viernes, 16 de octubre de 2015

Buenos días, 16 de octubre de 2015. Santa María de Alacoque

Servir significa, en gran parte, cuidar la fragilidad.
Cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo
PAPA FRANCISCO

 
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SANTORAL

Margarita María de Alacoque,
virgen (1647-1690)
 
Eduvigis, viuda; Ambrosio, Lulo o Julio, Florentino, Elifio, Demetrio, Eugenio, Evodio, Colman, Bertrán, Mummolino, obispos; Saturnino, Nereo, Martiniano, Bonita, Saturiano, Máxima, Basiano, Faviano, Sabiniano, rtires; Bolonia, virgen y mártir; Gerardo Mayela, Galo, Bercario, abades; Gordiano, Vital, ermitaños.
 



REFLEXIÓN:

El dique
 
El niño vivía con su padre en un valle en la base de un gran dique. Todos los días el padre iba a trabajar a la montaña detrás de su casa y retornaba a casa con una carretilla llena de tierra. «Pon la tierra en los sacos, hijo», decía el padre. «Y amontónalos frente a la casa».
 
Si bien el niño obedecía, también se quejaba. Estaba cansado de la tierra. Estaba cansado de las bolsas. ¿Por qué su padre no le daba lo que otros padres dan a sus hijos? Ellos tenían juguetes y juegos; él tenía tierra. Cuando veía lo que los otros tenían, enloquecía. «Esto no es justo», se decía. Y cuando veía a su padre, le reclamaba: «Ellos tienen diversión. Yo tengo tierra».
 
El padre sonreía y con sus brazos sobre los hombros del niño le decía: «Confía en mí, hijo. Estoy haciendo lo que más conviene».
Pero para el niño era duro confiar. Cada día el padre traía la carga. Cada día el niño llenaba las bolsas. «Amontónalas lo más alto que puedas», le decía el padre mientras iba por más. Y luego el niño llenaba las bolsas y las apilaba. Tan alto que no ya no podía mirar por encima de ellas.
 
«Trabaja duro, hijo», le dijo el padre un día, «el tiempo se nos acaba». Mientras hablaba, el padre miró al cielo oscurecido. El niño comenzó a mirar fijamente las nubes y se volvió para preguntarle al padre lo que significaban, pero al hacerlo sonó un trueno y el cielo se abrió. La lluvia cayó tan fuerte que escasamente podía ver a su padre a través del agua. «¡Sigue amontonando, hijo!» Y mientras lo hacía, el niño escuchó un fuerte estruendo.
El agua del río irrumpió a través del dique hacia la pequeña villa. En un momento la corriente barrió con todo en su camino, pero el dique de tierra dio al niño y al padre el tiempo que necesitaban. «Apúrate, hijo. Sígueme».
 
Corrieron hacia la montaña detrás de su casa y entraron a un túnel. En cuestión de momentos salieron al otro lado, huyeron a lo alto de la colina y llegaron a una nueva casita.
 
«Aquí estaremos a salvo», dijo el padre al niño.
 
Sólo entonces el hijo comprendió lo que el padre había hecho. Había provisto una salida. Antes que darle lo que deseaba, le dio lo que necesitaba. Le dio un pasaje seguro y un lugar seguro.

ORACIÓN:

Señor, creo y confío plenamente en tu misericordia ante mis debilidades. Permite que este momento de intimidad contigo sea el medio por el cual aprenda a orar, como Tú quieres que lo haga. Dame el don de tu Espíritu Santo, e inspírame lo que debo pensar, lo que debo decir y cómo debo actuar para que Tú reines en mi corazón.
Petición

Padre nuestro, que estás en el cielo, te pido que vengas a mi corazón.
Meditación del Papa Francisco

Para rezar no hay necesidad de hacer ruido ni creer que es mejor derrochar muchas palabras. No podemos confiarnos al ruido, al alboroto de la mundanidad, que Jesús identifica con "tocar la tromba” o "hacerse ver el día de ayuno. Para rezar no es necesario el ruido de la vanidad: Jesús dijo que esto es un comportamiento propio de los paganos. La oración no es algo mágico; no se hace magia con la oración; esto es pagano.
Entonces, ¿cómo se debe orar? Jesús nos lo enseñó: Dice que el Padre que está en el Cielo "sabe lo que necesitáis, antes incluso de que se lo pidáis. Por lo tanto, la primera palabra debe ser "Padre. Esta es la clave de la oración. ¿Es un padre solamente mío? No, es el Padre nuestro, porque yo no soy hijo único. Ninguno de nosotros lo es. Y si no puedo ser hermano, difícilmente puedo llegar a ser hijo de este Padre, porque es un Padre, con certeza, mío, pero también de los demás, de mis hermanos. (Cf. S.S. Francisco, de 2013, homilía en Santa Marta)

Propósito

Ofrecer a Dios cumplir su voluntad con el rezo meditado del Padre nuestro.

Diálogo con Cristo

Se
ñor, te pido que me ayudes a vivir siempre unido a Ti en mi oración, sabiendo que no es lo que diga sino cómo lo diga, lo que importa. Que mi relación contigo no se limite al tiempo que dedico a mi meditación o la celebración de la Eucaristía. Te necesito permanentemente cerca de mí, para no caer en la tentación, para poder vivir auténticamente el amor, para ser un incansable y eficaz discípulo y misionero.





El secreto eficaz para lograr un matrimonio feliz según JRR Tolkien el autor de El Hobbit



J.R.R. Tolkien, el autor de El Hobbit y El Señor de los Anillos, era un romántico.


Tabla de contenido

J.R.R. Tolkien, el autor de El Hobbit y El Señor de los Anillos, era un romántico. 
Enamorado de su esposa toda su vida 
Tolkien escribió a su hijo Christopher: 
El amor verdadero duele 
¿Qué tenía el matrimonio de Tolkien que otros no tienen? ¿Por qué el suyo funcionaba? 
"Lo mejor llega mediante la negación, el sufrimiento" 
El amor es una batalla 
"Si de verdad amas a una persona" podrían argumentar, "¡no debería ser duro amarla! ¡No debería ser una lucha! ¿El matrimonio como mortificación? ¡Es una ofensa! Tú no debes amar verdaderamente a tu mujer". 
La esencia del amor es un acto de la voluntad. 
No es cuestión de ser compatibles, sino felices 
"He conocido muchos matrimonios felices, pero nunca uno compatible. El único fin del matrimonio es luchar y sobrevivir al instante cuando la incompatibilidad se convierte en algo incuestionable. Porque el hombre y la mujer, como tales, son incompatibles". 
La paradoja es que debes olvidarte de ti mismo para encontrar la felicidad que buscas. 


Cuando conoció a su futura esposa, Edith, a la edad de 16 años, se enamoró locamente de ella y empezó inmediatamente a cortejarla de manera informal, llevándola a menudo a salas de té. Cuando el sacerdote que ejercía de tutor de Tolkien supo del romance, le prohibió seguir en contacto con Edith hasta que tuviera 21 años, para que no se distrajera de los estudios.

Tolkien obedeció de mala gana. Durante largos años esperó a la que él sabía que era su alma gemela. La vigilia de su vigésimo primer cumpleaños le escribió una carta en la que le declaraba su amor y le pedía su mano en matrimonio. Una semana más tarde estaban prometidos.

Durante varios años no mantuvieron trato por orden del tutor de Tolkien, pero con la mayoría de edad retomaron la relación y se casaron

Enamorado de su esposa toda su vida

A lo largo de su vida Tolkien escribió poemas de amor a su mujer y en sus cartas a sus amigos escribe entusiasmado sobre ella. Pero tal vez el tributo más famoso e imperecedero que le dedicó a su amada esposa fue reflejar su romance en la historia mitológica de Beren y Lúthien en la Tierra Media. Es difícil encontrar un tributo más conmovedor.

Tolkien escribió a su hijo Christopher:

"Nunca llamé a Edith Lúthien, pero ella era la fuente de la historia que con el tiempo se convirtió en la parte principal del Silmarillion. Inicialmente fue concebida en un pequeño claro en un bosque lleno de cicutas en Roos, en Yorkshire, donde permanecí durante una breve temporada al mando de un puesto de avanzada de la Guarnición Humber y en el que ella pudo vivir durante un cierto tiempo conmigo. En esos días su cabello era negro azabache, su piel clara, sus ojos más brillantes de como tú los has visto y cantaba y bailaba".

Ni siquiera en la muerte Tolkien abandonó a su Edith. Está enterrado junto a ella bajo una única lápida donde están grabados los nombres de Beren y Luthien. Usando una frase muy común, Tolkien estaba muy enamorado de su esposa.

El mismo Tolkien escribe que ellainspiró el personaje de Lúthien Tinúviel y su gran historia de amor con Beren, una narración estremecedora que aparece en El Silmarillion

El amor verdadero duele

J.R.R. Tolkien estuvo felizmente casado durante 55 años. En comparación, el índice de divorcios actualmente es increíblemente alto y algunos, respecto al matrimonio monógamo, se rinden porque dicen que no es posible o no es sano .

¿Qué tenía el matrimonio de Tolkien que otros no tienen? ¿Por qué el suyo funcionaba?

La respuesta es simple: él entendió que el verdadero amor implica la negación de uno mismo.


La noción actual del amor es puro sentimiento y está centrada especialmente en uno mismo. Si alguien te excita, si tu pulso se acelera, si te afirma a ti y a tus deseos, entonces puedes decir que estás enamorado según las definiciones actuales.

Aunque estaba profundamente unido a su mujer, Tolkien rechazaba esta idea superficial del amor. Él abrazaba la concepción católica del amor verdadero como sentimiento centrado en el otro y que implica el sacrificio de los instintos naturales y un acto firme de la voluntad.

Para ilustrar la profunda visión de Tolkien sobre el amor marital, quiero compartir un pasaje de una carta a su hijo, Michael Tolkien. Es un aspecto distinto de Tolkien que muchos desconocen. Para los que tienen un visión excesivamente sentimental del amor, sus palabras pueden ser sorprendentes, incluso ofensivas. Sin embargo, él expresa verdades que, si se entienden y abrazan, aportan verdad y felicidad duradera al matrimonio. He aquí una versión abreviada de su carta.

"Lo mejor llega mediante la negación, el sufrimiento"

» Los hombres no son [monógamos]. Negar lo contrario no es bueno. Los hombres no lo son y no es debido a su naturaleza animal. La monogamia, aunque ha sido durante mucho tiempo fundamental en el legado de nuestras ideas, es para nosotros, los hombres, un trozo de "ética revelada" según la fe y no la carne.

»La esencia de un mundo caído es que lo mejor no puede alcanzarse mediante un placer libre o lo que es llamado "auto-realización" (normalmente un nombre bonito para la auto-satisfacción, totalmente adversa para la realización del otro), sino por la negación, por el sufrimiento. La fidelidad en los matrimonios cristianos conlleva esto: una gran mortificación.

»Para un hombre cristiano no hay huida. El matrimonio puede ayudarle a santificar y a dirigir sus deseos sexuales hacia su fin adecuado; la gracia puede ayudarle en la lucha, pero la lucha permanece. No le satisfará (del mismo modo que el hambre se mantiene alejada con comidas regulares) y le proporcionará tantas dificultades para mantener la pureza en ese estado como le proporcionará alivio.

»Ningún hombre, a pesar del amor sincero que siente hacia su prometida y esposa cuando era joven, ha vivido fielmente con ella como esposa en mente y cuerpo sin el ejercicio deliberado y consciente de su voluntad, sin el sacrificio. A pocos se les dice esto, incluso si han crecido "en la Iglesia". Los que están fuera de ella raramente lo han oído.

»Cuando el encanto desaparece o simplemente disminuye, piensan que se han equivocado y que aún tienen que encontrar a su verdadera alma gemela. La´ verdadera alma gemela´ suele ser a menudo la siguiente mujer sexualmente atractiva que encuentran, con quien ellos podrían ciertamente estar casados con éxito si solo… Y aquí es cuando llega el divorcio, sustentado por ese "si solo…".

»Desde luego, como regla, tienen razón: cometieron un error. Sólo un hombre muy sabio puede, al final de su vida, hacer un juicio sólido sobre con quien, de entre todas las posibles oportunidades, ¡él debería haberse casado con éxito! Casi todos los matrimonios, incluso los felices, son errores en el sentido de que casi seguramente -en un mundo más perfecto o incluso con algo más de cuidado en este mundo tan imperfecto- ambos cónyuges podrían haber encontrados parejas más adecuadas.

»Pero la "verdadera alma gemela" es aquella con la que estás ya casado. En este mundo caído tenemos como únicas guías la prudencia, la sabiduría (escasa en la juventud, demasiado tarde en la vejez), un corazón limpio y la fidelidad de la voluntad…
(Cartas de J.R.R. Tolkien, págs. 51-52)

Tolkien y Edith ya mayores; tuvieron cuatro hijos y casi toda la vida su economía fue muy ajustada, pero en la vejez, con el éxito de los libros, pudieron permitirse más vacaciones que antes y él pudo dedicarle más tiempo a ella

El amor es una batalla

Como he dicho, muchos se pueden sentir ofendidos por la claridad con la que Tolkien habla sobre el matrimonio.

"Si de verdad amas a una persona" podrían argumentar, "¡no debería ser duro amarla! ¡No debería ser una lucha! ¿El matrimonio como mortificación? ¡Es una ofensa! Tú no debes amar verdaderamente a tu mujer".


Este tipo de pensamiento se olvida de un punto y es que el verdadero amor es una lucha contra el amor a uno mismo. Es una lucha contra nuestras naturalezas caídas y tremendamente egoístas. Es un morir que da la vida. Y cualquier hombre que sea honesto consigo mismo tiene que admitir que Tolkien tenía razón. La lucha por la castidad y la fidelidad no termina nunca, a pesar de lo mucho que ames a tu esposa.

La esencia del amor es un acto de la voluntad.

En un matrimonio los sentimientos vienen y van. Los que tienen matrimonios felices son los que eligen - eligen amar a sus mujeres más que a ellos mismos, eligen sacrificar sus deseos a corto plazo por una felicidad a largo plazo, eligen dar en lugar de tomar.

¿Y sabes qué? Cuando eliges ser fiel, la felicidad inevitablemente llega. Muchos abandonan cuando las cosas se vuelven difíciles; si en cambio eligieran simplemente ser fieles y luchar, encontrarían la verdadera felicidad esperándoles al final de la batalla.

No es cuestión de ser compatibles, sino felices

Como otro católico felizmente casado, G.K. Chesterton, escribió una vez:

"He conocido muchos matrimonios felices, pero nunca uno compatible. El único fin del matrimonio es luchar y sobrevivir al instante cuando la incompatibilidad se convierte en algo incuestionable. Porque el hombre y la mujer, como tales, son incompatibles".


En un matrimonio la verdadera alegría y la felicidad duradera son posibles. Innumerables matrimonios, incluyendo el de Tolkien, lo demuestran. Pero nunca encontraremos esta alegría si nos centramos en nosotros mismos.


La paradoja es que debes olvidarte de ti mismo para encontrar la felicidad que buscas.


Hombres, si deseáis un matrimonio fiel y feliz debéis morir a vosotros mismos. Vuestra esposa debe estar en primer lugar. Tenéis que amarla a través del sacrificio y la negación de vosotros mismos, tal como Cristo amó a su esposa, la Iglesia. Este es el sencillo secreto que muchos olvidan.

(Publicado originariamente en inglés en The Catholic Gentleman ; traducción de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares)

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