viernes, 17 de abril de 2015

Buenos días, 17 de abril de 2015. San Aniceto

La verdadera nobleza consiste en la virtud
El Quijote
 


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SANTORAL
Aniceto,
papa († 166)
 
Landricio, abad; Elías, presbítero y mártir; Pablo, Isidoro, monjes y mártires; Mapálico, Marciano, Fortunato, Hermógenes, mártires; Inocencio, Pantágato, Inocencio, obispos; Pedro, diácono; Esteban, Roberto, abades; Acacio, Juan de Sordi, confesores; Potenciana, virgen; Mariana de Jesús Navarro, Clara de Ganibacorti, Rudolfo niño, beatos.



REFLEXIÓN:
 
Cuenta la leyenda que un humilde picador de piedra vivía resignado en su pobreza, aunque siempre anhelaba con deseo convertirse en un hombre rico y poderoso. Un buen día expresó en voz alta su deseo y cuál fue su sorpresa cuando vio que éste se había hecho realidad: se había convertido en un rico mercader.
 
Esto le hizo muy feliz hasta el día que conoció a un hombre aún más rico y poderoso que él. Entonces pidió de nuevo ser así y su deseo le fue también concedido. Al poco tiempo se cercioró de que debido a su condición se habían creado muchos enemigos y sintió miedo.
 
Cuando vio cómo un feroz samurai resolvía las divergencias con sus enemigos, pensó que el manejo magistral de un arte de combate le garantizaría la paz y la indestructibilidad. Así que quiso convertirse en un respetado samurai y así fue.
 
Sin embargo, aún siendo un temido guerrero, sus enemigos habían aumentado en número y peligrosidad. Un día se sorprendió mirando al sol desde la seguridad de la ventana de su casa y pensó: "él sí que es superior, ya que nadie puede hacerle daño y siempre está por encima de todas las cosas. ¡Quiero ser el sol !".
 
Cuando logró su propósito, tuvo la mala suerte de que una nube se interpuso en su camino entorpeciendo su visión y pensó que la nube era realmente poderosa y así era como realmente le gustaría ser.
 
Así, se convirtió en nube, pero al ver cómo el viento le arrastraba con su fuerza, la desilusión fue insoportable. Entonces decidió que quería ser viento. Cuando fue viento, observó que aunque soplaba con gran fuerza a una roca, ésta no se movía y pensó: ¡ella sí que es realmente fuerte: quiero ser una roca ! Al convertirse en roca se sintió invencible porque creía que no existía nada más fuerte que él en todo el universo.
 
Pero cuál fue su sorpresa al ver que apareció un picador de piedra que tallaba la roca y empezaba a darle la forma que quería pese a su contraria voluntad. Esto le hizo reflexionar y le llevó a pensar que, en definitiva, su condición inicial no era tan mala y que deseaba de nuevo volver a ser el picador de piedra que era en un principio.
 
ORACIÓN:

Jesús, abre mi corazón como abriste la puerta del sepulcro y haz
 que comprenda que estás vivo y caminas a mi lado; por favor, Jesús, has que nunca lo olvide. Enséñame a poner mi confianza en ti, como la tuvo María, tu madre. Ayúdame a confiar plenamente, sabiendo que eres Tú quien nos aguarda.
 

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ESPECIAL BUENOS DÍAS
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EL GRAN DON QUE SON LOS NIÑOS PARA LA HUMANIDAD
Audiencia DEL PAPA FRANCISCO 150318

Aprender de la sencillez de los niños

Tabla de contenido

El gran don que son los niños para la humanidad. 
Son el gran don de la humanidad, pero también son los grandes excluidos, porque ni siquiera los dejan nacer. 
Como son tratados los niños se puede juzgar la sociedad, pero no sólo moralmente, también sociológicamente. 
Si es una sociedad libre o una sociedad esclava de intereses internacionales. 
Los niños nos recuerdan que todos, en los primeros años de la vida, hemos sido totalmente dependientes de los cuidados y de la benevolencia de los demás. 
Y el Hijo de Dios no se ha ahorrado este pasaje. 
Es el misterio que contemplamos cada año, en Navidad. 
El Pesebre es el icono que nos comunica esta realidad en el mundo más simple y directo. 
Dios no tiene dificultad para hacerse entender por los niños, y los niños no tienen problemas en entender a Dios. 
No por casualidad en el Evangelio hay algunas palabras muy bellas y fuertes de Jesús sobre los “pequeños". 
Este término “pequeños" indica a todas las personas que dependen de la ayuda de los demás, y en particular, a los niños. 
Por ejemplo Jesús dice: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños" (Mt 11, 25). 
Y todavía: “Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial" (Mt 18, 10 
Los niños son en sí mismos una riqueza para la humanidad y también para la Iglesia, 
Porque nos llaman constantemente a la condición necesaria para entrar en el Reino de Dios: aquella de no considerarnos autosuficientes sino necesitados de ayuda, de amor, de perdón. 
¡Y todos estamos necesitados de ayuda, de amor, de perdón! ¡Todos! 
Los niños nos recuerdan que somos siempre hijos. 
Incluso si uno se convierte en adulto o anciano, aún si se convierte en padre, si se ocupa un lugar de responsabilidad, por debajo de todo esto permanece la identidad de hijo. 
Todos somos hijos. 
Y eso nos vuelve a llevar siempre al hecho de que la vida no nos la hemos dado nosotros, sino que la hemos recibido. 
El gran don de la vida es el primer regalo que hemos recibido: la vida. 
A veces corremos el riesgo de vivir olvidándonos de esto, como si fuéramos nosotros los dueños de nuestra existencia, y en cambio somos radicalmente dependientes. 
En realidad, es motivo de gran alegría sentir que en cada edad de la vida, en cada situación, en cada condición social, somos y permanecemos hijos. 
Este es el mensaje principal que los niños nos dan, con su sola presencia. 
Solamente con la presencia nos recuerdan que todos nosotros y cada uno de nosotros somos hijos. 
Pero hay tantos dones, tantas riquezas que los niños traen a la humanidad. Recordaré sólo algunos. 
Traen su modo de ver la realidad, con una mirada confiada y pura. 
El niño tiene una confianza espontánea en el papá y la mamá; y tiene una confianza espontánea en Dios, en Jesús, en la Virgen. 
Su mirada interior es pura, todavía no está contaminada por la malicia, por los dobleces, por las “costras" de la vida que endurecen el corazón. 
Sabemos que también los niños tienen el pecado original, que tienen sus egoísmos, pero conservan una pureza y una simplicidad interior. 
Los niños no son diplomáticos: dicen lo que sienten, dicen lo que ven, directamente. 
Los niños dicen lo que piensan, no son personas dobles. 
Todavía no han aprendido aquella ciencia del “doblez" que nosotros, los adultos, hemos aprendido. 
Los niños además, en su simplicidad interior, traen consigo la capacidad de dar y recibir ternura. 
Ternura es tener un corazón “de carne" y no “de piedra", como dice la Biblia (cf. Ez 36, 26). 
La ternura también es poesía; es “sentir" las cosas y los acontecimientos, no tratarlos como meros objetos, sólo para usarlos porque sirven... 
Los niños tienen la capacidad de sonreír y de llorar. 
Algunos cuando los tomo para besarlos, sonríen. Otros, me ven de blanco, creen que soy el médico y que vengo a hacerles la inyección, ¡y lloran! ¡Espontáneamente! ¡Los niños son así! 
Sonreír y llorar, dos cosas que en nosotros los grandes, a menudo se “bloquean", ya no somos capaces… 
Y muchas veces nuestra sonrisa se convierte en una sonris de cartón, una cosa sin vida, una sonrisa que no es vivaz, incluso una sonrisa artificial, de payaso. 
Los niños sonríen espontáneamente y lloran espontáneamente. 
Siempre depende del corazón. 
Y nuestro corazón se bloquea y pierde a menudo esta capacidad de sonreír y de llorar. 
Y entonces los niños pueden enseñarnos de nuevo a sonreír y llorar. 
Tenemos que preguntarnos nosotros mismos: 
¿Yo sonrío espontáneamente, con frescura, con amor? 
¿O nuestra sonrisa es artificial? ¿Yo todavía lloro? 
¿O he perdido la capacidad de llorar? Dos preguntas muy humanas que nos enseñan los niños. 
Por todas estas razones, Jesús invita a sus discípulos a “ser como los niños", porque «el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos» (cf. Mt 18, 3; Mc 10, 14). 
Los niños traen vida, alegría, esperanza. 
Por cierto también traen preocupaciones y a veces muchos problemas; pero es mejor una sociedad con éstas preocupaciones y estos problemas, que una sociedad triste y gris, porque se ha quedado sin niños. Y cuando vemos que el nivel de nacimiento de una sociedad apenas llega al uno por ciento podemos decir: “esta sociedad es triste, es gris, porque se ha quedado sin niños". 


EXTRACTO
TEXTO INTEGRO



El gran don que son los niños para la humanidad.

Son el gran don de la humanidad, pero también son los grandes excluidos, porque ni siquiera los dejan nacer.

Como son tratados los niños se puede juzgar la sociedad, pero no sólo moralmente, también sociológicamente.

  • Si es una sociedad libre o una sociedad esclava de intereses internacionales.

Los niños nos recuerdan que todos, en los primeros años de la vida, hemos sido totalmente dependientes de los cuidados y de la benevolencia de los demás.

  • Y el Hijo de Dios no se ha ahorrado este pasaje.

  • Es el misterio que contemplamos cada año, en Navidad.

  • El Pesebre es el icono que nos comunica esta realidad en el mundo más simple y directo.

Dios no tiene dificultad para hacerse entender por los niños, y los niños no tienen problemas en entender a Dios.



  • No por casualidad en el Evangelio hay algunas palabras muy bellas y fuertes de Jesús sobre los “pequeños".

  • Este término “pequeños" indica a todas las personas que dependen de la ayuda de los demás, y en particular, a los niños.

  • Por ejemplo Jesús dice: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños" (Mt 11, 25).

  • Y todavía: “Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial" (Mt 18, 10).



Los niños son en sí mismos una riqueza para la humanidad y también para la Iglesia,

Porque nos llaman constantemente a la condición necesaria para entrar en el Reino de Dios: aquella de no considerarnos autosuficientes sino necesitados de ayuda, de amor, de perdón.

  • ¡Y todos estamos necesitados de ayuda, de amor, de perdón! ¡Todos!

Los niños nos recuerdan que somos siempre hijos.

  • Incluso si uno se convierte en adulto o anciano, aún si se convierte en padre, si se ocupa un lugar de responsabilidad, por debajo de todo esto permanece la identidad de hijo.

  • Todos somos hijos.

  • Y eso nos vuelve a llevar siempre al hecho de que la vida no nos la hemos dado nosotros, sino que la hemos recibido.

  • El gran don de la vida es el primer regalo que hemos recibido: la vida.

  • A veces corremos el riesgo de vivir olvidándonos de esto, como si fuéramos nosotros los dueños de nuestra existencia, y en cambio somos radicalmente dependientes.

En realidad, es motivo de gran alegría sentir que en cada edad de la vida, en cada situación, en cada condición social, somos y permanecemos hijos.

  • Este es el mensaje principal que los niños nos dan, con su sola presencia.

  • Solamente con la presencia nos recuerdan que todos nosotros y cada uno de nosotros somos hijos.

Pero hay tantos dones, tantas riquezas que los niños traen a la humanidad. Recordaré sólo algunos.

Traen su modo de ver la realidad, con una mirada confiada y pura.

  • El niño tiene una confianza espontánea en el papá y la mamá; y tiene una confianza espontánea en Dios, en Jesús, en la Virgen.

  • Su mirada interior es pura, todavía no está contaminada por la malicia, por los dobleces, por las “costras" de la vida que endurecen el corazón.

  • Sabemos que también los niños tienen el pecado original, que tienen sus egoísmos, pero conservan una pureza y una simplicidad interior.

Los niños no son diplomáticos: dicen lo que sienten, dicen lo que ven, directamente.

  • Los niños dicen lo que piensan, no son personas dobles.

Todavía no han aprendido aquella ciencia del “doblez" que nosotros, los adultos, hemos aprendido.

Los niños además, en su simplicidad interior, traen consigo la capacidad de dar y recibir ternura.

  • Ternura es tener un corazón “de carne" y no “de piedra", como dice la Biblia (cf. Ez 36, 26).

  • La ternura también es poesía; es “sentir" las cosas y los acontecimientos, no tratarlos como meros objetos, sólo para usarlos porque sirven...

Los niños tienen la capacidad de sonreír y de llorar.

  • Algunos cuando los tomo para besarlos, sonríen. Otros, me ven de blanco, creen que soy el médico y que vengo a hacerles la inyección, ¡y lloran! ¡Espontáneamente! ¡Los niños son así!

  • Sonreír y llorar, dos cosas que en nosotros los grandes, a menudo se “bloquean", ya no somos capaces…

  • Y muchas veces nuestra sonrisa se convierte en una sonrisa de cartón, una cosa sin vida, una sonrisa que no es vivaz, incluso una sonrisa artificial, de payaso.

  • Los niños sonríen espontáneamente y lloran espontáneamente.

Siempre depende del corazón.

  • Y nuestro corazón se bloquea y pierde a menudo esta capacidad de sonreír y de llorar.

  • Y entonces los niños pueden enseñarnos de nuevo a sonreír y llorar.

Tenemos que preguntarnos nosotros mismos:

  • ¿Yo sonrío espontáneamente, con frescura, con amor?

  • ¿O nuestra sonrisa es artificial? ¿Yo todavía lloro?

  • ¿O he perdido la capacidad de llorar? Dos preguntas muy humanas que nos enseñan los niños.

  • Por todas estas razones, Jesús invita a sus discípulos a “ser como los niños", porque «el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos» (cf. Mt 18, 3; Mc 10, 14).

  • Los niños traen vida, alegría, esperanza.

  • Por cierto también traen preocupaciones y a veces muchos problemas; pero es mejor una sociedad con éstas preocupaciones y estos problemas, que una sociedad triste y gris, porque se ha quedado sin niños. Y cuando vemos que el nivel de nacimiento de una sociedad apenas llega al uno por ciento podemos decir: “esta sociedad es triste, es gris, porque se ha quedado sin niños".


Queridos hermanos, ¡buenos días!
Después de haber analizado las diversas figuras de la vida familiar -madre, padre, hijos, hermanos, abuelos-, quisiera concluir este primer grupo de catequesis sobre la familia hablando de los niños. Lo haré en dos momentos: hoy me detendré sobre el gran don que son los niños para la humanidad (aplausos). Pero es verdad eh -y gracias por aplaudir- que son el gran don de la humanidad, pero también son los grandes excluidos, porque ni siquiera los dejan nacer. Y la próxima semana, me detendré sobre algunas heridas que, lamentablemente, hacen mal a la infancia. Me vienen a la mente los tantos niños que he encontrado durante mi último viaje a Asia: llenos de vida, de entusiasmo, y por otra parte, veo que en el mundo muchos de ellos viven en condiciones no dignas… En efecto, por como son tratados los niños se puede juzgar la sociedad, pero no sólo moralmente, también sociológicamente. Si es una sociedad libre o una sociedad esclava de intereses internacionales.
En primer lugar los niños nos recuerdan que todos, en los primeros años de la vida, hemos sido totalmente dependientes de los cuidados y de la benevolencia de los demás. Y el Hijo de Dios no se ha ahorrado este pasaje. Es el misterio que contemplamos cada año, en Navidad. El Pesebre es el icono que nos comunica esta realidad en el mundo más simple y directo.
Es curioso: Dios no tiene dificultad para hacerse entender por los niños, y los niños no tienen problemas en entender a Dios. No por casualidad en el Evangelio hay algunas palabras muy bellas y fuertes de Jesús sobre los “pequeños". Este término “pequeños" indica a todas las personas que dependen de la ayuda de los demás, y en particular, a los niños. Por ejemplo Jesús dice: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños" (Mt 11, 25). Y todavía: “Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial" (Mt 18, 10).
LOS NIÑOS NOS RECUERDAN OTRA COSA BELLA; NOS RECUERDAN QUE SOMOS SIEMPRE HIJOS
Por lo tanto, los niños son en sí mismos una riqueza para la humanidad y también para la Iglesia, porque nos llaman constantemente a la condición necesaria para entrar en el Reino de Dios: aquella de no considerarnos autosuficientes sino necesitados de ayuda, de amor, de perdón. ¡Y todos estamos necesitados de ayuda, de amor, de perdón! ¡Todos!
Los niños nos recuerdan otra cosa bella; nos recuerdan que somos siempre hijos. Incluso si uno se convierte en adulto o anciano, aún si se convierte en padre, si se ocupa un lugar de responsabilidad, por debajo de todo esto permanece la identidad de hijo. Todos somos hijos. Y eso nos vuelve a llevar siempre al hecho de que la vida no nos la hemos dado nosotros, sino que la hemos recibido. El gran don de la vida es el primer regalo que hemos recibido: la vida. A veces corremos el riesgo de vivir olvidándonos de esto, como si fuéramos nosotros los dueños de nuestra existencia, y en cambio somos radicalmente dependientes. En realidad, es motivo de gran alegría sentir que en cada edad de la vida, en cada situación, en cada condición social, somos y permanecemos hijos. Este es el mensaje principal que los niños nos dan, con su sola presencia. Solamente con la presencia nos recuerdan que todos nosotros y cada uno de nosotros somos hijos.
Pero hay tantos dones, tantas riquezas que los niños traen a la humanidad. Recordaré sólo algunos.
Traen su modo de ver la realidad, con una mirada confiada y pura. El niño tiene una confianza espontánea en el papá y la mamá; y tiene una confianza espontánea en Dios, en Jesús, en la Virgen. Al mismo tiempo, su mirada interior es pura, todavía no está contaminada por la malicia, por los dobleces, por las “costras" de la vida que endurecen el corazón. Sabemos que también los niños tienen el pecado original, que tienen sus egoísmos, pero conservan una pureza y una simplicidad interior.
Pero, los niños no son diplomáticos: dicen lo que sienten, dicen lo que ven, directamente. Y muchas veces, ponen en dificultad a los padres... Dicen: “esto no me gusta porque es feo" delante de otras personas… Pero, los niños dicen lo que piensan, no son personas dobles. Todavía no han aprendido aquella ciencia del “doblez" que nosotros, los adultos, hemos aprendido.
Los niños además, en su simplicidad interior, traen consigo la capacidad de dar y recibir ternura. Ternura es tener un corazón “de carne" y no “de piedra", como dice la Biblia (cf. Ez 36, 26).
La ternura también es poesía; es “sentir" las cosas y los acontecimientos, no tratarlos como meros objetos, sólo para usarlos porque sirven...
Los niños tienen la capacidad de sonreír y de llorar. Algunos cuando los tomo para besarlos, sonríen. Otros, me ven de blanco, creen que soy el médico y que vengo a hacerles la inyección, ¡y lloran! ¡Espontáneamente! ¡Los niños son así!
Sonreír y llorar, dos cosas que en nosotros los grandes, a menudo se “bloquean", ya no somos capaces… Y muchas veces nuestra sonrisa se convierte en una sonrisa de cartón, una cosa sin vida, una sonrisa que no es vivaz, incluso una sonrisa artificial, de payaso. Los niños sonríen espontáneamente y lloran espontáneamente.
Siempre depende del corazón. Y nuestro corazón se bloquea y pierde a menudo esta capacidad de sonreír y de llorar. Y entonces los niños pueden enseñarnos de nuevo a sonreír y llorar. Tenemos que preguntarnos nosotros mismos: ¿yo sonrío espontáneamente, con frescura, con amor? ¿O nuestra sonrisa es artificial? ¿Yo todavía lloro? ¿O he perdido la capacidad de llorar? Dos preguntas muy humanas que nos enseñan los niños.
Por todas estas razones, Jesús invita a sus discípulos a “ser como los niños", porque «el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos» (cf. Mt 18, 3; Mc 10, 14).
Queridos hermanos y hermanas, los niños traen vida, alegría, esperanza. Por cierto también traen preocupaciones y a veces muchos problemas; pero es mejor una sociedad con éstas preocupaciones y estos problemas, que una sociedad triste y gris, porque se ha quedado sin niños. Y cuando vemos que el nivel de nacimiento de una sociedad apenas llega al uno por ciento podemos decir: “esta sociedad es triste, es gris, porque se ha quedado sin niños".



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