viernes, 18 de enero de 2013

Buenos días, 18 de enero de 2013

La vida en la Tierra es un banco de pruebas y ensayos que nos enseña a tomar decisiones acertadas a pesar de las contrariedades.


 SANTORAL

Prisca, Librada, Faustina, Margarita, vírgenes; Aleógenes, Cirilo, Sulpicio, Venerando y Volusiano, obispos; Leobardo, confesor; Moisés y Amnonino, mártires; Deícola, abad.


REFLEXIÓN:

Un día bajó el Señor a la Tierra en forma de mendigo y se acercó a casa de un zapatero pobre y le dijo: "Hermano, hace tiempo que no como y me siento muy cansado. Aunque no tengo ni una sola moneda quisiera pedirte que me arreglaras por favor mis sandalias para poder seguir caminando".

El zapatero le respondió: "¡Yo soy muy pobre y ya estoy cansado que todo el mundo venga a pedir y nadie venga a dar!"

El Señor le contestó: "Yo puedo darte lo que tú quieras". El zapatero le preguntó: "¿Dinero inclusive?".

El Señor le respondió: "Yo puedo darte 10 millones de dólares, pero a cambio de tus piernas". -"¿Para qué quiero yo 10 millones de dólares si no voy a poder caminar, bailar y moverme libremente?", dijo el zapatero.

Entonces el Señor replicó: "Está bien, te podría dar 100 millones de dólares, a cambio de tus brazos". El zapatero le contestó: "¿Para qué quiero yo 100 millones de dólares si no voy a poder comer solo, trabajar, jugar con mis hijos y abrazar a mi esposa?"

Entonces el Señor le dijo: "En ese caso, yo te puedo dar 1000 millones de dólares a cambio de tus ojos". El zapatero respondió asustado: "¿Para qué me sirven 1000 millones de dólares si no voy a poder ver el amanecer, ni a mi familia y mis amigos, ni todas las cosas que me rodean?"

Entonces el Señor le dijo: "Ah, hermano mío, ya ves qué fortuna tienes y no te das cuenta".



ORACIÓN:

Yo también quiero tener un encuentro contigo en esta oración. Sólo quiero buscarte a Ti Señor, aleja toda distracción y preocupación que me desvíe y ayúdame a tener un encuentro personal con tu amor.

Petición

Cordero de Dios, dame la gracia de encontrarte y nunca más dejarte.

Meditación del Papa

La palabra "Cristo" (Mesías) significa "el Ungido". La humanidad de Jesús está insertada, mediante la unidad del Hijo con el Padre, en la comunión con el Espíritu Santo y, así, es "ungida" de una manera única, y penetrada por el Espíritu Santo. Lo que había sucedido en los reyes y sacerdotes del Antiguo Testamento de modo simbólico en la unción con aceite, con la que se les establecía en su ministerio, sucede en Jesús en toda su realidad: su humanidad es penetrada por la fuerza del Espíritu Santo. Cuanto más nos unimos a Cristo, más somos colmados por su Espíritu, por el Espíritu Santo. Nos llamamos "cristianos", "ungidos", personas que pertenecen a Cristo y por eso participan en su unción, son tocadas por su Espíritu. No quiero sólo llamarme cristiano, sino que quiero serlo, decía san Ignacio de Antioquía. Dejemos que precisamente estos santos óleos, que ahora son consagrados, nos recuerden esta tarea inherente a la palabra "cristiano", y pidamos al Señor para que no sólo nos llamemos cristianos, sino que lo seamos verdaderamente cada vez más. (Benedicto XVI, 21 de abril de 2011).


Propósito

Si yo he ha experimentado el amor de Dios en mi alma, tratar que los demás también puedan gozar de este maravilloso encuentro.

Diálogo con Cristo

Gracias por permitirme encontrarte en esta oración. Ahora, Señor y Padre mío, no dejes que me encandile con las tentaciones del mundo. Realmente quiero responder a tu llamado y cumplir cabalmente tu voluntad, aunque me cueste. Permite que mi testimonio de vida sea un puente para que otros también te sepan buscar y encontrar.



 La fe del capitán Lubrano secuestrado en alta mar

Ha pasado casi un año de su liberación, pero aún le es difícil hablar de ello. El capitán Giuseppe Lubrano es un hombre de mar, que ha dedicado su vida al trabajo y que en febrero de 2011 fue secuestrado –junto con la tripulación que capitaneaba‐ por  una banda de piratas somalíes. Su fe, le ayudó a seguir adelante.

El Vaticano reunió al llamado Apostolado del Mar en un congreso para que capellanes marítimos se actualizaran en la manera de ayudar material y espiritualmente a quienes pasan su vida en mar abierto. Entre ellos estaba el Capitán Giuseppe Lubrano, que contó en primera persona el apoyo que su familia recibió del Apostolado del Mar y cómo su fe le mantuvo firme a pesar del horror que vivió durante los 315 días en los que su barco fue tomado por piratas somalíes.

A penas comían un puñado de arroz y tan sólo les daban un litro y medio de agua.

Hasta ahora, Lubrano, sigue sin entender por qué pasó aquello. Qué llevó a esos piratas a asaltar su barco y a secuestrar a los 22 marineros que él tenía a su cargo. "Los días pasaban iguales. Nos obligaban a dormir en el suelo y estábamos en condiciones verdaderamente infrahumanas. Y yo creo que en una situación así interviene", asegura el capitán y continúa reviviendo lo que pasó en el barco Savina Caylyn: "Los secuestradores veían cómo rezaba y me decían 'tu rezas al Dios equivocado', pero yo les respondía que no. Que Dios es el mismo para todos, solo que para ellos tiene un nombre distinto al mío". Según cuenta Giuseppe Lubrano los piratas que secuestraron su barco eran especialmente peligrosos porque en ocasiones ingerían una planta alucinógena que los drogaba y los volvía aún más violentos.

No podían comunicarse con sus familias y decir que seguían vivos. Pero en tierra firme los sacerdotes del Apostolado del Mar atendían material y espiritualmente a sus familias. Las negociaciones eran difíciles porque pedían un rescate muy elevado y sobre todo porque no estaban dispuestos a bajarlo. "Era tan lógico que alguno de mis hombres hubiera muerto durante los meses que estuvimos secuestrados, que el verdadero milagro es que todos termináramos los 316 días en manos de piratas sanos  salvos", afirma Lubrano.

Tras meses y meses de negociaciones y cuando la comida y el agua llevaban tiempo escaseando aún más de lo habitual, los piratas les dieron la noticia de que se había llegado a un acuerdo y que estarían libres. Y así fue, el 25 de diciembre de 2011 abandonaron el barco, y cuando el Capitán Lubrano se puso en contacto con otra nave que estaba en las cercanías y que vendría a socorrerlos, pidió que además de comida, agua y artículos de primera necesidad, trajeran a un sacerdote.

"Nos liberaron el 25 de diciembre, y el 26 trajeron al capellán en helicóptero que improvisó un altar. Le pedí que celebrara una Misa y yo invité por la megafonía a toda mi tripulación. 

Pensaba que sólo asistirían los católicos, porque muchos de mis hombres eran musulmanes o hindúes de religión. Pero no fue así. Vinieron todos. Y en  el momento de la paz nos abrazamos. Fue un momento de unión muy fuerte entre nosotros, porque habíamos vivido una situación al límite de nuestras fuerzas y habíamos sobrevivido todos. Y ahora volvíamos a casa. Fue una prueba de que Dios nos había acompañado", cuenta el capitán con la mirada hundida en el suelo, recordando el infierno que vivió y sobre todo, cómo su fe le ayudó a mantener la fuerza y la esperanza propia, la de su familia y también la de sus 22 hombres. Cómo su fe le ayudó a mantenerse fiel y creer contra toda esperanza que volverían todos, sanos y salvos a casa.

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