lunes, 12 de noviembre de 2012

Buenos días, 12 de noviembre de 2012



Los espartanos no preguntan cuantos son,
sino dónde están


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La fe es personal, pero también debe ser vivida en público y en la Iglesia


El Papa explicó que la fe es, sin duda, algo personal, pero que también para vivirla completa e intensamente se debe praticar con la comunidad.


BENEDICTO XVI

“Continuamos nuestra meditación sobre la fe católica partiendo de algunas preguntas: ¿Tiene la fe sólo un carácter personal, individual?, ¿me interesa sólo a mí?, ¿la vivo solo? La fe es un acto eminentemente personal, es una experiencia íntima”.

Pero es en la comunidad donde la fe se alimenta, especialmente en la celebración de los sacramentos. Por eso el Papa explicó que cuando la fe se vive en la Iglesia termina por ser parte de la familia cristiana.

BENEDICTO XVI

“La fe nace en la Iglesia, conduce a ella y en ella se vive. Tenemos necesidad de la Iglesia para confirmar nuestra fe y hacer experiencia de los dones de Dios: la Palabra, los sacramentos, la gracia y el testimonio del amor”.


Antes de terminar, el Papa pidió que se rece por los afectados por el huracán Sandy. Dijo que reza por las víctimas y por los que se encargan de las tareas de reconstrucción.

BENEDICTO XVI
“Soy consciente de la devastación causada por el huracán que ha azotado recientemente la Costa Este de Estados Unidos de América. Rezo por las víctimas y expreso mi solidaridad con los que llevarán a cabo las tareas de reconstrucción”. 

Entre los miles de peregrinos que llenaban la plaza de San Pedro, esta banda alemana interpretó para el Papa esta melodía, que a Benedicto XVI pareció gustarle mucho.


SANTORAL

Josafat, obispo y mártir; Millán (Emiliano) de la Cogolla, Adalberto, Arsacio, Teódulo, Nilo el Sinaíta, confesores; Aurelio, Publio, Benedicto, Isaac, Mateo, Cristiano, mártires; Benigno, Renato, Cuniberto, Esiquio, Rufo, Livino, Leodegario, obispos; Cumián, abad; Paterno, monje



REFLEXIÓN:

CUANDO LE DA LA GANA

Los futuros padres no pueden ocultar su nerviosismo en la sala de espera del hospital.

De pronto, aparece una enfermera y se dirige a uno de ellos: «¡Felicidades, ha tenido usted un niño!»

Entonces, otro deja caer al suelo la revista que estaba leyendo, se pone en pie de un salto y exclama:

¿Qué dice usted? ¡Yo llegué dos horas antes que él!»

Dios tiene su tiempo


ORACIÓN:

Santificado sea tu nombre,
aun cuando el dolor y la desilusión
hieran nuestro corazón.
Bendito seas.
El pan nuestro de cada dia,
dánoslo hoy
para renovar nuestras fuerzas físicas,
y también para nuestro espíritu.
Perdona nuestras ofensas,
pero enséñanos antes a merecer
Tu perdón,
perdonando a aquellos
que causan nuestros dolores,
oprimen nuestros corazones
y destruyen nuestras ilusiones.
Que podamos perdonarlos
no con los labios, sino con el corazón.
Aparta de nuestro camino
todo sentimiento contrario a la caridad.



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ESPECIAL BUENOS DÍAS
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¿Los cristianos creen en el destino?

 Depender de Dios no significa suprimir la libertad humana

Los cristianos no creen en el destino en el sentido de fatalidad, pues creen que Dios los ha creado libres e inteligentes, responsables de sus actos.

Los cristianos creen en el destino en el sentido de vocación para el amor, al que Dios los llama y los dirige con su Providencia. Su destino es llegar libremente a la perfección última, que es participar del amor de Dios.
 
El pensamiento cristiano es contrario a la creencia en una fuerza ciega que lleve al hombre a un fin determinado. Dios ha creado al hombre inteligente y libre, y por tanto responsable de sus actos. Por ello, el cristiano no debe creer en el destino, en el sentido de fatalidad, que es un concepto pagano.
 
La mitología griega llamaba al destino el Destino de las Moiras (las Parcas de la
mitología romana). Ellas eran la propia condición constitutiva de los diferentes dioses.
Es decir, las moiras atribuían tanto a los dioses como a los hombres sus campos de
acción, sus honras y privilegios. Las moiras fijaban a los seres límites infranqueables, en este sentido sus decretos eran inamovibles.
 
Esta representación, que se encuentra en el “fatum” latino, es anterior al cristianismo. Difunde la idea de que tras los acontecimientos de la vida hay algo inevitable, fatal, que sobrepasa la libertad del hombre. Es como si ciertos hechos y destinos ya hubiesen sido escritos previamente, y que no pueden ser cambiados. 

Pero el pensamiento cristiano niega que el mundo y que los acontecimientos de la vida sean producto de una fuerza oscura – unas veces benéfica, otras maléfica – que se impone a los seres humanos. Para los cristianos, Dios creó el mundo según su bondad y sabiduría; y quiso hacer que sus criaturas, de acuerdo con sus capacidades, participaran de su ser y de su bondad (CIC, n. 295).

Dotado de inteligencia y libertad, el hombre debe responsabilizarse de sus decisiones y actitudes. Así, no puede echar la culpa al destino de las consecuencias de sus propias acciones.

Dios no sólo ha creado al mundo y ha dado la existencia a los hombres y a las mujeres. También les concede la capacidad de contribuir a su obra, o sea, de  participar en el perfeccionamiento y en la armonización del mundo. Él ha dado a los seres humanos, dotados de inteligencia y voluntad, la dignidad de actuar por sí mismos, con libertad.

El pensamiento cristiano confiere tal valor a la libertad del hombre, que afirma que ésta es “una señal eminente de la imagen de Dios” (CIC, n. 1705). Por tanto, si el ser humano es libre para actuar según su inteligencia. ¿cómo podría estar sometido a decretos preestablecidos sobre acontecimientos inevitables en su vida? Así, el  hombre es siempre responsable de sus actos libres, es decir, debe responder de ellos ante la comunidad humana y ante Dios.

En lugar de creer en el destino, los cristianos creen en la Providencia Divina. El hombre fue creado en estado de caminante hacia una perfección última todavía por alcanzar, junto a Dios. Así, la Providencia Divina son las disposiciones por las que Dios conduce a su creación hacia esta perfección.

La perfección final a la que el ser humano está llamado, en la vida eterna, consiste en participar de la plenitud del amor que es Dios (CIC, 221). Esta comunión con Dios supera la comprensión y la imaginación. La Biblia habla de este estado con  imágenes:
Paraíso, Jerusalén celeste, casa del Padre, felicidad, luz, vida, paz (CIC, 1027).

Pero aquí en la vida terrena, los hombres y mujeres han sido creados en estado de camino hacia esa perfección última. En este camino, Dios no abandona al ser humanoa su propia suerte, sino que lo sostiene, auxiliándolo en la guía de su vida.

Esta relación expresa la dependencia del hombre respecto de su Creador. Reconocer esta dependencia no significa poner en entredicho la libertad humana o hablar del destino como fatalidad. Se trata de un acto de humildad, fuente de sabiduría y libertad, alegría y confianza (CIC 301).

Por tanto, el modo de guiar a sus criaturas con sabiduría y amor – teniendo como meta la perfección última junto a Dios – es lo que se llama Providencia Divina. 

En este sentido, los cristianos creen que su destino es acoger esta invitación a vivir la felicidad perfecta con Dios, respondiendo todos los días a su amor. Como indicaba san Agustín: rezar como si todo dependiese de Dios, pero actuar como si todo dependiese de uno mismo. En otras palabras, los cristianos son más felices cuando se confían a la Providencia Divina. Los cristianos creen y confían siempre en ella

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