martes, 23 de junio de 2015

Buenos días, 22 de junio de 2015. Santo Tomás Moro y San Juan Fisher


"La gente no se va de las empresas,
sino que huye de los malos jefes"
SANTORAL
Juan Fisher,
obispo (1469-1535), y
Tomás Moro,
seglar (1477 - 1535), mártires
Paulino de Nola, Adán, Nicetas, Juan, Liberto, obispos; Juan Fisher, cardenal; Tomás Moro, Canciller y mártir; Pompiano, Galación, Heraclio, Saturnino, Albano, Flavio, Clemente, mártires; Inocencio V, papa; Consorcia, virgen; Lamberto, abad; Arón, eremita; Domiciano, monje.


REFLEXIÓN:
Diógenes a Alejandro: “¿Por qué no te decides hoy?
Alejandro el grande, había hablado largo y tendido con el filósofo Diógenes y se convenció de su sabiduría. Al marcharse le dijo: ruego a los dioses que en la vida que me toque en mi próxima reencarnación no sea yo Alejandro sino Diógenes.
Y Diógenes le contestó: ¿”A qué esperar, para ello, a tu próxima reencarnación? Puedes serlo desde ahora si así lo deseas”.
Existe un diablo que se llama "mañana" y siempre nos aconseja dejar para mañana lo que tendríamos que hacer hoy. Es el diablo de le pereza que nos tienta a evitar el compromiso y a quedarnos a la ventana para ver qué pasa en el mundo. "Vamos a ver que pasa" decimos muy a menudo. S.Agustin, antes de su conversión, sentía que tenía que dejar de convivir con aquella mujer con la que estaba unido de hecho sin compromiso ninguno. Pedía a Dios el don de cortar con aquella relación y su oración era esta: "Dame o Dios el don de la castidad". Pero horrorizado por si Dios escuchase esta oración y le diese la gracia de ser casto, proseguía diciendo "pero no hoy, mañana"..
ORACIÓN:
Señor, gracias por este tiempo que puedo dedicar a la oración. Aunque no soy del mundo, las cosas pasajeras ejercen una fuerte atracción, pero creo y espero en Ti, porque eres fiel a tus promesas, por eso te pido la gracia de que me reveles la verdad sobre mi vida en esta oración.


Petición

Señor, concédeme no tener en la vida otra tarea, otra ocupación, otra ilusión que ser santificado en la verdad.


Meditación del Papa Francisco
Los mártires y la comunidad cristiana tuvieron que elegir entre seguir a Jesús o al mundo. Habían escuchado la advertencia del Señor de que el mundo los odiaría por su causa; sabían el precio de ser discípulos. Para muchos, esto significó persecución y, más tarde, la fuga a las montañas, donde formaron aldeas católicas. Estaban dispuestos a grandes sacrificios y a despojarse de todo lo que pudiera apartarles de Cristo –pertenencias y tierras, prestigio y honor–, porque sabían que sólo Cristo era su verdadero tesoro.
En nuestros días, muchas veces vemos cómo el mundo cuestiona nuestra fe, y de múltiples maneras se nos pide entrar en componendas con la fe, diluir las exigencias radicales del Evangelio y acomodarnos al espíritu de nuestro tiempo. Sin embargo, los mártires nos invitan a poner a Cristo por encima de todo y a ver todo lo demás en relación con él y con su Reino eterno. Nos hacen preguntarnos si hay algo por lo que estaríamos  dispuestos a morir.
Además, el ejemplo de los mártires nos enseña también la importancia de la caridad en la vida de fe. La autenticidad de su testimonio de Cristo, expresada en la aceptación de la igual dignidad de todos los bautizados, fue lo que les llevó a una forma de vida fraterna que cuestionaba las rígidas estructuras sociales de su época. Fue su negativa a separar el doble mandamiento del amor a Dios y amor al prójimo lo que les llevó a una solicitud tan fuerte por las necesidades de los hermanos. Su ejemplo tiene mucho que decirnos a nosotros, que vivimos en sociedades en las que, junto a inmensas riquezas, prospera silenciosamente la más denigrante pobreza; donde rara vez se escucha el grito de los pobres; y donde Cristo nos sigue llamando, pidiéndonos que le amemos y sirvamos tendiendo la mano a nuestros hermanos necesitados. (Homilía de S.S. Francisco, 16 de agosto de 2014).
Propósito

Hacer un examen de conciencia para ver cómo puedo dar mayor gloria a Dios con los dones que me ha dado.


Diálogo con Cristo

Señor, dejo en tus manos mis preocupaciones. Ayúdame a confiar en tu providencia, para que la revisión de mis actitudes y comportamiento, me ayude a vivir lo que creo. Sé que Tú estás conmigo, pero frecuentemente se me dificulta compartir mi fe con los demás. Dame la fortaleza para hablar de Ti y de tu amor, especialmente a mi familia.
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ESPECIAL BUENOS DÍAS
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El NOVIAZGO CAMINO de maduración en el amor
Audiencia general del Papa Francisco del miércoles 27 de mayo de 2015

Contenido

El noviazgo tiene que ver con la confianza, con la confidencia, con la fiabilidad. 
Confianza en la vocación que Dios nos da, 
Porque el matrimonio es, ante todo, el descubrimiento de una llamada de Dios. 
La libertad del vínculo requiere una armonía consciente de la decisión, no solo una mera consonancia de la atracción o del sentimiento, de un momento, de un tiempo breve… 
Requiere un camino. 
Dicho en otras palabras, el noviazgo es el tiempo durante el cual los dos están llamados a trabajar debidamente en el amor: 
Se trata de un trabajo participativo y compartido, que se adentra en la profundidad. 
Cada uno va descubriendo al otro progresivamente: 
Es decir que el hombre «aprende» a la mujer al aprender a esa mujer, su novia; y la mujer «aprende» al hombre al aprender a ese hombre, su novio. 
No infravaloremos la importancia de este aprendizaje: se trata de un hermoso compromiso, y el propio amor lo exige, porque no es tan solo una felicidad despreocupada, una emoción embelesada… 
El relato bíblico habla de toda la creación como de una hermosa obra del amor de Dios; 
El amor de Dios, que dio origen al mundo, no fue una decisión extemporánea. ¡No! Fue una hermosa labor. 
El amor de Dios creó las condiciones para una alianza irrevocable, sólida, destinada a durar. 
La alianza de amor entre el hombre y la mujer, alianza por la vida, no se improvisa, no se hace realidad de un día para otro. 
No existe el matrimonio exprés: hay que trabajar sobre el amor, hay que caminar. 
La alianza del amor del hombre y de la mujer se aprende y se perfecciona. 
Me permito decir que es una alianza artesanal. 
Hacer de dos vidas una sola vida es también casi un milagro, un milagro de la libertad y del corazón, encomendado a la fe. 
Tal vez deberíamos trabajar más en esto, porque nuestras «coordenadas sentimentales» han incurrido en cierta confusión. 
Quien pretende quererlo todo y enseguida, también cede después en todo —y enseguida— ante la primera dificultad (o ante la primera ocasión). 3
No hay esperanza para la confianza y la fidelidad del don de sí, si prevalece la costumbre de consumar el amor como una especie de «integrador» del bienestar psicofísico. ¡El amor no es eso! 
El noviazgo fija adecuadamente la voluntad de custodiar juntos algo que nunca deberá comprarse o venderse, traicionarse o abandonarse, por muy atractivo que resulte el ofrecimiento. 
Dios, cuando habla de la alianza con su pueblo, lo hace, en algunas ocasiones, en términos de noviazgo. 
La Iglesia, en su sabiduría, conserva la distinción entre ser novios y ser esposos. 
No es lo mismo— precisamente en consideración de la delicadeza y de la profundidad. 
Los símbolos fuertes del cuerpo poseen las llaves del alma: no podemos tratar los vínculos de la carne con despreocupación sin abrir alguna herida duradera en el espíritu (cf. 1 Cor 6, 15-20). 
Ciertamente, la cultura y la sociedad actuales se han vuelto bastantes indiferentes respectos a la delicadeza y a la seriedad propias de esta fase. ¡Y, por otro lado, no puede decirse que sean generosas con aquellos jóvenes que están seriamente intencionados a fundar un hogar y a traer hijos al mundo! 
El noviazgo es un itinerario de vida que ha de madurar como la fruta, es un camino de maduración en el amor, hasta el momento en que se convierte en matrimonio. 
Los cursillos prematrimoniales 
Constituyen una expresión especial de esta preparación. 
Muchas parejas están juntas mucho tiempo, tal vez incluso en la intimidad, en ocasiones conviviendo, pero no se conocen realmente. 
Hay que revalorizar el noviazgo como tiempo de conocimiento recíproco y de compartición de un proyecto. 
Hay que plantear el camino de preparación al matrimonio desde esta perspectiva, valiéndose también del testimonio —sencillo pero intenso— de cónyuges cristianos. 
Centrándonos en lo esencial: 
La Biblia, que hay que redescubrir juntos, de manera consciente; 
La oración en su dimensión litúrgica, pero también en esa «oración doméstica» que hay que vivir en la familia; 
Los sacramentos, la vida sacramental, la confesión, la comunión, en la que el Señor acude a habitar en los novios y los prepara a acogerse realmente el uno al otro «con la gracia de Cristo»; 
La fraternidad con los pobres, con los necesitados, que nos instan a la sobriedad y a la compartición. 
¡Los novios que se implican en ello crecen los dos, y todo esto los impulsa a preparar una hermosa celebración del matrimonio de manera distinta, no mundana, sino cristiana! 
Pensemos en las palabras de Dios cuando habla a su pueblo como el novio a la novia: 
«Me desposaré contigo para siempre, me desposaré contigo en justicia y en derecho, en misericordia y en ternura, me desposaré contigo en fidelidad y conocerás al Señor» (Os 2, 21-22). 
Que cada pareja de novios piense en esto, y que se digan el uno al otro: «Me desposaré contigo». 
Esperar ese momento; es un momento, es un itinerario que procede lentamente hacia delante, pero es un itinerario de maduración. 
No hay que quemar las etapas del camino. La maduración se realiza así, paso a paso. 
El tiempo del noviazgo puede convertirse también en un tiempo de iniciación. ¿A qué? ¡A la sorpresa! 
A la sorpresa de los dones espirituales con los que el Señor, a través de la Iglesia, enriquece el horizonte de la nueva familia que se dispone a vivir en su bendición. 


El noviazgo tiene que ver con la confianza, con la confidencia, con la fiabilidad. 
Confianza en la vocación que Dios nos da, 
Porque el matrimonio es, ante todo, el descubrimiento de una llamada de Dios. 
La libertad del vínculo requiere una armonía consciente de la decisión, no solo una mera consonancia de la atracción o del sentimiento, de un momento, de un tiempo breve… 
Requiere un camino. 
Dicho en otras palabras, el noviazgo es el tiempo durante el cual los dos están llamados a trabajar debidamente en el amor: 
Se trata de un trabajo participativo y compartido, que se adentra en la profundidad. 
Cada uno va descubriendo al otro progresivamente: 
Es decir que el hombre «aprende» a la mujer al aprender a esa mujer, su novia; y la mujer «aprende» al hombre al aprender a ese hombre, su novio. 
No infravaloremos la importancia de este aprendizaje: se trata de un hermoso compromiso, y el propio amor lo exige, porque no es tan solo una felicidad despreocupada, una emoción embelesada… 
El relato bíblico habla de toda la creación como de una hermosa obra del amor de Dios; 
El amor de Dios, que dio origen al mundo, no fue una decisión extemporánea. ¡No! Fue una hermosa labor. 
El amor de Dios creó las condiciones para una alianza irrevocable, sólida, destinada a durar. 
La alianza de amor entre el hombre y la mujer, alianza por la vida, no se improvisa, no se hace realidad de un día para otro. 
No existe el matrimonio exprés: hay que trabajar sobre el amor, hay que caminar. 
La alianza del amor del hombre y de la mujer se aprende y se perfecciona. 
Me permito decir que es una alianza artesanal. 
Hacer de dos vidas una sola vida es también casi un milagro, un milagro de la libertad y del corazón, encomendado a la fe. 
Tal vez deberíamos trabajar más en esto, porque nuestras «coordenadas sentimentales» han incurrido en cierta confusión. 
Quien pretende quererlo todo y enseguida, también cede después en todo —y enseguida— ante la primera dificultad (o ante la primera ocasión). 3
No hay esperanza para la confianza y la fidelidad del don de sí, si prevalece la costumbre de consumar el amor como una especie de «integrador» del bienestar psicofísico. ¡El amor no es eso! 
El noviazgo fija adecuadamente la voluntad de custodiar juntos algo que nunca deberá comprarse o venderse, traicionarse o abandonarse, por muy atractivo que resulte el ofrecimiento. 
Dios, cuando habla de la alianza con su pueblo, lo hace, en algunas ocasiones, en términos de noviazgo. 
La Iglesia, en su sabiduría, conserva la distinción entre ser novios y ser esposos. 
—No es lo mismo— precisamente en consideración de la delicadeza y de la profundidad. 
Los símbolos fuertes del cuerpo poseen las llaves del alma: no podemos tratar los vínculos de la carne con despreocupación sin abrir alguna herida duradera en el espíritu (cf. 1 Cor 6, 15-20). 
Ciertamente, la cultura y la sociedad actuales se han vuelto bastantes indiferentes respectos a la delicadeza y a la seriedad propias de esta fase. ¡Y, por otro lado, no puede decirse que sean generosas con aquellos jóvenes que están seriamente intencionados a fundar un hogar y a traer hijos al mundo! 
El noviazgo es un itinerario de vida que ha de madurar como la fruta, es un camino de maduración en el amor, hasta el momento en que se convierte en matrimonio. 
Los cursillos prematrimoniales 
Constituyen una expresión especial de esta preparación. 
Muchas parejas están juntas mucho tiempo, tal vez incluso en la intimidad, en ocasiones conviviendo, pero no se conocen realmente. 
Hay que revalorizar el noviazgo como tiempo de conocimiento recíproco y de compartición de un proyecto. 3
Hay que plantear el camino de preparación al matrimonio desde esta perspectiva, valiéndose también del testimonio —sencillo pero intenso— de cónyuges cristianos. 
Centrándonos en lo esencial: 
La Biblia, que hay que redescubrir juntos, de manera consciente; 
La oración en su dimensión litúrgica, pero también en esa «oración doméstica» que hay que vivir en la familia; 3
Los sacramentos, la vida sacramental, la confesión, la comunión, en la que el Señor acude a habitar en los novios y los prepara a acogerse realmente el uno al otro «con la gracia de Cristo»; 
La fraternidad con los pobres, con los necesitados, que nos instan a la sobriedad y a la compartición. 3
¡Los novios que se implican en ello crecen los dos, y todo esto los impulsa a preparar una hermosa celebración del matrimonio de manera distinta, no mundana, sino cristiana! 
Pensemos en las palabras de Dios cuando habla a su pueblo como el novio a la novia: 
«Me desposaré contigo para siempre, me desposaré contigo en justicia y en derecho, en misericordia y en ternura, me desposaré contigo en fidelidad y conocerás al Señor» (Os 2, 21-22). 
Que cada pareja de novios piense en esto, y que se digan el uno al otro: «Me desposaré contigo». 
Esperar ese momento; es un momento, es un itinerario que procede lentamente hacia delante, pero es un itinerario de maduración. 
No hay que quemar las etapas del camino. La maduración se realiza así, paso a paso. 
El tiempo del noviazgo puede convertirse también en un tiempo de iniciación. ¿A qué? ¡A la sorpresa! 
A la sorpresa de los dones espirituales con los que el Señor, a través de la Iglesia, enriquece el horizonte de la nueva familia que se dispone a vivir en su bendición. 

EXTRACTO
TEXTO INTEGRO

El noviazgo tiene que ver con la confianza, con la confidencia, con la fiabilidad.


Confianza en la vocación que Dios nos da,


  • Porque el matrimonio es, ante todo, el descubrimiento de una llamada de Dios.


  • La libertad del vínculo requiere una armonía consciente de la decisión, no solo una mera consonancia de la atracción o del sentimiento, de un momento, de un tiempo breve…


Requiere un camino.


Dicho en otras palabras, el noviazgo es el tiempo durante el cual los dos están llamados a trabajar debidamente en el amor:


  • Se trata de un trabajo participativo y compartido, que se adentra en la profundidad.


  • Cada uno va descubriendo al otro progresivamente:

  • Es decir que el hombre «aprende» a la mujer al aprender a esa mujer, su novia; y la mujer «aprende» al hombre al aprender a ese hombre, su novio.


  • No infravaloremos la importancia de este aprendizaje: se trata de un hermoso compromiso, y el propio amor lo exige, porque no es tan solo una felicidad despreocupada, una emoción embelesada…


El relato bíblico habla de toda la creación como de una hermosa obra del amor de Dios;


  • El amor de Dios, que dio origen al mundo, no fue una decisión extemporánea. ¡No! Fue una hermosa labor.


  • El amor de Dios creó las condiciones para una alianza irrevocable, sólida, destinada a durar.


La alianza de amor entre el hombre y la mujer, alianza por la vida, no se improvisa, no se hace realidad de un día para otro.



  • No existe el matrimonio exprés: hay que trabajar sobre el amor, hay que caminar.


  • La alianza del amor del hombre y de la mujer se aprende y se perfecciona.


  • Me permito decir que es una alianza artesanal.


  • Hacer de dos vidas una sola vida es también casi un milagro, un milagro de la libertad y del corazón, encomendado a la fe.


  • Tal vez deberíamos trabajar más en esto, porque nuestras «coordenadas sentimentales» han incurrido en cierta confusión.


  • Quien pretende quererlo todo y enseguida, también cede después en todo —y enseguida— ante la primera dificultad (o ante la primera ocasión).


No hay esperanza para la confianza y la fidelidad del don de sí, si prevalece la costumbre de consumar el amor como una especie de «integrador» del bienestar psicofísico. ¡El amor no es eso!


  • El noviazgo fija adecuadamente la voluntad de custodiar juntos algo que nunca deberá comprarse o venderse, traicionarse o abandonarse, por muy atractivo que resulte el ofrecimiento.


  • Dios, cuando habla de la alianza con su pueblo, lo hace, en algunas ocasiones, en términos de noviazgo.


Seguid adelante, leedlo y veréis la belleza, el sufrimiento, pero también la fidelidad de los novios.

La Iglesia, en su sabiduría, conserva la distinción entre ser novios y ser esposos.


  • —No es lo mismo— precisamente en consideración de la delicadeza y de la profundidad.


  • Los símbolos fuertes del cuerpo poseen las llaves del alma: no podemos tratar los vínculos de la carne con despreocupación sin abrir alguna herida duradera en el espíritu (cf. 1 Cor 6, 15-20).


  • Ciertamente, la cultura y la sociedad actuales se han vuelto bastantes indiferentes respectos a la delicadeza y a la seriedad propias de esta fase. ¡Y, por otro lado, no puede decirse que sean generosas con aquellos jóvenes que están seriamente intencionados a fundar un hogar y a traer hijos al mundo!


  • El noviazgo es un itinerario de vida que ha de madurar como la fruta, es un camino de maduración en el amor, hasta el momento en que se convierte en matrimonio.



Los cursillos prematrimoniales


  • Constituyen una expresión especial de esta preparación.


  • Muchas parejas están juntas mucho tiempo, tal vez incluso en la intimidad, en ocasiones conviviendo, pero no se conocen realmente.


  • Hay que revalorizar el noviazgo como tiempo de conocimiento recíproco y de compartición de un proyecto.


  • Hay que plantear el camino de preparación al matrimonio desde esta perspectiva, valiéndose también del testimonio —sencillo pero intenso— de cónyuges cristianos.


Centrándonos en lo esencial:


  • La Biblia, que hay que redescubrir juntos, de manera consciente;

  • La oración en su dimensión litúrgica, pero también en esa «oración doméstica» que hay que vivir en la familia;


  • Los sacramentos, la vida sacramental, la confesión, la comunión, en la que el Señor acude a habitar en los novios y los prepara a acogerse realmente el uno al otro «con la gracia de Cristo»;


  • La fraternidad con los pobres, con los necesitados, que nos instan a la sobriedad y a la compartición.


  • ¡Los novios que se implican en ello crecen los dos, y todo esto los impulsa a preparar una hermosa celebración del matrimonio de manera distinta, no mundana, sino cristiana!


Pensemos en las palabras de Dios cuando habla a su pueblo como el novio a la novia:


  • «Me desposaré contigo para siempre, me desposaré contigo en justicia y en derecho, en misericordia y en ternura, me desposaré contigo en fidelidad y conocerás al Señor» (Os 2, 21-22).


  • Que cada pareja de novios piense en esto, y que se digan el uno al otro: «Me desposaré contigo».


  • Esperar ese momento; es un momento, es un itinerario que procede lentamente hacia delante, pero es un itinerario de maduración.


  • No hay que quemar las etapas del camino. La maduración se realiza así, paso a paso.


El tiempo del noviazgo puede convertirse también en un tiempo de iniciación. ¿A qué? ¡A la sorpresa!


A la sorpresa de los dones espirituales con los que el Señor, a través de la Iglesia, enriquece el horizonte de la nueva familia que se dispone a vivir en su bendición.


Ahora os invito a rezar a la Sagrada Familia de Nazaret: Jesús, José y María. A rezar para que la familia recorra este camino de preparación; a rezar por los novios. Recemos todos juntos a la Virgen un Avemaría por todos los novios, para que puedan entender la belleza de este camino hacia el matrimonio. [«Dios te salve, María…»]. Y a los novios que estáis en la plaza: «¡Feliz camino de noviazgo!».


Queridos hermanos y hermanas: ¡Buenos días!
Prosiguiendo estas catequesis sobre la familia, hoy quisiera hablar del noviazgo. El noviazgo —la misma palabra lo deja percibir (*)— tiene que ver con la confianza, con la confidencia, con la fiabilidad. Confianza en la vocación que Dios nos da, porque el matrimonio es, ante todo, el descubrimiento de una llamada de Dios. Ciertamente es cosa buena que hoy los jóvenes puedan optar por casarse sobre la base de un amor recíproco. Pero precisamente la libertad del vínculo requiere una armonía consciente de la decisión, no solo una mera consonancia de la atracción o del sentimiento, de un momento, de un tiempo breve… Requiere un camino.
Dicho en otras palabras, el noviazgo es el tiempo durante el cual los dos están llamados a trabajar debidamente en el amor: se trata de un trabajo participativo y compartido, que se adentra en la profundidad. Cada uno va descubriendo al otro progresivamente: es decir que el hombre «aprende» a la mujer al aprender a esa mujer, su novia; y la mujer «aprende» al hombre al aprender a ese hombre, su novio. No infravaloremos la importancia de este aprendizaje: se trata de un hermoso compromiso, y el propio amor lo exige, porque no es tan solo una felicidad despreocupada, una emoción embelesada… El relato bíblico habla de toda la creación como de una hermosa obra del amor de Dios; el Libro del Génesis dice que «vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno» (Gen 1, 31). Solo al final Dios «descansó». Gracias a esta imagen comprendemos que el amor de Dios, que dio origen al mundo, no fue una decisión extemporánea. ¡No! Fue una hermosa labor. El amor de Dios creó las condiciones para una alianza irrevocable, sólida, destinada a durar.
La alianza de amor entre el hombre y la mujer, alianza por la vida, no se improvisa, no se hace realidad de un día para otro. No existe el matrimonio exprés: hay que trabajar sobre el amor, hay que caminar. La alianza del amor del hombre y de la mujer se aprende y se perfecciona. Me permito decir que es una alianza artesanal. Hacer de dos vidas una sola vida es también casi un milagro, un milagro de la libertad y del corazón, encomendado a la fe. Tal vez deberíamos trabajar más en esto, porque nuestras «coordenadas sentimentales» han incurrido en cierta confusión. Quien pretende quererlo todo y enseguida, también cede después en todo —y enseguida— ante la primera dificultad (o ante la primera ocasión). No hay esperanza para la confianza y la fidelidad del don de sí, si prevalece la costumbre de consumar el amor como una especie de «integrador» del bienestar psicofísico. ¡El amor no es eso! El noviazgo fija adecuadamente la voluntad de custodiar juntos algo que nunca deberá comprarse o venderse, traicionarse o abandonarse, por muy atractivo que resulte el ofrecimiento. Y también Dios, cuando habla de la alianza con su pueblo, lo hace, en algunas ocasiones, en términos de noviazgo. En el Libro de Jeremías, hablando al pueblo que se había alejado de él, le recuerda el tiempo en que dicho pueblo era la «novia» de Dios, y dice así: «Recuerdo tu cariño juvenil, el amor que me tenías de novia» (2, 2). Y Dios recorre ese itinerario de noviazgo; después hace también una promesa —la hemos escuchado al principio de la Audiencia, en el Libro de Oseas—: «Me desposaré contigo para siempre, me desposaré contigo en justicia y en derecho, en misericordia y en ternura, me desposaré contigo en fidelidad y conocerás al Señor» (2, 21-22). Es un largo itinerario el que el Señor recorre con su pueblo en ese camino de noviazgo. Al final, Dios se casa con su pueblo en Jesucristo: se casa con la Iglesia en Jesús. El Pueblo de Dios es la esposa de Jesús. Pero ¡qué camino tan largo! Pero vosotros, los italianos, tenéis en vuestra literatura una obra maestra sobre el noviazgo [Los novios, de Alessandro Manzoni]: es preciso que los chicos la conozcan, que la lean; es una obra maestra en la que se narra la historia de unos novios que han sufrido mucho dolor, que han recorrido un camino plagado de dificultades hasta llegar al final, al matrimonio. No arrinconéis esta obra maestra sobre el noviazgo que la literatura italiana os ha ofrecido precisamente a vosotros. Seguid adelante, leedlo y veréis la belleza, el sufrimiento, pero también la fidelidad de los novios.
La Iglesia, en su sabiduría, conserva la distinción entre ser novios y ser esposos —no es lo mismo— precisamente en consideración de la delicadeza y de la profundidad de esta comprobación. Procuremos no despreciar con ligereza tan sabia enseñanza, que se alimenta también de la experiencia del amor conyugal felizmente vivido. Los símbolos fuertes del cuerpo poseen las llaves del alma: no podemos tratar los vínculos de la carne con despreocupación sin abrir alguna herida duradera en el espíritu (cf. 1 Cor 6, 15-20).
Ciertamente, la cultura y la sociedad actuales se han vuelto bastante indiferentes respecto a la delicadeza y a la seriedad propias de esta fase. ¡Y, por otro lado, no puede decirse que sean generosas con aquellos jóvenes que están seriamente intencionados a fundar un hogar y a traer hijos al mundo! Antes al contrario, a menudo les ponen mil obstáculos, tanto mentales como prácticos. El noviazgo es un itinerario de vida que ha de madurar como la fruta, es un camino de maduración en el amor, hasta el momento en que se convierte en matrimonio.
Los cursillos prematrimoniales constituyen una expresión especial de esta preparación. Y vemos a muchas parejas que acuden tal vez al curso algo a desgana: «¡Estos curas, que nos obligan a hacer un curso! Pero ¿por qué? ¡Cualquiera lo sabe!», y acuden a desgana. Pero después quedan contentas y dan las gracias, porque, en efecto, ahí han tenido la ocasión —¡a menudo la única!— de reflexionar sobre su experiencia en términos no triviales. Sí: muchas parejas están juntas mucho tiempo, tal vez incluso en la intimidad, en ocasiones conviviendo, pero no se conocen realmente. Esto puede parecer extraño, pero la experiencia demuestra que es así. Por eso hay que revalorizar el noviazgo como tiempo de conocimiento recíproco y de compartición de un proyecto. Hay que plantear el camino de preparación al matrimonio desde esta perspectiva, valiéndose también del testimonio —sencillo pero intenso— de cónyuges cristianos. Y, también aquí, centrándonos en lo esencial: la Biblia, que hay que redescubrir juntos, de manera consciente; la oración en su dimensión litúrgica, pero también en esa «oración doméstica» que hay que vivir en la familia; los sacramentos, la vida sacramental, la confesión, la comunión, en la que el Señor acude a habitar en los novios y los prepara a acogerse realmente el uno al otro «con la gracia de Cristo»; y la fraternidad con los pobres, con los necesitados, que nos instan a la sobriedad y a la compartición. ¡Los novios que se implican en ello crecen los dos, y todo esto los impulsa a preparar una hermosa celebración del matrimonio de manera distinta, no mundana, sino cristiana! Pensemos en las palabras de Dios que hemos escuchado, cuando habla a su pueblo como el novio a la novia: «Me desposaré contigo para siempre, me desposaré contigo en justicia y en derecho, en misericordia y en ternura, me desposaré contigo en fidelidad y conocerás al Señor» (Os 2, 21-22). Que cada pareja de novios piense en esto, y que se digan el uno al otro: «Me desposaré contigo». Esperar ese momento; es un momento, es un itinerario que procede lentamente hacia delante, pero es un itinerario de maduración. No hay que quemar las etapas del camino. La maduración se realiza así, paso a paso.
El tiempo del noviazgo puede convertirse también en un tiempo de iniciación. ¿A qué? ¡A la sorpresa! A la sorpresa de los dones espirituales con los que el Señor, a través de la Iglesia, enriquece el horizonte de la nueva familia que se dispone a vivir en su bendición. Ahora os invito a rezar a la Sagrada Familia de Nazaret: Jesús, José y María. A rezar para que la familia recorra este camino de preparación; a rezar por los novios. Recemos todos juntos a la Virgen un Avemaría por todos los novios, para que puedan entender la belleza de este camino hacia el matrimonio. [«Dios te salve, María…»]. Y a los novios que estáis en la plaza: «¡Feliz camino de noviazgo!».
(*) El término italiano fidanzamento, empleado por el Papa en su catequesis y equivalente al español «noviazgo», diferentemente de este, guarda relación, desde el punto de vista etimológico, con las palabras «confianza», «confidencia» y «fiabilidad». De ahí la afirmación del Santo Padre. [N. del T.]
Saludo en español al final de la Audiencia
Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y de América Latina. Invito a todos, especialmente a los esposos cristianos, a acompañar con la oración y el testimonio de amor y fidelidad, a los jóvenes novios que se preparan para el matrimonio. Muchas gracias.


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