miércoles, 3 de abril de 2013

Buenos días, 3 de abril de 2013


He ofendido a Dios y a la humanidad
porque mi trabajo no tuvo
la calidad que debía haber tenido.
Leonardo Da Vinci

 
SANTORAL

Ricardo,
obispo (1198 1253)

Nuestra Señora de la Caridad, patrona de Cartagena.

Sixto I, papa; Pancracio, Ricardo, Urbico, obispos; Benigno, Evagrio, Ágape, Quiona, Irene, hermanas; Engracia, Vulpiano, Tomes, Escitia, mártires; Nicetas, Atalo, abades; Burgundófora, abadesa.


  
REFLEXIÓN:

"Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?"

El maestro, sin mirarlo, le dijo:

-Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después...- y haciendo una pausa agregó Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.

-E...encantado, maestro -titubeó el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.

-Bien-asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho, agregó- toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete ya y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió.

Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo.

Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, y rechazó la oferta.

Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado -más de cien personas- y abatido por su fracaso, monto su caballo y regresó.

Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.

Entró en la habitación.

-Maestro -dijo- lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

-Que importante lo que dijiste, joven amigo -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él, para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar.

El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

-Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.

-¡¿58 monedas?!-exclamó el joven.

-Sí -replicó el joyero- Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé... si la venta es urgente...

El Joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

-Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.

Esta es una historia que nos enseña que el verdadero valor de las cosas solo puede ser apreciado por un experto.

ORACIÓN:

Ha resucitado el Señor!

Señor Jesús, por tu resurrección sé que estoy llamado a resucitar, para eso es la vida, para eso he sido creado. Te suplico que seas Tú la luz en mi camino y, en este momento de oración, ayuda a mis sentidos para que sepan recogerse en el silencio interior y exterior, para poder aspirar a contemplar tu gloriosa resurrección.

Petición

¡Pidamos a Cristo resucitado poder resucitar junto con Él, ya desde ahora!

Meditación del Papa

Nosotros, resucitados con Cristo mediante el Bautismo, debemos seguirlo ahora fielmente con una vida santa, caminando hacia la Pascua eterna, sostenidos por la certeza de que las dificultades, las luchas, las pruebas y los sufrimientos de nuestra existencia, incluida la muerte, ya no podrán separarnos de él y de su amor. Su resurrección ha creado un puente entre el mundo y la vida eterna, por el que todo hombre y toda mujer pueden pasar para llegar a la verdadera meta de nuestra peregrinación terrena. "He resucitado y estoy siempre contigo". Esta afirmación de Jesús se realiza sobre todo en la Eucaristía; en toda celebración eucarística la Iglesia, y cada uno de sus miembros, experimentan su presencia viva y se benefician de toda la riqueza de su amor. En el sacramento de la Eucaristía está presente el Señor resucitado y, lleno de misericordia, nos purifica de nuestras culpas; nos alimenta espiritualmente y nos infunde vigor para afrontar las duras pruebas de la existencia y para luchar contra el pecado y el mal. Él es el apoyo seguro de nuestra peregrinación hacia la morada eterna del cielo. (Benedicto XVI, 13 de abril de 2009).


Propósito

Poner especial atención a la convivencia familiar, para que este día esté caracterizado por la alegría.


Jesús, qué alegría poder celebrar la Pascua de Resurrección, con júbilo festejo que has vencido el miedo al sufrimiento y a la muerte... y todo para enseñarme un estilo de vida que me puede llevar a la plenitud el amor. ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias! Rebosa mi corazón de esa auténtica emoción que da una paz inigualable. Confío que no se apagará por los problemas y contrariedades que hoy se puedan presentar, sé que depende de mi actitud porque tu gracia lo hace posible.




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ESPECIAL BUENOS DÍAS
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¿Cómo se puede ser feliz?
Preguntad a cualquiera que desea más en la vida, y la respuesta será inevitablemente “la felicidad”. Pero ¿en qué consiste?

POR Daniel McInerny

Tabla de contenido

1. El hombre busca la felicidad, cree obtenerla en las cosas materiales pero siempre hay una decepción. 
2. La búsqueda de la felicidad, aun sin advertirlo, es la idea que subyace en nuestros pensamientos y acciones 
3. La felicidad consiste en la búsqueda de algo que nos distinga como seres humanos 


1. El hombre busca la felicidad, cree obtenerla en las cosas materiales pero siempre hay una decepción.

“¿Qué buscáis?”. Cristo lo pregunta a Andrés y al otro apóstol que lo sigue después de que Juan el Bautista le indicara como el Cordero de Dios (cfr. Jn 1,35-42). Siguiendo a Cristo, Andrés y su amigo buscaban lo mismo que buscamos todos: la realización total y la alegría eterna. Quién no la desea, al inicio de un agotador trajín cotidiano o al final de una larga jornada, preguntándose: “¿Eso es todo? ¿A esto se reduce mi vida?”.

El corazón humano persevera en pedir siempre “más”. Pero ¿más qué? ¿Qué buscamos exactamente cuando buscamos la felicidad? ¿De verdad es posible alcanzarla? Como espíritus encarnados sujetos al pecado de Adán, los seres humanos tendemos a buscar la felicidad entre las cosas materiales, riqueza, placer físico, honor o reconocimiento, fama o prestigio, y la salud necesaria para prolongar el disfrute de estas cosas. En nuestros mejores momentos entendemos que cosas como la amistad, la justicia y el conocimientos son todavía mas preciosas, pero lo que no entendemos fácilmente es que ninguna de estas cosas puede donar la alegría eterna a la que anhelamos.

Aspiramos al “amor y la verdad”, como recordó el Papa emérito Benedicto XVI, y sin embargo, nada en la tierra puede responder plenamente a nuestra necesidad de estas cosas, ni siquiera nuestros amigos más queridos. Una felicidad meramente humana, incluso garantizando sus muchos consuelos, nos dejará siempre insatisfechos. Lo que la Iglesia nos invita a reflexionar es que no encontraremos la felicidad que estamos buscando hasta que no le preguntemos al Señor “¿Dónde vives?” y lo sigamos hacia un Amor y una Verdad infinitos como anhela el corazón humano.

2. La búsqueda de la felicidad, aun sin advertirlo, es la idea que subyace en nuestros pensamientos y acciones

No hay pregunta más importante que un ser humano pueda hacerse que: “¿Qué es la felicidad? ¿En que me puedo realizar?”. Día a día no siempre estamos concentrados directamente en esta pregunta, pero siempre está allí, subyace en nuestra mente. “¿Esta actividad o este deber me ayudarán a realizar mi deseo para X?” y esta X ¿me satisfará del modo que deseo?” Parece que no podamos huir del deseo de una satisfacción siempre mayor y perfecta.

Desde tiempos antiguos los filósofos y teólogos han buscado una respuesta a la pregunta sobre la felicidad. Al final surgen una serie de “candidatos” posibles, una lista que hoy es importante para nosotros. La riqueza es uno de los elementos destacados de la lista, junto al placer físico, al honor (en el sentido de reconocimiento público de nuestra excelencia), a la fama (la reputación que tiene nuestro nombre), y a los candidatos menos valorados como la virtud y la contemplación.

Consideremos los primeros elementos de la lista: riqueza, placer físico, honor y fama. No hay duda de que estos son los elementos más buscados por los ser humanos durante gran parte de su vida. ¿Es la felicidad una vida organizada en torno a la persecución de uno, o de algunos de estos bienes? Está claro que estos “bienes”, riqueza, placer físico, honor y fama no son malos. Son bienes en la medida en la que hay algo que los atrae hacia ellos, algo que se satisfacen en alguna medida. Nuestra pregunta, por tanto, no es si estos “candidatos” a la felicidad son buenos o no, sino que uno o todos estos elementos sean nuestro bien último, el bien que nos llevará a una satisfacción total y a una alegría completa.

Sobre este último punto, la respuesta de los filósofos y los teólogos es negativa. La riqueza sólo es esto: un instrumento, un medio para un fin ulterior. Y sea lo que sea la felicidad, no puede ser un medio para otra cosa; sino que es algo definitivo. El placer físico es un bien obvio, pero como señala Aristóteles puede ser gozado también por animales de raza inferior. No estamos buscando algo que compartamos con otras criaturas; estamos buscando la felicidad humana, la realización de nuestra naturaleza distintiva. El honor y la fama son siempre atrayentes para el corazón humano, sobre todo para los hombres. Pero pensemos una cosa: el honor y la fama no son bienes que podemos darnos a nosotros mismos, sino que otros nos los conceden. ¿Qué hay de equivocado en esto? Nada, salvo el hecho de que si nuestra felicidad depende esencialmente de lo que la gente hace por nosotros, entonces no es nuestra.. A menudo, caemos en el error de pensar que la felicidad depende de lo que otra persona piense o haga por nosotros. Reflexionando, sin embargo, sería extraño que nuestra satisfacción más profunda fuese tan vulnerable, si no fuese algo que llevemos en el ser.

3. La felicidad consiste en la búsqueda de algo que nos distinga como seres humanos

Hay una respuesta que está comenzando a aclararse: cuando buscamos la felicidad, buscamos algo que no es un simple medio; un bien que nos distinga como seres humanos; un bien que de alguna manera tenga un origen en nosotros. No es malo que la riqueza, el placer físico, el honor y la fama sean parte de una vida feliz, pero ninguno de ellos, ni siquiera la combinación de todos es el principio en el que se basa un vida feliz. ¿Qué es entonces la felicidad?.

Volvamos a lo que decíamos sobre el placer físico. Si este no es la actividad distintiva del ser humano… entonces ¿qué es? Tradicionalmente los seres humanos han sido definidos como animales racionales. La actividad de la razón debe ser, entonces, central en nuestra felicidad, sobre todo cuando consideramos que la actividad racional puede tener origen en nosotros.
Estamos cerca, ahora, de la famosa definición de felicidad de Aristóteles, adoptada por la enseñanza moral de la Iglesia Católica: la felicidad es una actividad del alma de acuerdo con la razón. Aristóteles afirma también que la felicidad es la actividad racional realizada en un modo excelente. ¿por qué nosotros definimos la actividad característica de algo en base a lo que es razonablemente bueno? Los seres humanos, al igual que los ordenadores y las cañas de pescar, se definen en base a sus máximas capacidades.

Hasta ahora, nuestra respuesta a la pregunta sobre la felicidad puede parecer un poco fría: la felicidad es la actividad racional excelente. ¿Quiere decir esto que somos felices cuando llevamos a cabo ecuaciones de álgebra o aprendiendo a reconocer los errores en la lógica? Tenemos que considerar cuidadosamente que “la actividad racional” es una definición general para toda una serie de actividades distintas. La actividad racional excelente es otra manera de definir a las virtudes, y hay muchos tipos de virtud, cada una de las cuales muestra un aspecto distinto de la excelencia de nuestra naturaleza racional.

El ejercicio de la razón en la acción virtuosa es, finalmente, lo que se pretende hablando de felicidad. Por tanto, seguiremos esta respuesta hablando de lo que significa actuar de un modo virtuoso y de cómo la actividad virtuosa se refiere, en definitiva, a Dios.

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