jueves, 4 de octubre de 2012

Buenos días, 04 de octubre de 2012

¡Ánimo!. Todo pasa.
Ama tu trabajo y no dejes de cumplir tu deber cada día.
Don Bosco

SANTORAL
 
Francisco de Asís, fundador;
patrono del gremio textil y veterinarios;
 
Marco, Marciano, Acepsimas, León, Isidoro, Quintín, Tirso, Bonifacio, mártires; Joaquín, Petronio, obispos; Crispo, Cayo, confesores; Paulo el monje; beato Diego Luis de Sanvitores, mártir.

  
REFLEXIÓN:

El aceituno y la higuera

El aceituno ridiculizaba a la higuera porque, mientras él era verde todo el año, la higuera cambiaba sus hojas con las estaciones. Un día una nevada cayó sobre ellos, y, estando el aceituno lleno de follaje, la nieve cayó sobre sus hojas y con su peso se quebraron sus ramas, despojándolo inmediatamente de su belleza y matando al árbol. Pero al estar la Higuera desnuda de hojas, la nieve cayó directamente a la tierra, y no la perjudicó en absoluto.

No debemos burlarnos de las cualidades ajenas, pues las nuestras pueden ser inferiores.


ORACIÓN:

Oración al Espíritu Santo

Espíritu Santo, inspiración íntima que conduce hacia el bien, la verdad y la belleza. Luz interior, que ilumina la noche del alma, concediendo la certeza de la fe.


Amor de de Dios, permanente destello  de la relación más sincera, incendio de la zarza ardiente, epifanía de la bondad divina en todo lo creado, que atrae y que enamora a la vez que envía.

Susurro en la conciencia que dicta con voz de brisa la recreación, y convierte lo que existe en testigo del Ser que lo sostiene todo, humanización divina, divinización humana.

Horizonte infinito, Tú te abres después de todos los límites y fascinas al que busca. Tú alientas el deseo de hallazgo, mantienes en la espera atenta y restauras en todas las fronteras la esperanza.

Espíritu Santo, que permaneces discreto en el hondón del alma. Sólo cuando uno se atreve a cruzar el abismo del silencio, en el aparente vacío de sí mismo, te encuentra colmando de presencia el espacio interior.

Llámame a entrar dentro de mí, donde Tú me habitas, para no cometer la injusticia de creerme solo, cuando Tú estás dentro, y de justificar mis huidas, cuando Tú me esperas para mantener el diálogo amoroso.

Déjame gustar el don más cierto, la vocación a la vida, la anchura de la fe, la plenitud del amor, la inquebrantable confianza, la expectación ardiente. Que aguarde en vigilia la hora de tu advenimiento, para saber interpretar el mensaje que me dictas en cada circunstancia. Que sepa leer la historia desde tu mirada y trascender la realidad, en medio de la prueba.

Cuando me aparto de tu mirada, la que llevo en las entrañas dibujada, me disperso y provoco un desierto desolador; mas cuando acierto a avanzar por la aridez del despojo en busca de tu aliento, respiro la dulzura indecible del acompañamiento secreto que más me afianza.

En las pruebas justifico mi evasión, mientras que Tú esperas a que, agotado por mis exilios, vuelva al recinto del amor, menesteroso y sediento. Espíritu, fuente y manantial de agua del santuario, sáciame de tu gracia.

Sé que eres el autor de mis logros, la respuesta a mi súplica, el descanso en mi fatiga, la tregua en mi trabajo, el cobijo en la hora aciaga, el techo que me cubre en la intemperie. Aunque no sea consciente de tu obrar en mí, no dejes de actuar, para que, con mi colaboración o con mi inconsciencia, te sirva de mediación para que otros experimenten tu apoyo.

Espíritu Santo, Defensor y Amigo, Tú eres respetuoso y sagaz: realiza en mí el proyecto que Dios quiere que yo lleve a término con su gracia, que eres Tú mismo, divino aliento.

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ESPECIAL BUENOS DÍAS
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Entre fusiles y alzacuellos

Se está acelerando la causa de beatificación del sacerdote Emil Kapaun, muerto prisionero en Corea, al tiempo que aumentan las peticiones para que reciba la Medalla de Honor del Congreso.

El tercer capítulo de la serie Hermanos de sangre narra la toma de Carentan por la 101ª División Aerotransportada días después del desembarco de Normandía. Durante una escena de duro combate urbano bajo fuego cruzado de los alemanes, un capellán militar, rosario en mano, imperturbable entre tiros y explosiones a su alrededor, va acercándose a los caídos uno tras otro para administrarles la extremaunción. 

“Estos irlandeses están locos”, grita un soldado a otro, contemplando ambos atónitos, desde su parapeto, la labor del sacerdote al descubierto. 

Ese sacerdote bien pudo ser Francis L. Sampson (1912‐1996), que saltó como un paracaidista más el día D y protagonizó la verdadera historia que Steven Spielberg personificó en el Tom Hanks de Salvad al soldado Ryan. Las autoridades militares le encargaron localizar en el frente a Fritz Niland, quien había perdido el 6 de junio de 1944 a sus tres hermanos. El padre Sam, como le llamaban, dio con él en la denominada playa de Utah y le repatrió. 

Ahí no acabaron sus aventuras. Durante las operaciones, mientras atendía en una granja a compañeros heridos, se topó con dos enemigos que le llevaron a punta de fusil a una carretera para fusilarlo. Apareció entonces un tercer soldado alemán que lo evitó, enseñándole con gesto cómplice una medalla de la Virgen. “Fue agradable comprobar aquel día la universalidad de la Iglesia”, confesó Sampson en sus memorias de 1958.

Legendario valor

Pasó seis meses en un campo de prisioneros. Una vez liberado, volvió al frente hasta concluir la guerra. Estuvo en Corea y en Vietnam, y de 1967 a 1971 se convirtió en el general jefe de los capellanes de las Fuerzas Armadas. Sobre su pechera lucía la Cruz a los Servicios Distinguidos, la segunda condecoración más importante. 

A la primera, la Medalla de Honor del Congreso, aspira póstumamente Emil Kapaun (1916‐1951) merced a una campaña de firmas que se intensifica estos días al tiempo que avanza decisivamente su proceso de beatificación, abierto en 1993. 

Nació en Kansas, se ordenó sacerdote en 1940 y tuvo varios destinos como capellán castrense durante la Segunda Guerra Mundial en territorio estadounidense. A su término le mandaron a Corea, primer gran escenario de la Guerra Fría. 

Destinado en la 35ª Brigada de Artillería Antiaérea, se vio envuelto en continuos combates donde se hizo legendario su valor, que le mereció una Estrella de Bronce. 

El todoterreno en el que celebraba misa en pleno frente de batalla voló por los aires en más de una ocasión, alcanzado por los morteros norcoreanos. 

El 2 de noviembre de 1950 fue capturado y recluido en el campo de Pyoktong. Su fama de santidad, que ya le precedía, creció en cautiverio. Sus compañeros atestiguaron el desvelo con el que escuchaba confesiones, atendía a los heridos y administraba la sagrada comunión y otros sacramentos, sin importarle la vigilancia política de sus captores ni las enfermedades que castigaban el campo. 

No descansó un solo segundo en la atención a los demás, hasta que un trombo en una pierna le impidió moverse. Trasladado a un simulacro de hospital donde se le negó atención médica, murió el 23 de mayo de 1951. 

A bayoneta calada

Otro héroe de película es Charles Watters (1927‐1967), que perdió la vida durante la batalla por la Colina 875, cerca de Dak To, en Vietnam. Nacido en Nueva Jersey, se ordenó sacerdote en 1953. En 1962 se incorporó a la Guardia Nacional, luego al Ejército, y en 1966 fue destinado a Vietnam dentro de la 173ª División Aerotransportada. Tras seis meses de servicio, decidió reengancharse.

En la mañana del 19 de noviembre de 1967, 330 hombres iniciaron el ataque final a una posición que el Vietcong defendía con más de dos mil, y que durante meses había trufado de trampas y túneles. Entre aquellos jabatos figuraba el comandante Watters,  que avanzó con su compañía hasta la misma zona del cuerpo a cuerpo.

Al avanzar el día las cosas se complicaron. Los americanos, a costa de perder seis helicópteros, lograron establecer un perímetro para trasiego de munición y heridos. 

Los charlies comprendieron la importancia de esa base y lanzaron sucesivas oleadas para destruirla. Los paracaidistas tuvieron que replegarse, dejando varios caídos tras las líneas enemigas. Watters las cruzó tres veces para atenderlos física y espiritualmente, echándose a los hombros a dos de ellos para traerlos a refugio.

Cerca de las siete de la tarde, las líneas se habían confundido en una tierra de nadie donde se peleaba a bayoneta calada. Un caza de los marines lanzó dos bombas de doscientos kilos que causaron una de las peores masacres de fuego amigo de la guerra: 45 heridos y 42 muertos, entre los que se rescató el cadáver del heroico sacerdote.

En años posteriores se bautizó con su nombre un colegio público de su ciudad, un puente, una escuela militar de capellanes y una sección de los Caballeros de Colón. Es el único capellán desde la guerra de Secesión a quien se ha concedido la Medalla de Honor del Congreso. Fue en 1969, “por su persistencia en la entrega a sus camaradas”. 

Es el signo de la vida sacerdotal de unos hombres que han dejado huella. Como en Richard Spencer, actual obispo auxiliar castrense de Estados Unidos. Vocación tardía, militar durante siete años, fue destinado a Corea en los años setenta. Allí oyó hablar de Kapaun, y su ejemplo le impulsó a ingresar en el seminario y seguir sus pasos, que al final le llevaron a Irak. Otro escenario bélico donde confortar las almas en la hora decisiva y donde el destino de los valientes no hace distingos entre fusiles y alzacuellos.

05 MAY 2012 | CARMELO LÓPEZ‐ARIAS LA GACETA

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