lunes, 24 de septiembre de 2012

Buenos días, 24 de septiembre de 2012

Así como no existen personas pequeñas ni vidas sin importancia, tampoco existe trabajo insignificante.

 
SANTORAL
Nuestra Señora de la Merced.

Ama, virgen; Andoquio, Tirso, Félix, Pacífico, Panfucio, Pablo, Tata, Sabiniano, Máximo, Rufo, Eugenio, mártires; Anatolón, Roberto, confesores; Gerardo, Rústico, obispos; Esteban, rey de Serbia; Terencio, patriarca


REFLEXIÓN:
Dame un poco de tu tiempo

Sufrir en soledad no es nada fácil. Sufrir con alguien nos permite sentir que en el dolor somos valiosos.

La enfermedad, el dolor, pueden ser aislantes. El que sufre siente la tentación de encerrarse en sí mismo, de guardar el dolor dentro de su alma, de no desvelar un secreto que le pertenece a él, que no puede ser comprendido del todo por los otros.

Pero otras veces la enfermedad nos impulsa a pedir ayuda. Sufrir en soledad no es nada fácil. Sufrir con alguien nos permite sentir que en el dolor somos valiosos, que nuestra incapacidad, nuestra pequeñez, nuestra nulidad, no resultan un obstáculo para que otros nos cuiden, nos amen, nos apoyen.

Las manos de muchos hombres y mujeres que sufren nos aprietan con firmeza. Nos piden una parte de nuestra vida. El enfermo necesita amor, cariño, cercanía, a veces tanto o más que una medicina, que una nueva dosis de calmante. El médico que sabe acariciar la frente de sus enfermos, que les conoce, que les da no sólo su ciencia y su técnica, sino su corazón, hace un bien incalculable. El enfermero o la enfermera que peina a una anciana, que le ayuda a refrescarse la boca, que le cuenta una historia del periódico o le pregunta por sus nietos, ofrece un bálsamo profundo, que llega al corazón. El familiar, el amigo, que pasa horas y horas junto al trabajador o al estudiante víctima de un accidente inesperado, hace un gesto de amor y de cariño que sólo los que han sufrido saben apreciar en toda su grandeza.

Es cierto que vivimos en un mundo de prisas. Es cierto que tenemos mil cosas por hacer. Es cierto que desde muy temprano hemos de luchar contra el tráfico, en medio de mil tensiones y problemas. Pero también es cierto que somos más hombres cuando podemos darnos al que sufre, para que su dolor no sea vacío, para que su pena no lo hunda en la soledad, para que su angustia no lo lleve a la desesperación.

Cuando algún enfermo nos apriete la mano y no nos deje ir, no tengamos miedo. Nos pide un poco de tiempo, pero sobre todo nos pide un poco de amor. Nos ofrece también, quizá sin saberlo, la oportunidad de ser un poco más buenos, de sentir lo hermoso que es ser hombre cuando el amor se convierte en lo más importante. Quizá incluso el enfermo sepa amarnos más de lo que nosotros le amemos. Entonces, de un modo misterioso, nuestro dar se convierte en recibir. Los dos somos así un reflejo de Dios, que supo amar sin buscar recompensa, que dio su sangre en una Cruz porque nos quiso, que ha iluminado cada lecho de hospital con un rayo de esperanza, con una lágrima de alegría. Lágrima de un enfermo y de un sano que supieron dejar algo de sí mismos para vivir, generosos, buenos, junto al que sigue allí, a nuestro lado.


ORACIÓN:

Señor,
Hoy necesito hablar contigo con sencillez de pobre, con corazón quebrantado pero enteramente fiel.

Sufro, Señor, porque tengo miedo,
mucho miedo, más que nunca.
Yo no sé por qué, o mejor, sí se por qué:
porque Tú, Señor, adorablemente lo quieres.
Y yo lo acepto.
Pero también escucho tu voz de amigo:
"No tengas miedo, no se turbe tu corazón.
Soy yo. Yo estaré contigo hasta el final."
Repítemelo siempre Señor,
y en los momentos más difíciles,
suscita a mi alrededor almas muy simples
que me lo digan en tu nombre.

Tengo miedo, Señor, mucho miedo.
Miedo de no comprender a mis hermanos
y decirles las palabras que necesitan.
Miedo de no saber dialogar,
de no saber elegir bien a mis colaboradores,
de no saber organizar la diócesis,
de no saber planear,
de dejarme presionar por un grupo o por el otro,
de no ser suficientemente firme
como corresponde a un Buen Pastor,
de no saber corregir a tiempo,
de no saber sufrir en silencio,
de preocuparme excesivamente por las cosas al modo humano,
y entonces, estoy seguro de que me irá mal.
Por eso, Señor, te pido que me ayudes.

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ESPECIAL BUENOS DÍAS
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  Las sorpresas de los Juegos Paralímpicos Londres 2012
 
una atleta que cambió la medalla por el crucifijo

Aunque la opinión pública mundial no le puso la misma atención a los XIV Juegos Paralímpicos, como sí a los Olímpicos, ambos desarrollados en Londres, hubo detalles que dieron lecciones de fuerza y entereza de quienes, aún con limitaciones físicas, son todos campeones: los que suben al podio y los que no. La mejor definición que leímos, la de una colega periodista, "Cuerpos quebrados, atletas íntegros".

En una competición sin ventajas, sin excusas y casi sin dopping (no faltaron también los de tipo 'tecnológico'), los números hablan de 4.300 atletas, 164 países y 20 disciplinas deportivas. Otras cifras confirman que el equipo chino alcanzó el primer puesto, seguidos de los rusos y de los ingleses. Allí también hubo oro, plata y bronce por récords mundiales, habiéndose colgado algunos atletas hasta 8 medallas al cuello, como las nadadores australianas y estadounidenses; o las 6 de oro de un brasilero, también en natación. Y no faltará de esto y mucho más en los Juegos de Río de Janeiro 2016.

En los días finales, las cámaras de la televisión italiana Raisport transmitieron el momento en que la atleta italiana invidente, Annalisa Minetti, quien también es cantante y madre de familia, recibía una medalla de bronce por la carrera de los 1.500 metros. Y luego enfocaron a la reportera, también emocionada, que le hace la pregunta de rigor: "¿Cuánto vale para ti esta medalla?"

Una sonrisa, un pensamiento al cielo, y una verdad pétrea de la atleta que le sale del alma:
"Mi verdadera medalla la llevo siempre conmigo, es Cristo", mientras saca debajo de su camiseta un crucifijo, que mostró más orgullosa que la de bronce, ganadas ambas con lealtad y constancia.

Por José Antonio Varela Vidal

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