martes, 15 de enero de 2013

Buenos días, 15 de enero de 2013



"Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo.
Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta sencillo".
Aristóteles, Ética a Nicómaco


SANTORAL
Pablo ermitaño; Cosme, Benito, obispos; Tarsicia, Secundina, vírgenes; Mauro, Macario, Conrado, abades; Miqueas, Habacuc, profetas; Arsenio, Efisio, Eligio, Isidoro, Juan, confesores.


  
REFLEXIÓN:

LA FAMILIA

Tropecé con un extraño que pasaba y le pedí perdón. Él contestó: Discúlpeme por favor; no lo vi. Fuimos muy educados, seguimos nuestro camino, nos despedimos; pero en casa es otra historia al tratar a los nuestros, ancianos o jóvenes.

Más tarde, al estar cocinando, estaba mi hijo muy cerca de mí. Al girarme casi le pego, "¡Quítate!", le espeté. Él se retiró dolido, sin que yo notara lo duro que le hablé.

Al acostarme Dios me dijo suavemente: "Trataste al extraño cortésmente, pero fuiste brusca con el niño que amas. Ve a la cocina y encontrarás unas flores en el suelo, cerca de la puerta. Son las flores que cortó y te trajo. Amarillas, rosas y una azul. Estaba calladito para darte la sorpresa y no viste las lágrimas que llenaron sus ojos." Me sentí miserable y empecé a llorar.

Suavemente me acerqué y me arrodillé junto a su cama y le dije:

"¡Despierta pequeño, despierta!". ¿Son éstas las flores que cortaste para mí?
Él sonrió.

-"Las encontré junto al árbol. Las tomé porque son bonitas como tú, en especial la azul."

-"Hijo, siento mucho lo que hice, no te debí gritar".
Él contestó, "Está bien mami. Yo te quiero de todos modos."

-"Yo también te quiero y me gustan las flores, especialmente la azul".

Toma en cuenta que si morimos mañana, en cosa de días la empresa cubre el puesto; pero la familia que dejamos sentirá la pérdida por el resto de su vida. Piensa en ello, nos entregamos más al trabajo que a nuestra familia....¿No crees que es una inversión poco inteligente?.


ORACIÓN:

Oración introductoria

Señor, ten compasión de mí. Ayúdame a aprovechar bien este rato de oración, incrementa mi fe para que pueda descubrir el redil sobre el cual debo caminar. Multiplica mis dones para que, esperando y confiando en tu misericordia, crezca en mi amor a Ti y a los demás.

Petición

Señor, que sepa descubrir las necesidades espirituales de quien está más cerca de mí y busque resolverlas.

Meditación del Papa

El milagro no se produce de la nada, sino de un modesto compartir inicial de lo que un muchacho sencillo tenía con él. Jesús no nos pide lo que no tenemos, sino nos hace ver que si cada uno ofrece lo poco que tiene, puede lograrse una y otra vez el milagro: Dios es capaz de multiplicar nuestro pequeño gesto de amor y hacernos partícipes de su don. La multitud fue sorprendida por el prodigio: ve en Jesús al nuevo Moisés, digno de poder, y en el nuevo maná, el futuro asegurado; pero se detienen en el elemento material, en lo que habían comido, y el Señor, "a sabiendas de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo". Jesús no es un rey terrenal, que ejerce su dominio, sino un rey que sirve, que se acerca hasta el hombre para satisfacer no solo el hambre material, sino sobre todo un hambre más profundo, el hambre de orientación, de sentido, de verdad, el hambre de Dios. (Benedicto XVI, 29 de julio de 2012).

Propósito

Hacer una visita a Cristo Eucaristía para contemplar y agradecer su amor y cercanía.

Diálogo con Cristo

Señor, gracias por enseñarme el camino que debo seguir: vivir la caridad en todo momento. Ayúdame a abrir mi corazón para deducir lo que puedo hacer por los demás, no con mis propios talentos, sino poniendo éstos en tus manos, para que los multipliques y pueda, así, convertirme en un auténtico discípulo y misionero de tu amor.


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ESPECIAL BUENOS DÍAS
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¿Sería América católica sin la victoria de
Blas de Lezo sobre la armada británica?

La hazaña no tiene parangón: una fuerza de 30 a 1 inferior en barcos, y de 10 a 1 inferior en hombres. Pero España salió victoriosa.

El almirante Blas de Lezo es en buena medida responsable de que más de cuatrocientos millones de americanos hablen español… y de que continúen siendo  católicos en su gran mayoría.

Porque ¿qué hubiera pasado si el almirante vasco hubiera perdido la batalla de Cartagena de Indias en 1741 frente a la gigantesca tropa de desembarco preparada por el almirante Edward Vernon para apoderarse de los virreinatos? ¿Habrían respetado los ingleses de la época, virulentamente anticatólicos, la profunda idiosincrasia cristiana de la América española y la huella dejada por la Iglesia desde 1492?

Todo pendió de un hilo durante tres meses de ese año, cuando tuvo lugar una hazaña injustamente marginada en la Historia de España, y que cobra vida en la novela histórica de J. Pérez‐Foncea El héroe del Caribe (LibrosLibres), donde se destaca el  profundo catolicismo de Lezo.

Se supone que uno nunca debe hablar de cómo termina una novela... salvo en el caso de las novelas históricas, porque, al ser históricas, los hechos son conocidos. 

Así que vamos a contar que en 1741 Inglaterra preparó la mayor flota de desembarco que conoció la Historia hasta el desembarco de Normandía: casi doscientos buques y treinta mil hombres. Que dirigió esa flota contra la ciudad de Cartagena de Indias, en la actual Colombia, con objeto de hacerse con una ruta de paso decisiva para el control del Caribe, y cuya caída implicaba ineluctablemente la caída en dominó de todos los virreinatos en poder de la Corona británica, harta de la supremacía española y ambiciosa de dominio y de dinero.

Que, como Cartagena de Indias estaba defendida por seis navíos y tres mil hombres (por si no queda claro: ¡seis frente a doscientos y tres mil frente a treinta mil!), los ingleses, antes de darse la batalla, acuñaron una moneda conmemorativa de la "victoria" ‐se conservan ejemplares en varios museos‐, con la leyenda El orgullo de España humillado por el almirante Vernon, y representando a Blas de Lezo arrodillado ante el susodicho.

El héroe

Que el citado Blas de Lezo era un marino español de menguada estatura ‐le llamaban medio hombre‐, tuerto, manco y sin una pierna, resultas las tres mutilaciones de sendos combates de entre los muchos que libró en la mar, la mayor parte de ellos con los ingleses, y victoriosos. Que organizó la defensa de la plaza con inteligencia, valor y aprovechamiento óptimo de los recursos. Que fue humillado, sí, pero no por los ingleses, sino por el virrey Sebastián de Eslava (1684‐1759), quien reiteradamente menospreció los criterios de Lezo imponiendo los suyos, para ‐ constatado su fracaso‐ tener que volver a los de su subordinado.

Un relato trepidante y muy bien documentado. Que cuando se produjo la milagrosa victoria española (milagrosa por lo improbable, no porque no fuese resultado de las decisiones concretas que Lezo tomó con tanta ciencia como energía), Eslava escribió a la Corte difamando a Lezo, y la Corte de Madrid le hizo caso y degradó al héroe, dejándole en la pobreza a él y a su mujer e hijos.

Que el héroe, gravemente enfermo, murió semanas después de la batalla. Que no fue rehabilitado hasta 1760, pasadas dos décadas de la gesta, cuando Carlos III le repuso en sus cargos y le nombró marqués a título póstumo. 

Un silencio de siglos que empieza a desaparecer

Y que los ingleses han logrado ocultar este hecho para el gran público pasando de puntillas por él en sus historias y disfrazándolo (lo llaman "la guerra de la oreja de Jenkins", desviando la atención a un incidente menor acaecido años antes de 1741), y deben estar todavía frotándose los ojos de que los españoles hayamos hecho lo mismo.

Salvo en el ámbito de la Armada, donde sí es reconocido (una de nuestras fragatas lleva el nombre de Blas de Lezo), los libros de historia españoles también pasan como sobre ascuas sobre el episodio.

Esta novela pone algo más que un granito de arena en revertir una situación que ‐ es cierto‐ en los últimos años se ha ido paliando, desde que el escritor colombiano Pablo Victoria rescatase para nuestra conciencia colectiva a un Blas de Lezo que J. Pérez‐Foncea recrea ahora en una novela histórica muy bien documentada. De hecho, el volumen incluye la transcripción íntegra del diario del almirante desde el 13 de marzo al 20 de mayo de 1741, un texto clave de nuestra historia.

Entretenida ficción al servicio de la verdad histórica

En El héroe del Caribe el personaje de Lezo aparece muy bien perfilado: tranquilo siempre, leal al máximo a su superior incluso en la ejecución de las órdenes que sabía erróneas, querido por sus hombres y, en su faceta más íntima, de buen católico, buen esposo y buen padre de una familia que no quiso escapar de Cartagena de Indias cuando comenzó el ataque. Prefirieron correr la misma suerte que corriese él. 

Junto a esa línea argumental puramente histórica, donde las operaciones de la defensa de la ciudad están explicadas con nitidez en su justificación militar y sus riesgos de fracaso, Pérez‐Foncea crea una historia de amor entre el teniente de navío Fernando de Castro, asistente de Lezo, y la joven Consuelo, hija de una familia principal. Su arpía madre estorbará la relación utilizando a un tenebroso portugués que también pretende su mano. Envidias, celos, espionaje... la trama de El héroe del Caribe añade a la historia real una ficción muy bien engarzada con ella, feliz instrumento para que nos empapemos bien de lo que sucedió en aquellos cien días de 1741 en una costa que aún era española.

Y que siguió siéndolo casi un siglo más gracias a la pericia de un marino de Pasajes (Guipúzcoa) que sólo ahora empieza a ver reconocida la deuda que contrajimos con él
entonces y nunca pagamos.

Carmelo López‐Arias / El Semanal Digital / ReL

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