lunes, 29 de junio de 2015

Buenos días, 29 de junio de 2015. San Pedro y San Pablo


"Educar no es dar carrera para vivir,
sino templar el alma para las dificultades de la vida"



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SANTORAL
Pedro y Pablo,
Apóstoles;
Marcelo, Atanasio, mártires; Siro, Casio, obispos; Benita, Enma de Gurk, vírgenes; Coca, abad; María, madre de S. Marcos.

  
REFLEXIÓN:
RIESGOS

Reírse es arriesgarse a parecer tonto.
Llorar es arriesgarse a parecer sentimental.
Ponerse a lado del otro es arriesgarse a quedar implicado.
Exponer los sentimientos es arriesgarse a exponer al verdadero yo.
Plantear las ideas y los sueños a los demás es arriesgarse a perderlos.
Amar es arriesgarse a no ser amado a la vez.
Vivir es arriesgarse a morir.
Tener esperanza es arriesgarse a sentirse desesperado.
Intentar algo es arriesgarse al fracaso.
Pero uno tiene que correr riesgos, porque el mayor riesgo en la vida es no arriesgar nada.
La persona que no arriesga nada, no es nada.
Pueden evitar el sufrimiento y la pena, pero no podrán aprender, sentir, cambiar, crecer, amar, vivir.

Encadenados a sus actitudes, son esclavos, han perdido el derecho a su libertad.

ORACIÓN:
               
San Mateo 5,38-42: No hagan frente al que les hace mal. Si alguien te da bofetadas presenta la otra mejilla    
               
                               
Reflexión del Papa Francisco
Nosotros presumimos que somos justos, y juzgamos a los demás. Juzgamos también a Dios, porque pensamos que debería castigar a los pecadores, condenarlos a muerte, en lugar de perdonar. ¡Entonces sí que corremos el riesgo de permanecer fuera de la casa del Padre! Como ese hermano mayor de la parábola, que en lugar de estar contento porque su hermano ha vuelto, se enoja con el padre que lo ha recibido y hace fiesta.
Si en nuestro corazón no hay misericordia, la alegría del perdón, no estamos en comunión con Dios, incluso si observamos todos los preceptos, porque es el amor el que salva, no la sola práctica de los preceptos.
Es el amor por Dios y por el prójimo lo que da cumplimiento a todos los mandamientos. Y esto es el amor de Dios, su alegría, perdonar. Nos espera siempre. Quizá alguien tiene en su corazón algo grave, pero he hecho esto, he hecho aquello, Él te espera, Él es Padre. Siempre nos espera.
Si nosotros vivimos según la ley del «ojo por ojo, diente por diente», jamás salimos de la espiral del mal. El Maligno es astuto, y nos hace creer que con nuestra justicia humana podemos salvarnos y salvar al mundo. En realidad, ¡sólo la justicia de Dios nos puede salvar! Y la justicia de Dios se ha revelado en la Cruz: la Cruz es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre este mundo.
¿Cómo nos juzga Dios? ¡Dando la vida por nosotros! He aquí el acto supremo de justicia que ha vencido de una vez para siempre al Príncipe de este mundo; y este acto supremo de justicia es precisamente también el acto supremo de misericordia. Jesús nos llama a todos a seguir este camino: "Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso" (Lc 6, 36).
Yo les pido una cosa ahora. En silencio, todos, pensemos, cada uno piense, en una persona con la que no estamos bien, con la cual estamos enojados y que no la queremos. Pensemos en esa persona y en silencio en este momento oremos por esta persona. Y seamos misericordiosos con esta persona. (Cf Papa Francisco, Homilía en Santa Marta, 15 de septiembre de 2014)


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Diálogo con Jesús
Mi adorado Jesús, tu justicia no es como la nuestra, escapa de todo razonamiento y lógica humana. Frente a las venganzas, la nueva ley que debe prevalecer es el perdón y la generosidad. Me invitas a cerrar el círculo del odio, ofreciendo a mis perseguidores y calumniadores, no sólo a poner mi otra mejilla, sino que debo también ser caritativo. Debo aprender a ser más como Tú, que calmabas las almas violentas con el ejemplo de tu bondad y de tu perdón. A dondequiera que yo vaya, quiero ser un instrumento de tu paz, quiero saber soportar la agresividad que ha invadido esta sociedad y enfrentarla con la mansedumbre. Líbrame, Señor mío, de todo instinto de venganza, de la ira y pasiones desordenadas que nublan mis sentidos y me hace responder con mal al mal. Deseo profundamente desterrar de mi corazón el odio, el rencor, el egoísmo y la soberbia, pero para ello, necesito de tu gracia y de tu amor, para ser manso y compasivo con los demás, como Tú lo has sido conmigo desde un principio. Amén

Propósito para hoy:

Hoy, voy a pedir por todos aquellos que ocupan puestos con responsabilidad en el ámbito político, económico y social, para que Dios sane sus pensamientos y emociones.
Reflexiones juntos esta frase:

"La fuerza espiritual de los sacramentos es inmensa. Con la gracia podemos superar cualquier obstáculo" (Papa Francisco)

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ESPECIAL BUENOS DÍAS
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Catequesis del Papa sobre la familia y la enfermedad

Contenido

La enfermedad. 
Es una experiencia de nuestra fragilidad, que vivimos principalmente en la familia, desde niños, y luego sobre todo como ancianos, cuando llegan los “achaques”. 
En el ámbito de los lazos familiares, la enfermedad de las personas que amamos se padece con mayor sufrimiento y angustia. 
Es el amor que nos hace sentir esto. 
Muchas veces para un padre y una madre, es más difícil soportar el dolor de un hijo, de una hija, que el suyo propio. 
La familia, podemos decir, siempre ha sido el “hospital” más cercano. 
Son la mamá, el papá, los hermanos, las hermanas, las abuelas, quienes garantizan los cuidados y ayudan a sanar. 
Jesús se presenta públicamente como uno que lucha contra la enfermedad y que ha venido para curar al hombre de todo mal: el mal del espíritu y el mal del cuerpo. 
Es verdaderamente conmovedora la escena evangélica apenas indicada en el Evangelio de Marcos. Dice así: «Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados» (1,32). 
Jesús nunca huyó de sus cuidados. 
Nunca pasó de largo, nunca volvió la cara hacia otro lado. 
Y cuando un padre o una madre, o incluso gente amiga lo llevaban delante de un enfermo para que lo tocase y lo sanase, no dejaba de hacerlo; la sanación estaba antes que la ley, también de aquella tan sagrada como la del descanso del sábado (Mc 3,1-6). 
Los doctores de la ley reprendían a Jesús porque Él sanaba el sábado, hacia el bien el sábado.  Pero el amor de Jesús era dar la salud, hacer el bien: ¡y esto está siempre en primer lugar! 
Jesús envía a sus discípulos a cumplir su propia obra y les dona el poder de sanar, es decir, de acercarse a los enfermos y cuidarlos hasta el fondo (cfr. Mt 10,1). 
¡La gloria de Dios! ¡La tarea de la Iglesia! 
Ayudar a los enfermos, no perderse en habladurías, ayudar siempre, consolar, aliviar, estar cerca de los enfermos; ésta es la tarea. 
La Iglesia invita a la oración continua por los propios seres queridos afectados por la enfermedad. 
Nunca debe faltar la oración por los enfermos. 
Aún más, debemos impulsar cada vez más la oración, tanto personal como en la comunidad. 
Pensemos en el episodio evangélico de la mujer cananea (cfr Mt 15,21-28). Es una mujer pagana, no es del pueblo de Israel, sino una pagana, que le suplica a Jesús que le cure a su hija. Jesús, para poner a prueba su fe, primero le responde duramente: ‘No puedo, debo pensar primero en la ovejas de Israel’. La mujer no retrocede – una mamá, cuando pide ayuda para su criatura, nunca cede: todos sabemos que las mamás luchan por sus hijos – y responde: ‘¡También a los perritos, cuando sus dueños han comido, se les da algo!’. Como queriendo decir: ‘¡Por lo menos, trátame como a una perrita!’. Entonces Jesús le dice: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!». 
Ante la enfermedad, también en familia surgen dificultades, debido a la debilidad humana. 
Pero, en general, el tiempo de la enfermedad fortalece los lazos familiares. 
Y pienso en cuán importante es educar a los hijos, desde pequeños, a la solidaridad en el tiempo de la enfermedad. 
Una educación que deja de lado la sensibilidad hacia la enfermedad humana, hace que los corazones se vuelvan áridos. 
Hace que los chicos se queden ‘anestesiados’ hacia el sufrimiento de los demás, incapaces de afrontar el sufrimiento y de vivir la experiencia del límite. ¡Cuántas veces, vemos llegar al trabajo a un hombre, a una mujer con la cara cansada, con cansancio, y cuando se le pegunta ‘¿qué pasa?’, responde: ‘he dormido sólo dos horas porque en casa nos turnamos para estar cerca del niño, de la niña, del enfermo, del abuelo, de la abuela’. Y la jornada prosigue con el trabajo. ¡Estas cosas son heroicas, son la heroicidad de las familias! Esas heroicidades escondidas que se realizan con ternura y con valentía, cuando en casa hay alguien que está enfermo. 
La debilidad y el sufrimiento de nuestros seres más queridos y más sagrados, pueden ser, para nuestros hijos y nuestros nietos, una escuela de vida – es importante educar a los hijos, a los nietos a comprender esta cercanía en la enfermedad, en familia – y ello sucede cuando los momentos de la enfermedad están acompañados por la oración y por la cercanía cariñosa y solícita de los familiares. 
La comunidad cristiana sabe bien que no se debe dejar sola a la familia, en la prueba de la enfermedad. 
Y debemos decirle gracias al Señor por esas experiencias bellas de fraternidad eclesial, que ayudan a las familias a afrontar el difícil momento del dolor y del sufrimiento. 
Esta cercanía cristiana, de familia a familia, es un verdadero tesoro para la parroquia; un tesoro de sapiencia, que ayuda a las familias en los momentos difíciles y ¡hace comprender el Reino de Dios mejor que tantas palabras! ¡Son caricias de Dios! 


EXTRACTO
TEXTO INTEGRO


La enfermedad.

  • Es una experiencia de nuestra fragilidad, que vivimos principalmente en la familia, desde niños, y luego sobre todo como ancianos, cuando llegan los “achaques”.

  • En el ámbito de los lazos familiares, la enfermedad de las personas que amamos se padece con mayor sufrimiento y angustia.

  • Es el amor que nos hace sentir esto.

  • Muchas veces para un padre y una madre, es más difícil soportar el dolor de un hijo, de una hija, que el suyo propio.

La familia, podemos decir, siempre ha sido el “hospital” más cercano.

  • Son la mamá, el papá, los hermanos, las hermanas, las abuelas, quienes garantizan los cuidados y ayudan a sanar.

Jesús se presenta públicamente como uno que lucha contra la enfermedad y que ha venido para curar al hombre de todo mal: el mal del espíritu y el mal del cuerpo.







  • Es verdaderamente conmovedora la escena evangélica apenas indicada en el Evangelio de Marcos. Dice así: «Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados» (1,32).

  • Jesús nunca huyó de sus cuidados.

  • Nunca pasó de largo, nunca volvió la cara hacia otro lado.

  • Y cuando un padre o una madre, o incluso gente amiga lo llevaban delante de un enfermo para que lo tocase y lo sanase, no dejaba de hacerlo; la sanación estaba antes que la ley, también de aquella tan sagrada como la del descanso del sábado (Mc 3,1-6).

  • Los doctores de la ley reprendían a Jesús porque Él sanaba el sábado, hacia el bien el sábado.  Pero el amor de Jesús era dar la salud, hacer el bien: ¡y esto está siempre en primer lugar!

  • Jesús envía a sus discípulos a cumplir su propia obra y les dona el poder de sanar, es decir, de acercarse a los enfermos y cuidarlos hasta el fondo (cfr. Mt 10,1).





¡La gloria de Dios! ¡La tarea de la Iglesia!

  • Ayudar a los enfermos, no perderse en habladurías, ayudar siempre, consolar, aliviar, estar cerca de los enfermos; ésta es la tarea.

  • La Iglesia invita a la oración continua por los propios seres queridos afectados por la enfermedad.

  • Nunca debe faltar la oración por los enfermos.

  • Aún más, debemos impulsar cada vez más la oración, tanto personal como en la comunidad.



  • Pensemos en el episodio evangélico de la mujer cananea (cfr Mt 15,21-28). Es una mujer pagana, no es del pueblo de Israel, sino una pagana, que le suplica a Jesús que le cure a su hija. Jesús, para poner a prueba su fe, primero le responde duramente: ‘No puedo, debo pensar primero en la ovejas de Israel’. La mujer no retrocede – una mamá, cuando pide ayuda para su criatura, nunca cede: todos sabemos que las mamás luchan por sus hijos – y responde: ‘¡También a los perritos, cuando sus dueños han comido, se les da algo!’. Como queriendo decir: ‘¡Por lo menos, trátame como a una perrita!’. Entonces Jesús le dice: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!».


Ante la enfermedad, también en familia surgen dificultades, debido a la debilidad humana.

  • Pero, en general, el tiempo de la enfermedad fortalece los lazos familiares.

  • Y pienso en cuán importante es educar a los hijos, desde pequeños, a la solidaridad en el tiempo de la enfermedad.

  • Una educación que deja de lado la sensibilidad hacia la enfermedad humana, hace que los corazones se vuelvan áridos.

  • Hace que los chicos se queden ‘anestesiados’ hacia el sufrimiento de los demás, incapaces de afrontar el sufrimiento y de vivir la experiencia del límite. ¡Cuántas veces, vemos llegar al trabajo a un hombre, a una mujer con la cara cansada, con cansancio, y cuando se le pegunta ‘¿qué pasa?’, responde: ‘he dormido sólo dos horas porque en casa nos turnamos para estar cerca del niño, de la niña, del enfermo, del abuelo, de la abuela’. Y la jornada prosigue con el trabajo. ¡Estas cosas son heroicas, son la heroicidad de las familias! Esas heroicidades escondidas que se realizan con ternura y con valentía, cuando en casa hay alguien que está enfermo.

La debilidad y el sufrimiento de nuestros seres más queridos y más sagrados, pueden ser, para nuestros hijos y nuestros nietos, una escuela de vida – es importante educar a los hijos, a los nietos a comprender esta cercanía en la enfermedad, en familia – y ello sucede cuando los momentos de la enfermedad están acompañados por la oración y por la cercanía cariñosa y solícita de los familiares.

  • La comunidad cristiana sabe bien que no se debe dejar sola a la familia, en la prueba de la enfermedad.

  • Y debemos decirle gracias al Señor por esas experiencias bellas de fraternidad eclesial, que ayudan a las familias a afrontar el difícil momento del dolor y del sufrimiento.

  • Esta cercanía cristiana, de familia a familia, es un verdadero tesoro para la parroquia; un tesoro de sapiencia, que ayuda a las familias en los momentos difíciles y ¡hace comprender el Reino de Dios mejor que tantas palabras! ¡Son caricias de Dios!


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Seguimos con las catequesis sobre la familia, y en esta catequesis me gustaría tocar un aspecto muy común en la vida de nuestras familias, el de la enfermedad. Es una experiencia de nuestra fragilidad, que vivimos principalmente en la familia, desde niños, y luego sobre todo como ancianos, cuando llegan los “achaques”. En el ámbito de los lazos familiares, la enfermedad de las personas que amamos se padece con mayor sufrimiento y angustia. Es el amor que nos hace sentir esto. Muchas veces para un padre y una madre, es más difícil soportar el dolor de un hijo, de una hija, que el suyo propio. La familia, podemos decir, siempre ha sido el “hospital” más cercano. Aún hoy, en muchas partes del mundo, el hospital es un privilegio para pocos, y con frecuencia se encuentra lejos. Son la mamá, el papá, los hermanos, las hermanas, las abuelas, quienes garantizan los cuidados y ayudan a sanar.
En los Evangelios, muchas páginas hablan de los encuentros de Jesús con los enfermos y su compromiso de sanarlos. Él se presenta públicamente como uno que lucha contra la enfermedad y que ha venido para curar al hombre de todo mal: el mal del espíritu y el mal del cuerpo. Es verdaderamente conmovedora la escena evangélica apenas indicada en el Evangelio de Marcos. Dice así: «Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados» (1,32). Si pienso en las grandes ciudades contemporáneas, me pregunto dónde están las puertas ante las cuales llevar a los enfermos esperando que sean sanados. Jesús nunca huyó de sus cuidados. Nunca pasó de largo, nunca volvió la cara hacia otro lado. Y cuando un padre o una madre, o incluso gente amiga lo llevaban delante de un enfermo para que lo tocase y lo sanase, no dejaba de hacerlo; la sanación estaba antes que la ley, también de aquella tan sagrada como la del descanso del sábado (Mc 3,1-6). Los doctores de la ley reprendían a Jesús porque Él sanaba el sábado, hacia el bien el sábado.  Pero el amor de Jesús era dar la salud, hacer el bien: ¡y esto está siempre en primer lugar!
Jesús envía a sus discípulos a cumplir su propia obra y les dona el poder de sanar, es decir, de acercarse a los enfermos y cuidarlos hasta el fondo (cfr. Mt 10,1). Hay que tener en cuenta lo que Jesús dijo a sus discípulos en el episodio del ciego de nacimiento (Jn 9,1-5). Los discípulos - ¡con el ciego ahí adelante! - discutían sobre quién había pecado porque había nacido ciego, si él o sus padres, para causar su ceguera. El Señor dijo claramente, ni él, ni sus padres;  es así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Y lo sanó. ¡Esa es la gloria de Dios! ¡Esa es la tarea de la Iglesia! Ayudar a los enfermos, no perderse en habladurías, ayudar siempre, consolar, aliviar, estar cerca de los enfermos; ésta es la tarea.
La Iglesia invita a la oración continua por los propios seres queridos afectados por la enfermedad. Nunca debe faltar la oración por los enfermos. Aún más, debemos impulsar cada vez más la oración, tanto personal como en la comunidad. Pensemos en el episodio evangélico de la mujer cananea (cfr Mt 15,21-28). Es una mujer pagana, no es del pueblo de Israel, sino una pagana, que le suplica a Jesús que le cure a su hija. Jesús, para poner a prueba su fe, primero le responde duramente: ‘No puedo, debo pensar primero en la ovejas de Israel’. La mujer no retrocede – una mamá, cuando pide ayuda para su criatura, nunca cede: todos sabemos que las mamás luchan por sus hijos – y responde: ‘¡También a los perritos, cuando sus dueños han comido, se les da algo!’. Como queriendo decir: ‘¡Por lo menos, trátame como a una perrita!’. Entonces Jesús le dice: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!».
Ante la enfermedad, también en familia surgen dificultades, debido a la debilidad humana. Pero, en general, el tiempo de la enfermedad fortalece los lazos familiares. Y pienso en cuán importante es educar a los hijos, desde pequeños, a la solidaridad en el tiempo de la enfermedad. Una educación que deja de lado la sensibilidad hacia la enfermedad humana, hace que los corazones se vuelvan áridos. Hace que los chicos se queden ‘anestesiados’ hacia el sufrimiento de los demás, incapaces de afrontar el sufrimiento y de vivir la experiencia del límite. ¡Cuántas veces, vemos llegar al trabajo a un hombre, a una mujer con la cara cansada, con cansancio, y cuando se le pegunta ‘¿qué pasa?’, responde: ‘he dormido sólo dos horas porque en casa nos turnamos para estar cerca del niño, de la niña, del enfermo, del abuelo, de la abuela’. Y la jornada prosigue con el trabajo. ¡Estas cosas son heroicas, son la heroicidad de las familias! Esas heroicidades escondidas que se realizan con ternura y con valentía, cuando en casa hay alguien que está enfermo.
La debilidad y el sufrimiento de nuestros seres más queridos y más sagrados, pueden ser, para nuestros hijos y nuestros nietos, una escuela de vida – es importante educar a los hijos, a los nietos a comprender esta cercanía en la enfermedad, en familia – y ello sucede cuando los momentos de la enfermedad están acompañados por la oración y por la cercanía cariñosa y solícita de los familiares. La comunidad cristiana sabe bien que no se debe dejar sola a la familia, en la prueba de la enfermedad. Y debemos decirle gracias al Señor por esas experiencias bellas de fraternidad eclesial, que ayudan a las familias a afrontar el difícil momento del dolor y del sufrimiento. Esta cercanía cristiana, de familia a familia, es un verdadero tesoro para la parroquia; un tesoro de sapiencia, que ayuda a las familias en los momentos difíciles y ¡hace comprender el Reino de Dios mejor que tantas palabras! ¡Son caricias de Dios!




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