jueves, 28 de mayo de 2015

Buenos días, 28 de mayo de 2015. San Germán



"Eres lo que el pincel en manos del artista y nada más.
Para qué sirve un pincel, si no deja hacer al pintor.
(San Josemaría Escrivá)




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SANTORAL
Germán,
obispo († 576)

Justo, Senador, Germán, Nicéforo, Podio, Juvenal, Lanfranco, obispos; Emilio, Félix, Priamo, Feliciano, Crescente, Luciano, Eladio, Pablo, Elconida, Dioscórides, Carauno, Víctor, mártires; Eugenio, Justo, confesores; Guillermo, eremita.
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A la Virgen María le vas a presentar hoy la modestia, esto es, un todo ordenado y bien compuesto en el alma y en el cuerpo.
Entumecerse, hincharse y ensoberbecerse es tomar una figura espiritual monstruosa. Evita esta descompostura y al poner tu flor en manos de María, le dirás la oración de abajo.

FLOR DEL 28 DE MAYO: La violeta

La violeta es una flor que si bien no viene en el mes de mayo, pero se nos anticipa para darnos noticia que se pasaron los hielos, se derritieron las nieves, y que está próxima la estación bella de la primavera. Representa la virtud de la modestia.

ORACIÓN DE OFRENDA A LA VIRGEN
Señora: Por la presentación de este mi ramillete yo me comprometo hoy a guardar siempre modestia interior y exterior. Recibid una flor que tanto Vos amasteis: aceptad mis resoluciones y haced que tengan fuerza y eficacia.
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REFLEXIÓN:

Quemar las naves

Antes del año 335 A.C., al llegar a la costa Fenicia, Alejandro Magno debió enfrentar una de sus más grandes batallas.

Al desembarcar, comprendió que los soldados enemigos superaban en cantidad, tres veces mayor, a su gran ejército.

Sus hombres estaban atemorizados y no encontraban motivación para enfrentar la lucha; habían perdido la fe y se daban por derrotados. El temor había acabado con aquellos guerreros invencibles.

Cuando Alejandro Magno hubo desembarcado a todos sus hombres en la costa enemiga, dio la orden de que fueran quemadas todas sus naves.

Mientras los barcos se consumían en llamas y se hundían en el mar, reunió a sus hombres y les dijo: Observen como se queman los barcos… esa es la única razón por la que debemos vencer, ya que si no ganamos no podemos volver a nuestros hogares y ninguno de nosotros podrá reunirse con su familia nuevamente, ni podrá abandonar esta tierra que hoy despreciamos. Debemos salir victoriosos en esta batalla, ya que solo hay un camino de vuelta y es por mar…

Caballeros, cuando regresemos a casa, lo haremos de la única forma posible, en los barcos de nuestros enemigos”:

Cuantas veces la falta de fe, el temor y la inseguridad, el estar atado a lo seguro nos priva de conseguir nuevos éxitos, nos hace renunciar a los cambios, nos hace renunciar a los sueños, nos hace negar los anhelos y las metas que están grabadas en lo más profundo de nuestros corazones.

Cuantas veces la seguridad de poseer algo nos hace renunciar a la posibilidad de conseguir mucho más; cuantas veces lo que tenemos fácilmente a nuestro alcance nos impide crecer, haciendo que la seguridad se convierta en mediocridad, en fracaso, en monotonía.

Debemos saber que perseverando todo puede lograrse.

Que el amor y la fe nos dan la fuerza necesaria para obrar milagros en nuestras vidas si lo deseamos. Que las personas perseverantes inician su éxito donde otras acaban por fracasar. Que ningún camino es demasiado parra un hombre que avanza decidido y sin prisas, teniendo claro sus objetivos.

Él ejercito de Alejandro Magno venció en aquella batalla, regresando a su tierra a bordo de los barcos conquistados al enemigo.

Los mejores hombres no son aquellos que han esperado las oportunidades, sino quienes las han buscado y las han aprovechado a tiempo; quienes han asediado a la oportunidad, quienes la han conquistado.

La conquista puede ser un amor, conocimientos, trabajo, riquezas materiales o espirituales. Todo está a tu alcance. Tú puedes plantearte las metas y los objetivos que deseas.

Las condiciones para lograr éxitos no son siempre fáciles.

No hay otro método que trabajar duro, ser tenaz, soportar, tener fe, luchar, creer siempre, no rendirse y jamás volver la espalda.


ORACIÓN:

Oración para pedir los dones y frutos del Espíritu Santo

Ven, Espíritu Creador, visita las almas de los fieles; e inunda con tu gracia los corazones que Tú creaste.


Espíritu de Sabiduría, que conoces mis pensamientos más secretos, y mis deseos más íntimos, buenos y malos; ilumíname y hazme conocer lo bueno para obrarlo, y lo malo para detestarlo sinceramente.

Intensifica mi vida interior, por el don de Entendimiento.

Aconséjame en mis dudas y vacilaciones, por el don de Consejo.

Dame la energía necesaria en la lucha contra mis pasiones, por el don de Fortaleza.

Envuelve todo mi proceder en un ambiente sobrenatural, por el don de Ciencia.

Haz que me sienta hijo tuyo en todas las vicisitudes de la vida, y acuda a Ti, cual niño con afecto filial, por el don de Piedad.

Concédeme que Te venere y Te ame cual lo mereces; que ande con cautela en el sendero del bien, guiado por el don del santo Temor de Dios; que tema el pecado más que ningún otro mal; que prefiera perderlo todo antes que tu gracia; y que llegue un día a aquella feliz morada, donde Tú serás nuestra Luz y Consuelo, y, cual tierna madre; enjugas “toda lágrima de nuestros ojos”, donde no hay llanto ni dolor alguno, sino eterna felicidad. Así sea.


ORACIÓN PARA PEDIR LOS FRUTOS 


Espíritu de Caridad, haznos amar a Dios y a nuestros semejantes como Tú quieres que los amemos.

Espíritu de Gozo, otórganos la santa alegría, propia de los que viven en tu gracia.

Espíritu de Paz, concédenos tu paz, aquella paz que el mundo no puede dar.

Espíritu de Paciencia, enséñanos a sobrellevar las adversidades de la vida sin indagar el por qué de ellas y sin quejarnos.

Espíritu de Benignidad, haz que juzguemos y tratemos a todos con benevolencia sincera y rostro sonriente, reflejo de tu infinita suavidad.

Espíritu de Bondad, concédenos el desvivirnos por los demás, y derramar a manos llenas, cuantas obras buenas nos inspires.

Espíritu de Longanimidad, enséñanos a soportar las molestias y flaquezas de los demás, como deseamos soporten las nuestras.

Espíritu de Mansedumbre, haznos mansos y humildes de corazón, a ejemplo del Divino Corazón de Jesús, obra maestra de la creación.

Espíritu de Fe, otórganos el no vacilar en nuestra fe, y vivir siempre de acuerdo con las enseñanzas de Cristo, e iluminados por tus santas inspiraciones.

Espíritu de Modestia, enséñanos a ser recatados con nosotros mismos, a fin de no servir nunca de tentación a los demás.

Espíritu de Continencia, haznos puros y limpios en nuestra vida interior, y enérgicos en rechazar cuanto pudiera manchar el vestido blanco de la gracia.

Espíritu de Castidad, concédenos la victoria sobre nosotros mismos; haznos prudentes y castos; sobrios y mortificados; perseverantes en la oración y amantes de Ti, oh Dios del Amor hermoso.

Así sea.

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ESPECIAL BUENOS DÍAS
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LOS HIJOS NECESITAN UN PADRE QUE LES ESPERA TRAS SUS FRACASOS. EL PAPA FRANCISCO

Audiencia general dedicada a los valores positivos de la paternidad
También san José fue tentado de dejar a María, cuando descubrió que estaba embarazada; pero intervino el ángelus del Señor que le reveló el designio de Dios y su misión de padre putativo; y José, hombre justo, “tomó consigo a su esposa» ( Mt 1,24) y se convirtió en el padre de la familia de Nazaret.

Toda familia necesita al padre. Hoy nos detenemos sobre el valor de su papel, y quisiera partir de algunas expresiones que se encuentran en el Libro de los Proverbios, palabras que un padre dirige a su hijo: “Hijo mío, si tu corazón es sabio, también el mío se colmará de alegría. Exultaré dentro de mí, cuando tus labios dirán palabras rectas” ( Pr 23,15-16). No se podría expresar mejor el orgullo y la conmoción de un padre que reconoce haber transmitido al hijo lo que de verdad importa en la vida, es decir, un corazón sabio.

Este padre no dice: “Estoy orgulloso de ti porque eres igual que yo, porque repites lo que yo digo y hago”. No, le dice algo mucho más importante, que podríamos interpretar así: “Seré feliz cada vez que te veré actuar con sabiduría, y me conmoveré cada vez que te escucharé hablar con rectitud. Esto es lo que yo he querido dejarte, para que se convirtiera en algo tuyo: la actitud a escuchar y actuar, a hablar y juzgar con sabiduría y rectitud. Y para que pudieras ser así, te enseñé cosas que no sabías, corregí errores que no veías.

Te hice sentir un afecto profundo y al mismo tiempo discreto, que quizás no reconocías plenamente cuando eras joven e incierto. Te di un testimonio de rigor y de firmeza que quizás no entendías, cuando habrías querido sólo complicidad y protección. Tuve yo mismo, el primero, ponerme a la prueba de la sabiduría del corazón, y vigilar los excesos del sentimiento y del resentimiento, para llevar el peso de las inevitables incomprensiones y encontrar las palabras justas para hacerme entender. Ahora, cuando veo que tu buscas ser así con tus hijos, y con todos, me conmuevo. Estoy feliz y satisfecho”.

Un padre sabe bien cuánto cuesta transmitir esta herencia: cuánta cercanía, cuánta dulzura y cuánta firmeza. Pero, ¡qué consolación y qué recompensa se recibe, cuando los hijos hacen honor a esta herencia! Es una alegría que rescata toda fatiga, que supera toda incomprensión y cura toda herida.

La primera necesidad, por tanto, es precisamente esta: que el padre esté presente en la familia. Que sea cercano a su mujer, para compartir todo, alegrías y dolores, fatigas y esperanzas. Y que sea cercano a los hijos en su crecimiento: cuando juegan y cuando se comprometen, cuando están despreocupados y cuando están angustiados, cuando se expresan y cuando están taciturnos, cuando se atreven y cuando tienen miedo, cuando se equivocan y cuando vuelven a encontrar el camino.

El Evangelio nos habla de la ejemplaridad del Padre que está en los cielos – el único, dice Jesús, que puede ser llamado verdaderamente “Padre bueno” (cfr Mc 10,18). Todos conocen esa extraordinaria parábola llamada del “hijo pródigo”, o mejor del “padre misericordioso”, que se encuentra en el Evangelio de Lucas (cfr 15,11-32). ¡Cuánta dignidad y cuánta ternura en la espera de ese padre que está a la puerta de casa esperando que el hijo vuelva!

Un buen padre sabe esperar y sabe perdonar, desde lo profundo del corazón. Ciertamente, sabe también corregir con firmeza: no es un padre débil, que se rinde, sentimental. El padre que sabe corregir sin descorazonar es el mismo que sabe proteger sin ahorrarse nada.

Por tanto si hay alguien que puede explicar hasta el fondo la oración del “Padre nuestro”, enseñada por Jesús, este es precisamente quien vive en primera persona la paternidad. Sin la gracia que viene del Padre que está en el cielo, los padres pierden valor y abandonan el campo. Pero los hijos necesitan encontrar un padre que les espera cuando vuelven de sus fracasos. Harán de todo para no admitirlo, para no hacerlo ver, pero lo necesitan; y no encontrarle abre en ellos heridas difíciles de curar.

La Iglesia, nuestra madre, está comprometida en apoyar con todas sus fuerzas la presencia buena y generosa de los padres en las familias, porque ellos son para las nuevas generaciones custodios y mediadores insustituibles de la fe en la bondad, en la justicia y en la protección de Dios, como san José.





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