que Dios nos ama con un amor definitivo e irrevocable, de que los esposos participan de este amor, que les conforta y mantiene, y de que por su fidelidad se convierten en testigos del amor fiel de Dios. Los esposos que, con la gracia de Dios, dan este testimonio, con frecuencia en condiciones muy difíciles, merecen la gratitud y el apoyo de la comunidad eclesial.


La Iglesia admite la separación

1649: Existen, sin embargo, situaciones en que la convivencia matrimonial se hace prácticamente imposible por razones muy diversas. En tales casos, la Iglesia admite la separación física de los esposos y el fin de la cohabitación. Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios; ni son libres para contraer una nueva unión. En esta situación difícil, la mejor solución sería, si es posible, la reconciliación. La comunidad cristiana está llamada a ayudar a estas personas a vivir cristianamente su situación en la fidelidad al vínculo de su matrimonio que permanece indisoluble.


El caso doloroso de los civilmente divorciados y vueltos a casar

1650: Hoy son numerosos en muchos países los católicos que recurren al divorcio según las leyes civiles y que contraen también civilmente una nueva unión. La Iglesia mantiene, por fidelidad a la palabra de Jesucristo («Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio»: Mc 10, 11-12), que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el primer matrimonio. Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios. Por lo cual no pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales. La reconciliación mediante el sacramento de la Penitencia no puede ser concedida más que a aquellos que se arrepientan de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total continencia.

1651: Respecto a los cristianos que viven en esta situación y que con frecuencia conservan la fe y desean educar cristianamente a sus hijos, los sacerdotes y toda la comunidad deben dar prueba de una atenta solicitud, a fin de que aquéllos no se consideren como separados de la Iglesia, de cuya vida pueden y deben participar en cuanto bautizados: «Se les exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la Misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar sus hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios» (S.S. Juan Pablo II).



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