jueves, 8 de noviembre de 2012

Buenos días, 8 de noviembre de 2012


Que un padre diga siempre la verdad a su hijo. 
Ningún compromiso podría excusarme de esa obligación
  

SANTORAL

Segundo, Severiano, Carpóforo, Victorino, Primo, Macario, Justo, Amaranto, los 4 Santos Coronados, mártires; Matrona, abadesa; Mauro, Godofredo, Wilchado, obispos; Eufrosina, Hugo, confesores; Gregorio, Tisilo, abades.

  
REFLEXIÓN:

Durante una conferencia sobre las grandes diferencias entre generaciones, un presumido estudiante se tomó la molestia de explicarle a un señor mayor sentado a la par de él, el por qué le es imposible a la Vieja Generación comprender a su generación:
"Usted creció en un mundo diferente, realmente casi primitivo", dijo en voz lo suficientemente alta para que lo escucharan alrededor.

"Los jóvenes de hoy crecimos con televisión, Internet, teléfonos móviles, aviones no tripulados y viajes al espacio. Nuestras sondas espaciales han visitado Marte. Tenemos naves con energía nuclear y automóviles eléctricos, de hidrógeno o que funcionan mediante energía solar. Hemos crecido con computadores con capacidad de procesamiento a la velocidad de la luz… y muchas cosas más".
Después de un breve silencio el Señor Mayor respondió diciendo:

"Tienes razón, Hijo Mío; nosotros no tuvimos esas cosas cuando éramos jóvenes... ¡por eso tuvimos que inventarlas!  

Ahora dime, arrogante joven, ¿qué estás haciendo TÚ en beneficio de la próxima generación?”.  ¡El aplauso fue atronador!


ORACIÓN:

¿Cuál es la mejor receta para empezar bien tu oración?

San Patricio nos da una pista para empezar bien nuestra oración: saber ver a Dios en todo. Y al inicio de cada momento de oración, es importante hacer lo que comúnmente se llama ponerse en la presencia de Dios. Saber que estoy delante de Dios; repetírmelo a la mente y al corazón. ¡Decírselo a Dios!: «Señor, vengo a tu presencia, ayúdame a darme cuenta de ello!». Darme cuenta de que REALMENTE Él me escucha y quiere hablarme. Sobrecogerme ante el misterio de su presencia y agradecerle que quiera venir a hablar conmigo.

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ESPECIAL BUENOS DÍAS
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DEBERES HACIA TUS PADRES

La paternidad divina es la fuente de la paternidad humana; es el fundamento del honor debido a los padres. El respeto de los hijos, menores o mayores de edad, hacia su padre y hacia su madre, se nutre del afecto natural nacido del vínculo que los une.

Es exigido por el precepto divino.

El respeto a los padres está hecho de gratitud para quienes, mediante el don de la vida, su amor y su trabajo, han traído sus hijos al mundo y les han ayudado a crecer en estatura, en sabiduría y en gracia.

"Con todo tu corazón honra a tu padre, y no olvides los dolores de tu madre. Recuerda que por ellos has nacido, ¿cómo les pagarás lo que contigo han hecho?"
(Eclesiástico 7,27‐28).

El respeto filial se expresa en la docilidad y la obediencia verdaderas.

"Guarda, hijo mío, el mandato de tu padre y no desprecies la lección de tu madre... en tus pasos ellos serán tu guía; cuando te acuestes, velarán por ti; conversarán contigo al despertar"
(Proverbios 6,20‐22).

"El hijo sabio ama la instrucción, el arrogante no escucha la reprensión"
(Proverbios 13,1).

Mientras vive en el domicilio de sus padres, el hijo debe obedecer a todo lo que éstos dispongan para su bien o el de la familia. 

"Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor" (Colosenses 3,20).

Los niños deben obedecer también las prescripciones razonables de sus educadores y de todos aquellos a quienes sus padres los han confiado. Pero si el niño está persuadido en conciencia de que es moralmente malo obedecer esa orden, no debe seguirla.

Cuando se hacen mayores, los hijos deben seguir respetando a sus padres. Deben prevenir sus deseos, solicitar dócilmente sus consejos y aceptar sus amonestaciones justificadas.

La obediencia a los padres cesa con la emancipación de los hijos, pero no el respeto que les es debido, el cual permanece para siempre. Éste, en efecto, tiene su raíz en el temor de Dios, uno de los dones del Espíritu Santo. 

El cuarto mandamiento recuerda a los hijos mayores de edad sus responsabilidades para con los padres. En la medida que ellos pueden, deben prestarles ayuda material y moral en los años de vejez y durante sus enfermedades, y en momentos de soledad o de abatimiento. Jesús recuerda este deber de gratitud. 

"El Señor glorifica al padre en los hijos, y afirma el derecho de la madre sobre su prole. Quien honra a su padre expía sus pecados; como el que atesora es quien da gloria a su madre. Quien honra a su padre recibirá contento de sus hijos, y en el día de su oración será escuchado.
Quien da gloria al padre vivirá largos días, obedece al Señor quien da sosiego a su madre" (Eclesiástico 3,2‐6). 

"Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y en su vida no le causes tristeza. Aunque haya perdido la cabeza, sé indulgente, no le desprecies en la plenitud de tu vigor... Como blasfemo es el que abandona a su padre, maldito del Señor quien irrita a su madre" (Eclesiástico 3,12‐13,16). 

El respeto filial favorece la armonía de toda la vida familiar; atañe también a las relaciones entre hermanos y hermanas. El respeto a los padres irradia en todo el ambiente familiar.

"Corona de los ancianos son los hijos de los hijos" (Proverbios 17,6).

"Soportaos unos a otros en la caridad, en toda humildad, dulzura y paciencia" (Efesios 4,2). 

Los cristianos están obligados a una especial gratitud para con aquellos de quienes recibieron el don de la fe, la gracia del bautismo y la vida en la Iglesia. 

Puede tratarse de los padres, de otros miembros de la familia, de los abuelos, de los pastores, de los catequistas, de otros maestros o amigos. 

"Llevo el recuerdo de la fe sincera que tú tienes, fe que arraigó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y sé que también ha arraigado en ti" (2 Timoteo 1,5).


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