jueves, 23 de abril de 2015

Buenos días, 23 de abril de 2015. San Jorge

Los grandes espíritus siempre han encontrado una violenta oposición de parte de mentes mediocres”.
Einstein
 


VIDEO
 
 

SANTORAL
 
Jorge,
mártir († c. a. 303)
 
Gerardo, Márolo, Ibar, obispos; Adalberto, obispo y mártir; Félix, Terino, Fortunato, Aquiles, diáconos y mártires; Etelredo, rey; Alejandro Sauli, obispo; Gil, monje; Elena, viuda (beatos).
 


 
 
REFLEXIÓN:
 
Cinco cosas que la gente lamenta en su lecho de muerte
Testimonio de una enfermera y escritora australiana que pasó varios años de su vida cuidando a enfermos terminales
Bonnie Ware es una enfermera y escritora australiana que pasó varios años de su vida cuidando a enfermos terminales. Recientemente escribió un libro titulado “El top cinco de las cosas que lamentan las personas en su lecho de muerte”. Se trata de las memorias de su vida y cómo ésta fue transformada a través de los arrepentimientos de los enfermos terminales que cuidó. 
1. Ojalá hubiera tenido el coraje de vivir una vida fiel a mí mismo, no la vida que otros esperaban de mí. Este fue el lamento más común de todos. Cuando las personas se dan cuenta de que su vida está a punto de terminar y miran hacia atrás con claridad, es fácil ver cuántos sueños no se han cumplido. La mayoría de la gente no había cumplido aún la mitad de sus sueños y tenía que morir sabiendo que era debido a las elecciones que habían hecho, o que no hicieron. 


2. Ojalá no hubiera trabajado tan duro. “Esto salió de cada paciente de sexo masculino que cuidé” relata la enfermera. Se perdieron la juventud de sus hijos y la compañía de su pareja. Las mujeres también hablaron de este pesar. Pero como la mayoría eran de una generación anterior, muchos de los pacientes de sexo femenino no había sido el sostén de su familia. Todos los hombres que cuidé lamentaron profundamente el haber gastado tanto sus vidas en la cinta de una existencia de trabajo. 

3. Ojalá hubiera tenido el coraje para expresar mis sentimientos. Muchas personas suprimieron sus sentimientos con el fin de mantener la paz con los demás. Como resultado, se conformaron con una existencia mediocre y nunca llegaron a ser lo que eran realmente capaces de llegar a ser. Muchas enfermedades se desarrollan como un resultado relacionado con la amargura y el resentimiento que cargan. 

4. Me hubiera gustado haber estado en contacto con mis amigos. A menudo no se dan cuenta realmente de los beneficios de los viejos amigos hasta después de semanas de convalecencia, y no siempre fue posible localizarlos. Muchos de ellos habían llegado a estar tan atrapados en sus propias vidas que habían dejado que amistades de oro se desvanecieran por el paso de los años. Pese a los lamentos profundos acerca de no dar a las amistades el tiempo y el esfuerzo que se merecían. 
5. Me hubiese gustado permitirme a mí mismo ser más feliz. Esta es una sorprendentemente común. Muchos no se dieron cuenta hasta el final, que la felicidad es una elección. Se habían quedado atrapados en patrones y hábitos antiguos. El miedo al cambio les había hecho vivir fingiendo a los demás, y a ellos mismos, que estaban contentos. Cuando muy adentro, anhelaban reír de verdad y tener esa estupidez en su vida de nuevo.
Artículo originalmente publicado por lafamilia.info
 
 
ORACIÓN:
 
Señor, creo en Ti. Humildemente te suplico que permitas que esta meditación me ayude a comprender que tu Palabra es mi luz y mi fortaleza, el alimento de mi alma, la fuente perenne de mi vida espiritual.


Petición

Señor, ayúdame a ser parte activa de tu Cuerpo, de la Iglesia, con mi oración y mi trabajo. Aumenta mi amor por la Iglesia de la que soy parte, de tu mismo Cuerpo.


Meditación del Papa Francisco
 
No se comprende bien si no entendemos lo que Jesús nos dice en el Evangelio. Jesús dice a los judíos: "Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces conoceréis que soy yo". En el desierto ha sido por tanto elevado el pecado, pero es un pecado que busca la salvación, porque se cura allí. El que es elevado es el Hijo del hombre, el verdadero Salvador, Jesucristo.
El cristianismo no es una doctrina filosófica, no es un programa de vida para sobrevivir, para ser educados, para hacer las paces. Estas son las consecuencias. El cristianismo es una persona, una persona elevada en la Cruz, una persona que se aniquiló a sí misma para salvarnos; se ha hecho pecado. Y así como en el desierto ha sido elevado el pecado, aquí que se ha elevado Dios, hecho hombre y hecho pecado por nosotros. Y todos nuestros pecados estaban allí. No se entiende el cristianismo sin comprender esta profunda humillación del Hijo de Dios, que se humilló a sí mismo convirtiéndose en siervo hasta la muerte y muerte de cruz, para servir. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 8 de abril de 2014, en Santa Marta).

Propósito

Hoy, cuando la oportunidad se presente, hablaré sobre Cristo, pidiendo previamente al Espíritu Santo que me ilumine.


Diálogo con Cristo

Jesús, ayúdame a redescubrir la vocación que he recibido en el bautismo y dame la fortaleza para ser un auténtico testigo de tu resurrección. Espíritu Santo, lléname del fuego de tu amor, porque sólo podré ser un instrumento de salvación para los demás, si me dejo moldear por Ti en la oración.


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ESPECIAL BUENOS DÍAS
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 Un trabajo infantil recomendable

Contenido

Sentido del servicio y del deber 



La actual generación de niños norteamericanos colabora menos en las labores domésticas que la de sus padres, en primer lugar porque a pocos se les pide. Según una encuesta entre 1.001 adultos realizada el pasado otoño por Braun Research, el 82% decían haber realizado tareas en casa cuando era niños, pero solo el 28% se lo pedían ahora a sus hijos.
Algunos padres, quizá guiados por la sana intención de que sus hijos “tengan todo lo que yo no he tenido”, o de que desarrollen sus capacidades, les apuntan a un sinfín de actividades extraescolares. En esto se dejan notar algunos rasgos típicos de las sociedades occidentales modernas, como la extensión a la edad infantil del prurito por “hacer currículum”: parece que si el niño no aprende chino, artes marciales o toca un instrumento a la vez que estudia, está perdiendo el tiempo. En ocasiones, detrás de esa pretensión se esconde un afán de los padres por satisfacer en los hijos las propias ambiciones frustradas.

Así, mientras en países pobres se lucha por erradicar el trabajo infantil, en otros del primer mundo los chicos soportan “jornadas” de diez horas. Para cuando llegan a casa, muchos solo quieren descansar para el día siguiente. Por su parte, los padres pretenden compensarles el poco tiempo que la jornada laboral les deja para la vida en familia con todo tipo de actividades. El resultado es que tanto niños como mayores acaban estresados, y con sensación de no poder llegar a todo. Es lo que describe Fast-Forward Family: Home, Work and Relationships in Middle-Class America (University of California Press, 2013). El libro resume las conclusiones de un estudio para el que se siguió durante tres años a 32 familias con hijos en las que tanto el padre como la madre trabajaban.

En esas familias “a cámara rápida”, que los chicos saquen tiempo para las tareas familiares –desde cortar el césped a sacar la basura– parece imposible: siempre tienen algo más importante que hacer. Sin embargo, el tiempo empleado en las tareas de casa puede ser uno de los más rentables para su formación. Según Marty Rossman, profesor emérito de la Universidad de Minnesota y autor de un estudio longitudinal sobre la importancia de las tareas domésticas, uno de los factores claves para predecir si un niño triunfará –laboral y personalmente– en el futuro es si tenía o no encargos en su casa cuando era pequeño.


Sentido del servicio y del deber

La investigación de Rossman concluye que las tareas domésticas proporcionan a los niños un sentido de competencia, responsabilidad y confianza en sí mismos. Sin embargo, siendo todas estas cualidades muy deseables, falta por subrayar lo principal: que estas tareas constituyen un servicio a otros, y que esto es lo propio de la familia. No se trata en esta ocasión de que los chicos desarrollen una capacidad personal, sino de ayudar a los demás.

Un reportaje del New York Times recoge los consejos de la psicóloga Madeline Levine en su libro Teach Your Children Well, donde explica que si en la disyuntiva entre hacer deberes o ayudar en casa, los padres siempre acaban dispensando de lo segundo, se envía a los chicos un mensaje muy claro: tu formación personal importa más que el servicio a los otros. Por eso, es importante que además de las tareas propias (mantener el cuarto limpio), realicen otras actividades más claramente altruistas.

Otro de los obstáculos para inculcar ese espíritu de servicio es la profesionalización de los encargos familiares; es decir, convertirlos en una labor que el hijo cumple por una recompensa económica. En una discusión sobre los pros y los contras de atar la paga semanal al desempeño de ciertas tareas domésticas, Jon Gallo –fundador de una empresa de asesoría para familias– explica que cumplen funciones distintas, y por tanto tienen que funcionar de forma separada: la paga sirve para enseñar poco a poco a los chicos y chicas a manejar dinero de forma responsable, a saber ahorrar, a no gastarlo en caprichos; ayudar en casa sirve sobre todo para desarrollar espíritu de familia, algo que no es bueno medir en euros.

Según Gallo, a veces sirve dar un premio al hijo que realiza alguna tarea extra, pero si la recompensa o el castigo para todo es el dinero, se puede formar a los niños en la idea de que lo económico domina todos los aspectos de la vida. Ante el argumento de que asignar un “salario” por las labores domésticas es bueno porque enseña a los más jóvenes la ecuación trabajo=dinero, se puede responder que para ellos es más importante aprender primero el espíritu de servicio desinteresado propio de la familia. Ya tendrán tiempo para lo otro.

Un consejo típico para conseguir que los hijos ayuden en casa es plantearlo de forma divertida, como un juego o un reto. Aunque esto puede servir cuando el niño es muy pequeño o en momentos puntuales más adelante, la misma naturaleza de las tareas domésticas –repartirse el trabajo en familia– requiere que poco a poco el enfoque lúdico vaya dejando paso al sentido del deber. Al fin y al cabo, el juego se abandona cuando uno quiere.

Las tareas domésticas, con su reivindicación del servicio gratuito y del sentido del deber, suponen una buena escuela para aprender la generosidad.







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